lunes, 14 de marzo de 2011

Relato: Aburrimiento dominical

Son las ocho de la tarde de un domingo lluvioso. Harto de mantita, sofá y tele, me levanto a picar algo. Apago el televisor con rabia, como si el botón tuviera la culpa de mi aburrimiento.

Llego a la cocina y abro cajones porque sí. Ya sé lo que hay pero tengo la idiota esperanza de encontrar algo nuevo. Busco algo para picar pero no encuentro nada. Abro la nevera y me saluda su luz y frescor, como si fuera el amanecer o el ocaso. El lunes debería ir a comprar porque esta nevera da pena. Esta muy vacía. Cojo un pote de mayonesa y miro su fecha de caducidad. Aún esta bien, pero no se porque la compré si casi ni la uso. La dejo en su sitio y me llama la atención un envoltorio de queso rayado cerrado por una pinza de la ropa. Agarro el paquete con la mano izquierda y le saco la pinza con la otra. Me la pongo cómicamente en la parte de arriba de la oreja derecha. Cuando me empieza a hacer daño, me la quito enseguida. Con el dolor me doy cuenta que buscaba algo para picar y podía ser que lo tuviera en mi mano. Me quedo mirando el paquete de queso rayado, que lo suelo usar para echar sobre los macarrones, y me digo “¿por qué no?”.

Salgo de la cocina cogiendo puñados de queso rayado y metiéndolos en la boca. No están mal, pero crean una pasta que se pega en los dientes molestándome y cuesta de tragar. Me acercó a la ventana y veo como llueve. Aún llueve más que antes y me meto otro puñadito de queso para celebrarlo. Se me caen unas tiras de queso. Me agacho a recogerlas y las examino. Me doy cuentas que son rayitas como la lluvia. Recuerdo entonces como dibujaba la lluvia cuando era pequeño. Dibujaba una nube formada por tres elipses unidas por el centro y la lluvia caía de ella en forma de rayitas diagonales o verticales. La inclinación de las rayitas supongo que era debido a si era una lluvia normal (rayitas verticales) o una tormenta (rayitas diagonales debido al viento tormentoso). 

Si estoy aburrido como para ponerme una pinza en la oreja, o para abrir cajones que ya se lo que hay dentro, lo estoy también para proponerme un plan muy absurdo que se me esta ocurriendo. Lamo un lateral de la rayita de queso y la pego en la ventana como si fuera dibujo de lluvia. No quedaba bien, así que empiezo a poner unos cuantos mas. Intento distribuirlo por distintas fases, como si la lluvia tuviese orden. En la calle sopla un viento débil y la lluvia cae algo ladeada. Las rayitas están a unos ochenta grados de inclinación para simular este efecto. Se me pasa por la cabeza que realmente esto que hago es una gran guarrería. Pensé que podría salir algo curioso, pero solo me ha quedado una ventana de queso. No ha quedado nada bonito.

A lo tonto, han pasado tres horas. El queso rayado me ha quitado el hambre. Veo un poco la tele y deja de llover agua. Ahora solo llueve queso, según mi ventana. Voy a dormir que mañana he de levantarme pronto para ir a trabajar.

A las siete y media de la mañana, un solazo enorme me ayuda a despertarme. Me lavo la cara, me afeito, desayuno y me visto. Cojo mi maletín y parto “veloz” a trabajar. El viento débil se había vuelto fuerte por la noche y se llevó su rebaño de ovejas voladoras a su corral. En el cielo quedó solitario el solazo.

