sábado, 12 de noviembre de 2011

Relato: Diario terapéutico

17 octubre

Nunca me ha gustado escribir diarios pero él dijo que me ayudaría. Mi jefe me contó que el doctor Torres era un buen psiquiatra. Por eso acudí a su consulta. Después de nuestra primera sesión, lo encontré muy simpático y creo que nos llevaremos bien. Hoy, de momento, la casa está tranquila.

19 octubre

Ayer, por la noche, volví a escuchar la puerta del sótano chirriando. Aún no me atrevía a bajar. Oía fuera soplar al viento. Me tapé los oídos con la almohada hasta que me dormí. Notaba un sudor frio por la espalda. Esta mañana la comprobé y estaba cerrada como siempre. Mañana se lo comentaré al doctor.

20 octubre

Este doctor es bastante gracioso. Le conté lo de la puerta chirriante y me dijo que le pusiera aceite. En parte tiene razón porque esta casa está ya algo vieja. No me he preocupado de ella; eso lo hacía Marta. También le conté lo que me pasaba días atrás con las ventanas. Me dijo que buscara una explicación lógica a aquel fenómeno.

21 octubre

La puerta del sótano ya no chirría. Unté bien de aceite las bisagras y no tendría que asustarme más por las noches. Inspeccioné las ventanas del piso de arriba y encontré algo. Por lo visto que escuchara golpes por la noche era porque una de ellas no acababa de cerrar bien. Cuando venía una buena ráfaga de aire se quedaba abierta y se golpeaba contra la pared. Creo que en la ferretería encontraré un cierre como este. Lo cambiaré y no me molestara más.

24 octubre

Le conté al Dr. Torres que ya arreglé la puerta y lo de las ventanas, pero aún me costaba dormir. ¡Y va y me dice que soy un miedica! Me preguntó si creía en fantasmas y le dije que no. Me dijo que no había razón por asustarse por pequeños ruidos de la noche. Dijo que buscase como relajarme para dormir como es debido.

25 octubre

Hoy tampoco podía dormir. Estoy sentado junto a la ventana viendo pasar los pocos coches que pasan por la carretera que hay cerca de mi casa. Está algo nublado y no veo estrellas ni la luna. Hace algo de viento. Aún recuerdo aquel día que sopló tan fuerte que un árbol cayó en la carretera y la dejó obstruida.

27 octubre

¡Qué sesión más inútil! El doctor me ha pedido que le hablara de mis padres. Eran maravillosos y nunca tuve problemas con ellos. Se acerca el día de Todos los santos; tendré que ir a cambiarles las flores.

30 octubre

De nuevo escuché un chirrido en la planta baja. Esta vez me levanté y fui a comprobarlo. La puerta del sótano estaba perfectamente cerrada. La abrí y comprobé si chirriaba pero no. La cerré de nuevo. Pero al subir las escaleras sonó un chirrido. Entonces me di cuenta de su procedencia. Estaba balanceándose con suavidad y chirriando. El aire se colaba por las rendijas de la puerta de Mufi, el gato de mi mujer. Una pequeña puertecita por la que entraba y salía aquel maldito animal. Siempre me odió, no sé porqué. En cuanto vio que Marta no volvía, se marchó. Quizás se fue a buscarla. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

No le podré explicar esto mañana al doctor porque hace puente, pero tampoco creo que sea muy importante.

1 noviembre

Hoy he aprovechado que tenía fiesta y he aceitado la puerta del gato. Estoy triste, no porque sea Todos los santos sino porque hace un mes del accidente de mi mujer. He ido al cementerio y le he puesto flores. También a mis padres. Estoy también triste porque todos me han abandonado, hasta el gato.

Esta noche, extrañamente, me he podido dormir sin problemas. Pero en la madrugada aporrearon la puerta. Me desperté, me puse un batín y zapatillas y bajé a abrir. Mientras bajaba no paraban de insistir con golpes más fuertes. Abrí la puerta y eran dos agentes de policía. Entonces me vino a la mente un momento exacto a este de hace un mes. Me despertaron en la madrugada dos agentes para avisarme que mi mujer había tenido un accidente. Se chocó contra un árbol que cayó en la carretera. Era noche cerrada y el tronco estaba tras una curva cerrada.

Los agentes me preguntaron si había visto a un chaval que se ve que escapó de un correccional. Se fue en bicicleta y, por lo visto cerca de mi casa, pasan muchas. Les dije la verdad, que no había visto nada. No entiendo cómo me despertaron a esas horas. Podrían haber venido al día siguiente. Los despedí y cerré la puerta.

