El inspector López paseaba de un lado a otro por el comedor de la víctima de su nuevo caso. Entró Paco bordeando el cadáver y le dijo:
–Inspector, Arsène
ya sube.
Se marchó al fondo de la casa mirando de reojo al
muerto-alfombra. El inspector suspiró y se quedó mirando la puerta principal
abierta de aquel piso de la zona alta. Apareció el rubio francés que tanto
odiaba. Se peinó con la mano para que el flequillo le dejase ver aquel hombre
bocabajo. Sin saludar fue directo a la faena. Le abrió los parpados y plantó
las yemas de los dedos en sus corneas. Entonces cerró los ojos. Concentrándose
era capaz de visualizar lo que ocurrió horas antes a la víctima. Ayudaba a la policía,
pero solo cuando le iba bien. Llevaba al inspector López y sus hombres al borde
de los nervios con sus especiales horarios. Algunos lo llamaban “Arcén” por el
parecido con su nombre y por que era el sitio donde lo querían ver estampado.
—Cuenta,
francés —dijo toscamente López.
—Inspector, no
he visto al asesino o asesina. Le atacaron al entrar en casa por la espalda. Le
golpearon siete veces con algo contundente —le contó.
—Eso ya lo sé.
Tenemos el arma. Era su palo de golf. Un hierro cinco. No hemos encontrado ni
una huella. Ni en el palo ni en la casa. El asesino entró por una ventana rota
de la habitación.
—Le llamamos
Tigerwoods —dijo sonriendo por el fondo Paco—. Por lo del palo —los demás no
sonrieron.
—Necesitamos
algo más. No podemos seguir —continuó el inspector. Odiaba necesitar la ayuda
de aquel raro veinteañero, pero su comisario le obligaba.
—Veamos que puedo percibir.
La joven era muy guapa. Les atendió amablemente en su sala de estar. Les contó que llevaban poco tiempo saliendo. Pero no dejaba de hablar de su antiguo novio. Era tan celoso que tuvo que dejarle. Paco le pidió su dirección. Arsène, sin avisar, enchufó sus dedos en sus ojos verdes. La chica gritó e intentó sacárselo de encima. El policía le gritó:
—¡¿Pero estás
loco?!
—¡Espera! Ya
veo cómo es —contaba el francés con los ojos cerrados.
—¡Ahh!
¡Socorro! —gritaba ella. El joven le introdujo dos dedos en su nariz. Paco
ayudó a la chica a sacarse al rubio de encima. Ella los sacó de casa a base de
gritos histéricos.
En el coche discutieron. Paco le recriminó las maneras de tratar a la gente, que destrozaba la imagen de la policía y más habladurías de las que Arsène pasaba. En cuanto se calmó, el francés le contó que debían volver al escenario del crimen. El policía insistió en ir a por el ex-novio, pero el rubio sabía que irían donde él dijese. El comisario lo protegía como si fuese su hijo favorito.
Llegaron al piso de nuevo. El inspector les saludó:
—Me alegro de
veros —dijo sarcásticamente. Un par de cervezas le volvían así.
El rubio se
agachó y se enchufó al muerto por la nariz. Paco entró luego y se puso a su
lado.
—Espero que
luego te laves antes de comer —dijo el inspector.
—¡Ya sé quién
fue! —gritó alegre Arsène. —El olor del asesino es el mismo que el del
ex-novio.
—Si ya lo sabía
yo —dijo Paco.
—Pero quería
asegurarme.
—Venga, vamos
a por él —dijo López.
Fue fácil atraparlo. Fueron a su casa y se lo encontraron durmiendo, como si nadie pudiese encontrarle. Cuando vio a la policía no se lo creía. Pensaba que aún no había ni descubierto el cadáver. Se lo llevaron a comisaria. Su estado era deplorable. Iba en camiseta interior, calzoncillos y zapatillas de andar por casa. Estaba sudado y sin afeitar. Cantó de pleno. Decía que su antigua novia lo dejó por dinero. Por eso se buscó uno mejor. No lo soportó. Acabó con el que creía que le robó a su chica. Se lo llevaron al calabozo.
Arsène se iba
a casa cuando el inspector lo interceptó. Le hizo entrar en su despacho.
—Oye, no hemos
terminado —le dijo.
—Pero si ya le
hemos cogido —dijo con su acento francés que tanto disgustaba a López.
—He hablado
con Paco y el comisario. No te portas como es debido. Está muy bien que puedas
ayudarnos a resolver los casos tan rápido, pero tienes que aprender a
comportarte.
—¡Oh, vaya! No
ha sido para tanto...
—Sí, sí que lo
ha sido. La novia ha puesto una denuncia. Te vas a tirar un buen tiempo
aprendiendo a utilizar nuestras normas. Y el comisario no te va a salvar esta
vez.
El comisario le entregó unos tochos de miles de
hojas que debía aprenderse. Le prestó un despacho donde podría estudiarlos.
Allí lo tuvo encerrado hasta que aprendiera la lección.