A las siete llego a casa deseoso hace rato de “telesofamantear”. Hoy ha sido un día horrible en el trabajo y estoy cansadísimo. Además vengo de comprar. Cierro la puerta, dejo el maletín, guardo las cosas que he comprado de comer y picar, me pongo cómodo y voy al sofá. Con el mando de la tele me dispongo a encender la tele, cuando algo curioso me llama la atención. Con el aburrimiento de ayer, olvidé limpiar la ventana y el sol ha secado la lluvia quesera. El queso esta como gratinado y forma cristalitos de queso. ¡Que olor cuando estoy cerca de ella, por dios! Era una ventana de lluvia gratinada. Intento despegar uno pero es casi imposible. Con la uña consigo despegar uno menos pegado. Lo miro a trasluz y forma una especie de prisma, uno de esos que descompone la luz blanca en el arco iris. En la pared de enfrente se forma una especie de lluvia de arco iris debido a los reflejos del sol poniéndose a través de los quesos cristalinos. En cuanto veo esto, voy corriendo a mi cuarto a por la cámara de fotos. Echo cuatro fotos pero no se ve del todo bien los colorines. Sin quererlo, al final construí algo artístico.

Pienso que igual lo podría exponer en un museo de estos de arte moderno. Aunque, casi mejor, sacaré la ventana de su sitio y la limpiaré. Ahora es cuando me doy cuenta que la casa huele mucho a queso. Cuando entré, pensé que algún vecino cenaría macarrones. Voy a ver con que puedo limpiar esta ocurrencia mía. ¡Que malo es aburrirse!

domingo, 20 de febrero de 2011

Relato: Huellas en la nieve

Con este frío invierno, había pocos sitios donde resguardarse. Una loba iba buscando un lugar seguro para sus seis lobeznos. La guarida que tenían ya no era segura. Vieron a los humanos, con sus palos brillantes y ruidosos, matar al padre de los lobeznos y el resto de la manada debió correr la misma suerte porque hacia días que no los veía. Escaparon tras esperar escondidos que se alejaran y fueron en dirección contraria a la de ellos. Atravesaron la zona más espesa del bosque nevado. La loba madre quería atravesar el valle para llegar al otro lado de la montaña, donde pequeños conejos se acercan a beber en riachuelos semihelados. Alguna cueva estaría libre tras la matanza de los nuestros, o al menos, esa era la esperanza de mama loba. Los pequeños seguían a su madre fielmente y, si alguno se desviaba, la madre enseguida lo agarraba del pescuezo y lo juntaba con los demás. Le estresaba tener que estar atenta a la ruta, a los humanos y a sus pequeños, además de resistir el frío, pero era lo que las circunstancias le obligaban.

Todo esto comenzó tras escasear la comida en su zona. Ni conejos, ni ardillas, ni peces eran suficientes para la manada. Tuvieron que atacar a las cabras que cuidaban los humanos, cosa que los enfadaba y tomaban represalias contra ellos. Como habían nacido los pequeños, la poca comida que almacenaban no era suficiente. Toda la manada atacó por la noche a sus ganados y trajeron a la guarida suficiente comida para que todos pasaran el invierno. Mama loba se quedó durante días en la guarida y después de llenar la despensa, creyó que la manada se quedaría a resguardo. El padre y líder de la manada no lo creyó oportuno. Mandó a los demás conseguir mas comida por sí el invierno durase mas de lo normal, cosa que ocurrió el invierno pasado y algunos lobos murieron de hambre.

Los días pasaron lentos, como si el frío los ralentizara, y ningún lobo volvía. Pero todo cambió tras escuchar un lejano estruendo. Mama loba sacó el hocico y los ojos de la guarida. Vio a lo lejos al lobo jefe corriendo como el rayo esquivando árboles y una manada de humanos a caballo le perseguía. El lobo iba a refugiarse en la guarida, cuando un humano hizo frenar a su caballo. Rápidamente, acercó su palo brillante a sus ojos, permaneció un momento inmóvil y un estruendo hizo sangrar el costado del lobo. Este cayó lateralmente en la nieve deslizándose con un quejido de dolor. El humano se bajó del caballo. El lobo miró a la loba y aulló. La loba entendió que le pedía que huyera. El humano se acercó a dos patas al lobo con el palo cerca de su hocico. Otro estruendo calló para siempre al lobo. La loba cogió a sus pequeños dentro de la guarida y salió con ellos por otra salida que no conocían los hombres. Mientras huían, un humano se adentró en la guarida a cuatro patas. Una de las patas la hacía servir para aguantar un palo que emanaba luz del día. La loba se puso delante de sus hijos y le mordió esa pata que le apuntaba con luz. El humano le pegó con la otra pata delantera en el hocico y cayó a un lado tras abrir su boca la loba. Esta aprovechó para salir lo más rápido posible por la otra salida de la guarida. Los pequeños, asustados, siguieron tras ella corriendo. Se escondieron de los humanos tras un árbol de ancho tronco hasta que se fueron.