Fue al ir a subir la escalera cuando otra vez escuché un chirrido. Ya no se me ocurría que más podía chirriar. En ese momento escuché además extraños ruidos que me condujeron hasta la cocina. Pensé en Mufi. Encendí la luz y allí había un perro cenando en mi cubo de basura restos de carne. Paró de comer y se me quedó mirando serio. Lo reconocí; era un perro abandonado que solía merodear mi casa. ¡¿Precisamente hoy me tengo que encontrar un chucho a oscuras?! Casi me da algo. Posiblemente se había estado colando estos días atrás y volviéndome loco con los chirridos. Decidió salir corriendo por mi lado, correteó por el pasillo y se coló sin despedirse por la gatera. Empujé una estantería para tapiar la puertecilla y que no me molestara el chucho.

Al correr el mueble vi un papel en el suelo. Encendí la luz y lo recogí. Era una foto que daba por perdida. Era de mi mujer y yo cuando vinimos a vivir a esta casa. Ella tenía la melena al viento. La estoy viendo ahora mientras escribo en mi habitación. Viéndola me ha entrado una gran duda. ¿Sera posible que a lo que tenga miedo sea al viento? El jueves se lo comentaré al doctor, a ver qué le parece.

martes, 4 de octubre de 2011

Relato: Impacto mortal

Salí del cine con mi novia Eva después de ver una emocionante película de acción, "Impacto mortal". No me solían gustar este tipo de películas pero esta era muy buena. Tenía de todo. El protagonista, John Kramer, peleaba con los malos con artes marciales, con pistolas y hasta con nunchakus. Después corría con un cochazo por las calles de una ciudad para atrapar al malo. Además aparecían helicópteros, motos, explosiones,... Total, que al final, por supuesto, ganaba el bueno con la cara hecha un cristo. La policía siempre solía llegar cuando todo había acabado.

Ya en la calle comentaba lo mucho que me había gustado a Eva. Fue un poco larga pero pasé un buen rato. Por lo menos me había hecho olvidar que hacía tres días murió mi padre, al que le tenía mucho cariño. Eva me sugirió que saliésemos un rato de casa, que llevaba recluido varios días algo tristón. Miré que hora era y volví a acordarme de mi padre al ver el reloj. Lo heredé de él. Era un reloj antiguo que todavía funcionaba a pesar de los años que había marcado. Lo volví a guardar y le dije a Eva de volver a casa. Ella no puso pegas.

Por desgracia el coche estaba algo lejos del cine. Era difícil aparcar cerca de la zona de los cines y lo dejé en los alrededores de una zona industrial. A esas horas no pasaba nadie por aquellas calles. Yo bromeaba con Eva recordando las escenas de la película mientras llegábamos al coche. Entonces lo vi a lo lejos. Estaba al final de la calle que empezábamos a recorrer. Nunca vi una calle tan silenciosa como aquella en una ciudad. Un hombre salió de la nada. Se plantó ante nosotros. Vestía oscuro con gorra negra, gafas negras y se tapaba media cara con una bufanda verde o algo parecido. Nos paramos en seco ante él. Unos segundos después me di cuenta de que iba armado con una navaja cuya hoja tendría doce centímetros. Nos temíamos lo peor. Lo que más me asustaba era que no decía nada. No sabía si salir corriendo o empujarlo tal vez. Me vinieron mil planes a la cabeza. Pensé que haría John Kramer en esta situación. Pero con un poco de cordura le dije con tono desafiante:
         —¿Que quieres? —Eva me agarró con fuerza el brazo.
         —Dadme lo que tengáis —dijo el friolero.
         —¡No te daré nada! —le grité. Eva me miró con cara de decir "¿Que haces?"
El hombre hizo una estocada veloz como un rayo a un dedo de mi estomago y volvió a retirarla. Acercó su cara a la mía casi a punto de besarme.
         —Vas a hacer que la manché, con lo limpia que está.
Eva estaba muy asustada. Me metió la mano en el bolsillo y me sacó la cartera. Se la ofreció sabiendo que yo no se la daría. También se sacó y ofreció su bolso. El ladrón los cogió con la mano vacía y se quedó de nuevo ante nosotros observándonos. Me preguntaba porque no nos dejaba ya en paz.
         —Enséñame el reloj —me dijo señalando mi muñeca. "No, por favor" pensé. Aun así se lo enseñé lentamente.
         —Dámelo —dijo el avaricioso con tranquilidad.
         —Dáselo —me dijo Eva sabiendo que no podría dárselo ella. Por un segundo pensé que estaban compinchados. Me lo quité con tranquilidad y enfado. Se lo entregué de mala gana.

Tras agarrarlo nos esquivó con rapidez y huyó calle abajo corriendo. Me giré y vi como escapaba.
         —Esperate aquí —dije a Eva y corrí calle arriba.
         —¿Adonde vas? —preguntó confundida tras de mí.
Mientras llegaba a mi coche me saqué las llaves del bolsillo. Me metí y lo encendí tan deprisa como pude. Salí del estacionamiento sin ni siquiera mirar si venían coches y fui calle abajo. Eva me hacía gestos que no comprendía mientras pasaba por su lado. A John Kramer no le hubiera pasado esto. Si llamaba a la policía, entre que viniesen y les explicásemos que un ladrón, al que apenas le habíamos visto la cara y era de estatura media, nos había robado no podrían hacer nada. Tenía que recuperar mi reloj. Por la cartera me daba igual apenas tenía cinco euros. Igual Eva tenía algo más.

Lo vi al final de la calle por la que yo iba. Giró a la izquierda y por unos segundos lo perdí de vista. Por suerte en aquellas calles casi no había coches ni gente. Me salté un semáforo para no perderlo de vista. Giré a la izquierda. No veía al ladrón; era una calle bastante oscura. Aceleré para ver si aún lo podía encontrar. Miraba como un loco por las dos aceras. Al fin lo vi; cruzaba por un paso de cebra al final de la calle. Andaba con una tranquilidad pasmosa. No me lo pensé y aceleré a fondo. Cuando él se dio cuenta era demasiado tarde. Un gran "pum" y el ladrón cayó rodando por el suelo. Al coche no le pasó nada. Se quedó bocabajo inmóvil. Frené, puse el freno de mano y bajé. Me lo quedé mirando unos segundos. En sus manos no llevaba ni la cartera ni el bolso y por un instante pensé que no era él, pero aún llevaba la gorra negra y la bufanda. Posiblemente los había tirado calle atrás mientras corría. Fui a acercarme pero entonces recordé una escena de la película en la que uno de los malos se hacía el muerto y lo atacaba a traición. Con el pie le pegué una patada en la pierna a la que no parecía responder. Me acerqué con cuidado y lo vi muy quieto. Busqué en sus bolsillos. Encontré mi reloj y un buen fajo de billetes, más que lo que teníamos. Volví a buscar por si había algo más cuando una sirena sonó y unas luces azules iluminaron las paredes de alrededor. Como siempre la policía llegaba a ultima hora.

Me levanté rápidamente y vi un coche de policía del que salían dos agentes. Eran un hombre mayor y una joven de muy buen ver. Venían muy serios y no tenía ni idea que contarles. El hombre se me acercó y me dijo:
         —Bueno, ¿que ha pasado aquí?
La agente comprobaba el estado del hombre del suelo.
         —Pues vera, ha sido un accidente. Este hombre cruzó en verde y no lo vi a tiempo. Esperó que este bien —le mentí descaradamente.
         —¡Que curioso! Nosotros estábamos en la otra acera y hemos visto una cosa muy distinta —dijo el agente.
         —Está muerto, Rodríguez —le dijo la agente a su compañero.

Eva venía a lo lejos corriendo por la acera. Cuando llegó al paso de cebra no debió entender nada. Vio como me metían en el coche de policía. Yo me la quedé mirando desde el asiento trasero del coche patrulla. Ella me miró también mientras el coche se fue. Entonces en una papelera al lado del semáforo encontró su bolso y mi cartera.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Relato: El conductor solar

Era Domingo y nos congregamos varios familiares para comer juntos. Más que para comer nos juntábamos para hablar. Siempre llegaba un punto en el que se acababan los temas de conversación y se volvía a empezar de nuevo. Como en una película que había visto cientos de veces, me sabía ya los diálogos de memoria. Podía casi predecir la respuesta exacta de mi tía a la queja de mi padre sobre la crisis, la velocidad en las autopistas o lo que fuese. A mi solo me preguntaban que como estaba, como me iba y yo siempre les contestaba lo mismo, año tras año. Después prefería no variar la obra teatral de cada reencuentro familiar. Solo callaba y comía para entretenerme.

Esta vez me fijé en mi sobrino de seis años. Él no entendía las conversaciones de los mayores pero su madre no le dejaba irse a jugar. Había acabado de comer y estaba aburrido sentado a la mesa. Lo vi que miraba fijamente el vaso. Eran nuevos, los había comprado mi madre hace poco y los estrenábamos justo ese día con la familia. Tenían unos detalles de cristal con formas piramidales en la parte baja. Una ventana medio abierta dirigía un rayo de sol hacia el vaso. El sol había estado secuestrado toda la mañana. De vez en cuando se asomaba por la ventana que le permitía la pared de nubes grises. Los adornos del vaso desviaban la trayectoria de la luz unos grados. Mi sobrino Luis lo fue rotando y veía los diferentes efectos que producían los rayos solares proyectados sobre el mantel granate. Se bebió toda el agua que contenía y lo volcó. Fue jugando cruzando el rayo de sol con el fondo de cristal y con los bordes. Observaba como la luz se adaptaba a cualquier forma y huía por diferentes direcciones. Yo lo miraba como se maravillaba de ver algo tan sencillo.