La pequeña manada seguía a su madre, pero la nieve era cada vez mas profunda. Habían llegado a un claro del bosque con una hendidura donde los pequeños no podían seguir debido a que quedaban completamente cubiertos por la altura de la nieve. La loba tuvo que pasar de uno en uno, cogiendoles del pescuezo, a una zona donde hacían pie. También estaba preocupada por el rastro que iban dejando y, en lo fácil que seria para los “dos patas” seguirlos. Olisqueaba en el viento buscando olor a humano. Los pequeños estaban empapados de nieve y tiritaban, pero seguían sin descanso a su madre.

Comenzó a nevar y soplaba una fuerte ventisca que les helaba la piel con menos pelaje. Por suerte, la nevada ayudaría a borrar sus huellas. Un aullido se oyó a lo lejos y la loba lo escuchó. Apresuró la marcha y fue hacia donde escuchó el ruido. Olisqueó y no encontró nada. De nuevo, otro aullido le guió y siguió hasta donde le llamaban. Los lobeznos, ya cansados, le seguían el ritmo pero de lejos. Ella encontró un lobo que no conocía estirado en el suelo. Su pata se quedó encallada en una boca dentada de piedra gris brillante. Era una trampa que solían poner los humanos. Su pata sangraba mucho y él no paraba de quejarse de dolor. La loba buscó una piedra puntiaguda y la agarró con su boca. La introdujo entre los dientes brillantes e hizo fuerza con el cuello para girarla y, así, ensanchar la obertura. El lobo consiguió sacar la pata, aunque, al sacarla, se hizo un corte profundo. Un gran quejido soltó, pero le dio unos lengüetazos a su pata y pareció reconfortarle. El lobo se quedó mirando a la loba y a sus lobeznos y comprendió su situación. Les hizo señas para que le siguieran. Él fue delante, cojeando y sangrando, y la loba y sus pequeños le siguieron.

Aún nevaba, pero había aflojado. Todo el día había estado nublado pero comenzó a clarear al empezar la tarde. Se encontraban en la otra zona del valle, donde mama loba quería llegar. Subieron y subieron una cuesta sin fin. El aire trajo el olor de humano y la loba miró atrás. No vio nada. Con el hocico golpeó el trasero del lobo cojo para que avanzara más rápido. Atravesaron una pared muy empinada y helada que dificultaría llegar arriba a los humanos. Tras un largo rato y unos matorrales nevados, había una guarida muy bien escondida. Un pequeño embalse semihelado rodeaba parte de la entrada. Allí se resguardaron todos y el lobo les invitó a quedarse. Había dos lobos más y otra loba con tres lobeznos. Los lobos residentes les ofrecieron comida a los recién llegados. Tenían comida suficiente para pasar el invierno. Habían cazado ganado de los humanos también. Decidieron no salir y pasar el invierno en la guarida tras los matorrales. Entre todos jugaron y cuidaron a todos los pequeños. Cuando hiciese menos frío, volverían a pasear y cazar por fuera.

sábado, 5 de febrero de 2011

Relato: La noche fría en la serpiente gris

Por fin salí del edificio del maldito trabajo. Los viernes siempre hay faena de última hora, pero hoy he salido antes. El sábado se casará mi primo y, como pariente, debía asistir. Tenía permiso del jefe para acabar antes de hora, ya que mi primo se casaba en su pueblo, y debía hacer un largo viaje para llegar a la celebración.