Tras varias pruebas consiguió desviar la luz hasta el vaso de su madre. Estirando el brazo desde su sitio lo rotaba mientras su madre hablaba con mi prima sobre algo de cosméticos. La luz, de nuevo, se desviaba y llegaba hasta otro vaso más lejano, el de mi padre. Mi tía y mi padre discutían acaloradamente con un nuevo tema de conversación del que nunca habían hablado. Aún así yo prefería ver la obra de ingeniería de Luisito. Este saltó de su silla y se coló, gracias a su pequeña estatura, entre su madre y su abuelo. Giró el vaso de mi padre para que el rayo llegará al mío. Estaba tentado de girarlo yo mismo pero le dejé los honores al conductor solar. Me aparté. Luisito se acercó y condujo la luz hasta un vaso muy alejado.

Entonces el niño notó algo extraño. Todos le miraban. Se habían callado. Observaban la curiosa forma de entretenerse del más pequeño. Todos empezaron a comentar la extraña obra artística y como podrían mejorarla. Entre todos le fuimos ayudando dándole nuestros vasos y botellas. Él las iba colocando lo mejor posible y la luz llegó a viajar por tres caminos diferentes. Mi madre fue a la cocina a por una jarra grande de cristal. La íbamos a colocar al final de la mesa, donde los rayos convergían.

Pero en cuanto llegó con la jarra, el sol se escondió. Luisito fue a la ventana buscándolo. Se quedó mirando aquellas malditas nubes que estropeaban su obra. Sin el sol solo eran un montón de objetos de cristal desordenados en la mesa. Mi madre mientras tanto puso al final la jarra con la ayuda de mi hermano. Luego se sentó. Mirábamos a la ventana esperando la luz. Luis suspiró. "¡Ya viene, ya viene!", gritaba mientras volvía a su sitio corriendo. La luz llegó y unió con rayos la formación de objetos cristalinos. Parecía un árbol con varias ramas. Entonces, al verlo, nos alegró a todos y aplaudimos. "¡Como mola!" gritaba Luis contentísimo. Mi tía sacó la cámara de fotos para inmortalizar la obra del chavalín. Por desgracia en la foto no acabó de verse toda la mesa pero aquel día lo recordaremos todos por la obra del pequeño artista.

martes, 17 de mayo de 2011

Relato: Cuarenta euros

Iba por mi tercer whisky. Y eso que solo me iba a tomar una cerveza. De esas me tomado cinco. Era martes y el bar estaba muy vacío. El camarero ojeaba la tele mientras limpiaba los vasos. Otro cliente se puso la chaqueta, se despidió con discreción y se marchó. Yo era el último.

El camarero se me acercó y dijo:
—Voy a cerrar ya, amigo.
No era verdad. No era mi amigo, y por eso quería cerrar. Me quería echar a paseo por la ciudad. Ni siquiera me había visto por ese feo bar. Me bebí de un golpe el vaso, le pregunté que debía y arreglamos las cuentas. Al hablar con alguien, me di cuenta de mi estado. Aún lo noté más al levantarme del taburete, abrigarme y andar. Tardé como el doble de lo normal. Me marché sin despedirme.
Ya en la calle, no notaba si hacía frío o no. Mis pies apenas se ponían donde yo quería. No estaba precisamente para desfilar por una pasarela de moda. Paré un momento y comprobé mi cartera. Quería saber cuanto dinero me quedaba. Aquellas bebidas las había pagado con el dinero de haber vendido mi coche. Se me estaba acabando más rápido de lo esperado. Después que se vaciará mi cartera, no sabía que pasaría.

Perdí mi empleo de montador de sartenes por idiota. Me lié con la mujer del jefe por culpa de una estupida apuesta con los compañeros de trabajo. Al pasar por una calle cercana al bar, me acordé que tres calles más arriba vivía mi antiguo jefe. Era un buen hombre aunque muchos lo ponían verde por la espalda. A mí me caía bien, pero le estropeé su vida. Debía visitarlo, era mi última esperanza.

La verdad es que ya tenía esa idea rondando por la cabeza hace días, pero no me atrevía a humillarme ante él. Era una idea que guardé en el cajón de las emergencias. Puede que no fuese el mejor momento ni mi mejor estado, pero los cuarenta euros de mi cartera para pasar medio mes, presionaban mi voluntad.

La tercera calle no la recordaba así. De noche las calles parecen diferentes, aparte de más oscuras. Hacía mucho tiempo del día que invitó a varios empleados, entre los que yo estaba, para ir a ver un partido de fútbol en su casa. Tenía una casa menos ostentosa de lo que pensaba. Su tele era unos palmos más grandes de lo normal, por lo menos de la mía. Aparte de eso, tenía un piso tan grande como el mío.

Llegué a su portal que recordé perfectamente, pero el piso se me había olvidado. Era un segundo o tercero primera o algo así. Di unos pasos atrás en la acera para ver las ventanas y balcones. Desde fuera, apenas había luces encendidas. Era ya medianoche y pico. Intentaba ver los comedores iluminados solo por luces provenientes de las teles, y averiguar cual podría ser. El techo del comedor del tercero primera estaba iluminado por la luz de una tele de gran tamaño. Me decidí a probar en ese piso.
Piqué y esperé. Tardó un rato pero contesto.
—¿Sí? —dijo una voz de hombre.
Era él sin duda.
—Hola, soy Miguel. Ábreme —dije.
—¿Qué Miguel?
—Soy Miguel, de la fábrica. Por favor, ábreme. Quiero hablar contigo.
Esta frase costó pronunciarla bien. Él no dijo nada. Yo esperé sin decir nada tampoco. Tardó, pero acabó abriendo la puerta.

No encontré el ascensor. Diría que había uno pero no lo encontré. Subí por las escaleras. Noté la falta de ejercicio al llegar al segundo piso. Mientras subía al tercero, mi ex-jefe estaba esperándome con la puerta abierta. Me miraba con cara de sorpresa, incluso sonreía al verme como me balanceaba y me agarraba a la barandilla.
—Hola Jaime ¿Cómo estás? —dije al llegar arriba e intentar disimular que estaba hecho polvo de subir tres pisos.
—No hemos hablado desde que te despedí ¿Qué quieres ahora? —dijo él.
Cogí aire, me concentré y le dije:
—Mira, sé que no son horas, que no nos llevamos muy bien y que no voy muy sereno, pero he de pedirte un favor. Quiero pedirte que me des un puesto de trabajo de nuevo.
Sonó bastante convincente, incluso vocalicé bastante bien.
—¿Y tiene que ser ahora? ¿Por qué no te pasas mañana por la fábrica? —me dijo.
—Estoy en una situación delicada. Necesito una respuesta ya.
—¡Anda entra!
Me hizo pasar a su casa, supongo que no quería un escándalo en su rellano. En el comedor estaba la tele encendida con una película en pausa. Me hizo sentar en una silla. Abrió el mueble bar y sacó el whisky. Me ofreció. Debí decir que no pero dije sí.
—Bueno, Miguel. Así qué quieres volver a la fábrica.
—Sí y quería pedirte perdón por lo que pasó con tu mujer. La verdad es que fue una apuesta con los compañeros que nunca debería haber hecho.
—Sí ya lo sabía. Tú solo fuiste el primero.
—¿Qué? —dije sorprendido.
—Después de ti, estuvo con varios. Ya me he divorciado de aquella guarra. No hacía mas que insinuarse con todos y, que yo sepa, estuvo con tres empleados míos.
—Bueno, sí. Algo se insinuaba, sí.
Me bebí de trago el whisky.
—No te preocupes, tú no tuviste la culpa —me dijo.
—Bueno y, ¿lo del trabajo? Haré lo que sea. Si he venido aquí es por que estoy en las últimas.
—La verdad es que ahora mismo, no te puedo hacer sitio. A final de mes es posible que se quede una plaza libre y, ya veremos.
—¡Gracias!¡Muchísimas gracias! No te fallaré.
—Oye, aún no te lo he dado. Pásate mañana por la fábrica y lo hablamos, cuando estés sobrio. Ahora mejor vete a casa a dormir. No bebas tanto, que te sienta mal.
—Vale, no te molesto más. Me voy y te dejo viendo la película. —Me levante y abrí la puerta. —Oye, ¿esta no era la película que el poli gordo, al final, les había engañado a todos y se queda con la pasta?— dije señalando a la tele.
—Pues no lo sé. Estaba a punto de saberlo —dijo Jaime sarcásticamente.
—¡Hasta mañana!

Me fui corriendo antes de que pudiese estropearlo más. De camino a casa pensé en regalarle, con mis cuarenta euros, la mejor botella de whisky que pudiese comprarle por la segunda oportunidad.

Relato: Entrevista de trabajo

Luis se citó con el señor Rodríguez para que lo entrevistaran. Quería conseguir un puesto de trabajo en el prestigioso banco Moneybank. Debía encontrarse con él a las once en punto en las oficinas de la segunda planta del rascacielos de treinta pisos que el banco posee en una de las calles más concurridas de la ciudad.

Ese día, un lunes, se levantó temprano aunque no era necesario. Se aseó, se duchó, desayunó fuerte y se vistió. No era lo normal en él, pero se vistió de traje y zapatos nuevos. A las nueve ya estaba preparado. Faltaban dos horas y el edificio de Moneybank estaba solo a media hora de su casa. Paseó por casa de un lado a otro nervioso. Se había preparado para este momento. Después de tantos años de estudio iba a optar a un puesto en un gran banco.

Tras los estudios tuvo sus merecidas vacaciones. Visitó varias ciudades del norte de Europa junto a sus amigos y, aún estando de vacaciones, se fijaba en todos los bancos y cajas de otros países. Estudiaba su sistema económico y comparaba los precios entre distintas naciones. Al día siguiente de llegar de vacaciones, envió por carta varios curriculums a entidades financieras. Para su sorpresa, en menos de una semana le llamaron de dos empresas. Una de ellas era mucho más atractiva que la otra. Siempre deseó trabajar en Moneybank y se citó con José Rodríguez para una entrevista. Por teléfono, le pareció una persona seria con una forma de hablar calmada y elegante. También notó un extraño ceceo que le hizo suponer que podría ser andaluz. Le llamó mientras se duchaba y estuvo a punto de no cogerlo. Por suerte lo hizo y habló con él mientras aguantaba la toalla atada con prisas y poniendo perdido el suelo de agua. La otra oferta era para el banco Cajadinero, no tan prestigioso pero interesante, con el que se citó con Juan Pérez el miércoles. Ésta vez le llamaron mientras desayunaba y con la boca llena.

Nervioso perdido, decidió pasear por la calle hasta que llegase la hora. Pensó que aquella oportunidad no la podía dejar escapar. Debía conseguir aquel puesto como sea. Con su nerviosismo llegó andando deprisa al rascacielos a las diez menos cuarto. Prefirió no entrar y dio unas vueltas al edificio para contemplar aquella enorme estructura. Le dolía el cuello si intentaba ver el último piso desde la acera. Le encantaba su forma arquitectónica. Hasta el logotipo del banco era azul, su color favorito. Mientras paseaba, entrenaba en su cabeza como saludar al señor Rodríguez y se inventaba respuestas a posibles preguntas que hiciese.

Por fin llegó la hora y entró sacando pecho y con grandes zancadas. En el mostrador de recepción, una chica muy guapa le sonreía. Luis, sin darse cuenta, también lo hacia. Se acercó y le dijo:
—¡Hola! Tengo una entrevista con el señor Rodríguez. Soy Luis Torres.
—Sí, suba a la segunda planta a la derecha. Ahora lo avisaré de que usted va —contestó la recepcionista.
—¡Muchas gracias!
A Luis le gustó mucho conocer a su posible futura compañera de trabajo. Miraba a un lado y a otro para aprender por donde estaban las distintas estancias de las oficinas en cuanto consiguiese el trabajo. Fue después al ascensor. Lo llamó y vino enseguida. Nada más subir le asombró lo grande que era. Estaba lleno de detalles plateados y contaba con un enorme espejo. En su corto viaje, aprovechó para una última comprobación de aspecto ante el. Se abrieron las plateadas puertas. En la segunda planta Luis comenzó a sudar.

Dio unos treinta pasos y se paró ante la puerta del despacho del señor Rodríguez. Alzó el puño derecho para picar en la puerta cuando, de repente, la abrió el entrevistador. Entonces se lo encontró en aquella pose, que parecía que le amenazara con pegarle un puñetazo o realizando el saludo comunista. Enseguida bajó el brazo, cambió su cartera de mano y le ofreció la mano izquierda para presentarse.
—¡Buenos días! El señor Rodríguez, supongo —dijo Luis mientras estrechaba su mano.
El señor Rodríguez miró a las manos y puso mala cara. Luis se dio cuenta porqué. Su mano sudaba excesivamente y no era agradable.
—¡Buenoz díaz! Ziénteze, por favor.
Luis y José se sentaron en sus respectivas sillas. José cogió su currículum, se puso las gafas que llevaba en su bolsillo de la chaqueta de su serio traje y remiró los papeles. Luis esperaba mientras intentaba tranquilizarse y no sudar más. Al hablar con él por teléfono, lo imaginó como un hombre viejo canoso y con barba, en cambio era de unos cuarenta y tantos, calvo, delgado e imberbe.


Finalmente le miró y le preguntó lo típico que se suele preguntar: sus expectativas, sus aficiones y cosas por el estilo. Luis estaba preparado y las trajo contestadas de casa. Contestó con decisión y una cara muy seria. El problema era que, en cada pregunta que le hacía, notaba el ceceo. Era bastante gracioso para él y se reprimía de reírse del banquero. Se dio cuenta que no sería cuestión de acento andaluz, sino más bien algún defecto en el habla. Aguantaba la risa apretando los labios. El señor Rodríguez le miraba serio y atento a su respuesta.

Aguantó durante cinco o seis preguntas, hasta que le preguntó:
—¿Zabe uzted algo zobre zubzidios de zalarios?
Luis explotó. Sus labios no aguantaban la presión de aire generada por aquella frase. Se escapó el aire y la sonrisilla de la risa inesperada.
—¿Ze eztá uzted riendo de mi? —continuó el señor José.
El joven volvió a reír al escucharle de nuevo. Quería contenerse pero no podía evitarlo. Aquella situación le puso más nervioso y no podía parar.
—Perdone... Ja ja. Lo siento —se excusaba mientras reía.
Mientras más reía, más nervioso se ponía el banquero y se le entendía aún menos.
—¡Ezfto ezs una fafta de rezfpeto! — continuó el banquero.
Luis se tapó la boca para ocultar su tremenda carcajada, agarró su cartera y se fue corriendo del despacho. El ascensor le esperaba abierto.
Después de aquello jamás lo cogerian, pensó Luis. Seguía riéndose mientras bajaba por el ascensor. En la planta baja ya empezó a calmarse. Nunca le había dado un ataque de risa tan colosal como aquel. Acaba de estropear una gran oportunidad. Quizás fueron los nervios, pensó. Ojalá el señor Juan Pérez de Cajadinero no fuese tartamudo o algo parecido.

martes, 5 de abril de 2011

Guia del aprendiz religioso

Toda persona suele tener, en un momento dado de su vida, problemas o dudas existenciales, tales como de dónde venimos o qué hay más allá de la muerte. En estas líneas le guiaremos para que pueda encontrar las respuestas que necesita.

En primer lugar, sería conveniente informarse de las distintas religiones que le ofrecen servicio en la población donde reside. Cada religión suele tener un lugar para concentrarse, orar o celebrar diversos ritos. Debería elegir cuál es la más idónea para que usted se haga miembro, ya que no suelen ser compatibles ni puede ser miembro de varias. Por comodidad le recomendamos que elija la que tenga su local más cerca de su hogar, y por sociabilidad, la que sean miembros la mayoría de sus vecinos. Aunque la mayoría de los casos, se suele elegir religión por herencia familiar.

Una vez elegida, se deberá acercar a sus centros religiosos. Allí encontrará a alguna persona religiosa dispuesta a ayudarle en sus dudas. Al abrazar esa religión, tendrá que aprender sus leyes y normas. Por muy absurdas e imposibles que le parezcan, ha de considerarlas como su manera de hacer y pensar.
Posiblemente le pidan cosas que, en otras circunstancias, pensarían que se ríen de usted. Hay posibilidades de que le pidan dinero, que le hagan recordar oraciones de memoria y practicar ejercicios gimnásticos, como agacharse, besar el suelo, levantarse, sentarse u otros. Debe ser un fiel obediente a sus mandatos y peticiones o no encontrara respuesta a sus preguntas.

Debe tener una gran disposición a creer en lugares y seres que sus sentidos no podrán percibir. Estos lugares pueden estar muy por encima de las nubes o muy profundo en la tierra, curiosamente, donde usted difícilmente llegará a ver algún día. Los seres imperceptibles suelen vivir en estos lugares inalcanzables. Pueden tener poderes incomprensibles para usted que, debido a su mal genio, si no los trata como su maestro religioso le pide, modificaran la realidad para que usted acabe sufriendo como castigo. Incluso pueden castigarlo después de la muerte y eternamente en una lejana mazmorra, si comete una falta algo grave.

La religión elegida es la verdadera y única. Si otras personas de otra religión intentan conducirlo a la suya, deberá tomar medidas pertinentes. Cada religión tiene su método, pero el más común es acabar con los que le pueden hacer dudar y conducir hacia una falsa religión. Este acto se le recompensará eternamente después de su muerte, en cuanto llegué al lugar inalcanzable que antes citábamos.

Esperamos que esta guía le sirva de ayuda para hallar la paz que ansía. Por último, recomendarle que siga estas sencillas normas, o usted, por sí solo, difícilmente encontrará solución a sus problemas y dudas.

lunes, 14 de marzo de 2011

Relato: Aburrimiento dominical

Son las ocho de la tarde de un domingo lluvioso. Harto de mantita, sofá y tele, me levanto a picar algo. Apago el televisor con rabia, como si el botón tuviera la culpa de mi aburrimiento.

Llego a la cocina y abro cajones porque sí. Ya sé lo que hay pero tengo la idiota esperanza de encontrar algo nuevo. Busco algo para picar pero no encuentro nada. Abro la nevera y me saluda su luz y frescor, como si fuera el amanecer o el ocaso. El lunes debería ir a comprar porque esta nevera da pena. Esta muy vacía. Cojo un pote de mayonesa y miro su fecha de caducidad. Aún esta bien, pero no se porque la compré si casi ni la uso. La dejo en su sitio y me llama la atención un envoltorio de queso rayado cerrado por una pinza de la ropa. Agarro el paquete con la mano izquierda y le saco la pinza con la otra. Me la pongo cómicamente en la parte de arriba de la oreja derecha. Cuando me empieza a hacer daño, me la quito enseguida. Con el dolor me doy cuenta que buscaba algo para picar y podía ser que lo tuviera en mi mano. Me quedo mirando el paquete de queso rayado, que lo suelo usar para echar sobre los macarrones, y me digo “¿por qué no?”.

Salgo de la cocina cogiendo puñados de queso rayado y metiéndolos en la boca. No están mal, pero crean una pasta que se pega en los dientes molestándome y cuesta de tragar. Me acercó a la ventana y veo como llueve. Aún llueve más que antes y me meto otro puñadito de queso para celebrarlo. Se me caen unas tiras de queso. Me agacho a recogerlas y las examino. Me doy cuentas que son rayitas como la lluvia. Recuerdo entonces como dibujaba la lluvia cuando era pequeño. Dibujaba una nube formada por tres elipses unidas por el centro y la lluvia caía de ella en forma de rayitas diagonales o verticales. La inclinación de las rayitas supongo que era debido a si era una lluvia normal (rayitas verticales) o una tormenta (rayitas diagonales debido al viento tormentoso). 

Si estoy aburrido como para ponerme una pinza en la oreja, o para abrir cajones que ya se lo que hay dentro, lo estoy también para proponerme un plan muy absurdo que se me esta ocurriendo. Lamo un lateral de la rayita de queso y la pego en la ventana como si fuera dibujo de lluvia. No quedaba bien, así que empiezo a poner unos cuantos mas. Intento distribuirlo por distintas fases, como si la lluvia tuviese orden. En la calle sopla un viento débil y la lluvia cae algo ladeada. Las rayitas están a unos ochenta grados de inclinación para simular este efecto. Se me pasa por la cabeza que realmente esto que hago es una gran guarrería. Pensé que podría salir algo curioso, pero solo me ha quedado una ventana de queso. No ha quedado nada bonito.

A lo tonto, han pasado tres horas. El queso rayado me ha quitado el hambre. Veo un poco la tele y deja de llover agua. Ahora solo llueve queso, según mi ventana. Voy a dormir que mañana he de levantarme pronto para ir a trabajar.

A las siete y media de la mañana, un solazo enorme me ayuda a despertarme. Me lavo la cara, me afeito, desayuno y me visto. Cojo mi maletín y parto “veloz” a trabajar. El viento débil se había vuelto fuerte por la noche y se llevó su rebaño de ovejas voladoras a su corral. En el cielo quedó solitario el solazo.

A las siete llego a casa deseoso hace rato de “telesofamantear”. Hoy ha sido un día horrible en el trabajo y estoy cansadísimo. Además vengo de comprar. Cierro la puerta, dejo el maletín, guardo las cosas que he comprado de comer y picar, me pongo cómodo y voy al sofá. Con el mando de la tele me dispongo a encender la tele, cuando algo curioso me llama la atención. Con el aburrimiento de ayer, olvidé limpiar la ventana y el sol ha secado la lluvia quesera. El queso esta como gratinado y forma cristalitos de queso. ¡Que olor cuando estoy cerca de ella, por dios! Era una ventana de lluvia gratinada. Intento despegar uno pero es casi imposible. Con la uña consigo despegar uno menos pegado. Lo miro a trasluz y forma una especie de prisma, uno de esos que descompone la luz blanca en el arco iris. En la pared de enfrente se forma una especie de lluvia de arco iris debido a los reflejos del sol poniéndose a través de los quesos cristalinos. En cuanto veo esto, voy corriendo a mi cuarto a por la cámara de fotos. Echo cuatro fotos pero no se ve del todo bien los colorines. Sin quererlo, al final construí algo artístico.

Pienso que igual lo podría exponer en un museo de estos de arte moderno. Aunque, casi mejor, sacaré la ventana de su sitio y la limpiaré. Ahora es cuando me doy cuenta que la casa huele mucho a queso. Cuando entré, pensé que algún vecino cenaría macarrones. Voy a ver con que puedo limpiar esta ocurrencia mía. ¡Que malo es aburrirse!