Fuera del edificio, andaba casi bailando. Estaba deseando acabar la semana de trabajo, ya que había sido horrible. Había dejado miles de problemas aplazados para preocuparme de ellos el lunes. Intenté silbar la canción que me vino a la cabeza, pero solo hice ruidos raros porque no sé. Llegué a mi coche, dejé la cartera junto a la maleta en el maletero, abrí la puerta del conductor y la luz del coche se encendió. Me senté, preparé la radio del coche con mi música y el GPS. Siempre se me dio bien entender los chismes electrónicos, así que ni siquiera me leí las instrucciones para hacer funcionar esa brújula electrónica. Le introduje los datos de la casa de mi tía. Comenzó a dar órdenes y a dibujarme flechitas.

Viajé durante horas por autopista. Vi como oscurecía y, ya casi de noche, paré a cenar en una gasolinera. Descanse un rato comiendo un bocadillo envuelto en aluminio que había preparado para el viaje. Evacué, reposté y continué. Me esperaba un viaje nocturno. Me gustaba porque había pocos coches. Podía haber ido con algunos familiares que salieron más pronto, pero usé el trabajo de excusa para viajar de noche.

Horas más tarde, la señorita del coche me ordenó que saliera de la autopista. Después de algunas rotondas, iba por una carretera general oscura entre montañas y bosques. Apenas transitaban coches y circulaba con las largas. No había luna, ni estrellas y las pocas luces que podía haber las tapaban los árboles. Continué por la serpiente gris de miles de curvas y rectas. Solo veía lo que me enseñaban mis luces. Loli, el nombre que le puse a la chica de la maquina, hacía tiempo que no me daba indicaciones. Traspasé un pueblecito con luces naranjas. No había nadie en las calles debido al frío y la noche. Empecé a notar el frío al ver los cristales empañados.

La calefacción no iba. Compré el coche de segunda mano hace tres meses, y no llegué a probarla porque no la necesité. Puede que no funcionara desde el principio. El coche iba estupendamente. Toqueteé los botones, pero no tenía ni idea de lo que hacía. Encendí el aire y en unos segundos me helé. Lo apagué enseguida e intenté recordar donde tenía el libro de instrucciones del cuadro. Debería estar en casa, donde no hacía frío. Notaba ya los dedos helados en el volante.

Decidí parar a un lado de la carretera en medio de un bosque. Dejé las luces encendidas, abrí la puerta y noté el birují. Fui al maletero, lo abrí, y busqué algo para el frío. Por suerte siempre llevó una chaquetilla para estos casos. Lo que me hubiera ido fenomenal serían un par de guantes, pero no se me ocurrió. Vi un par de calcetines que me podrían hacer el apaño. Era ridículo, pero aquel volante me quemaba de frío. Así que, con la chaquetilla y con un par de calcetines por mano, consideré que podía continuar. No pude evitar mirarme en el espejo para ver lo ridículo que estaba.

Me ajusté el cinturón y puse primera. Le di al acelerador y se me caló. Era la primera vez que me pasaba con este coche. Supuse que era por el frío. Apagué y volví a darle a la llave. No arrancaba. Lo intenté de nuevo y nada. Repetí y nada. Me puse serio, me quité los calcetines y probé de nuevo. No había manera de arrancar. Probé mil veces más y nada. Me esperé un rato mientras escuchaba mi canción favorita. Decidí que cuando acabara, probaría de nuevo. Nada.

Saqué mi móvil. Tenía la batería a la mitad y poca cobertura. Intenté llamar a mi primo, pero no daba línea. Llamé a emergencias y nada. Me quedé pensando mirando lo que mis luces me permitían ver desde donde me quedé. Me puse de nuevo los calcetines en la mano, y me aseguré que no había nada abierto para evitar el frío. Probé llamar de nuevo con los calcetines puestos y nada. Probé encender de nuevo el coche y nada. Solo tenía la luz de la Loli y la apagué. Me estiré atrás para intentar dormir. Mi familia estaría preocupada pero no podía hacer otra cosa.

El sol me despertó. Me incorporé y mi espalda me dolía. Miré mi móvil y seguía con escasa cobertura. Probé a encender de nuevo el coche. Nada. Probé de nuevo y el ruido me alegró. Pude continuar el camino y Loli me guió. Mas adelante, hizo más calorcillo y pude quitarme los calcetines. Llame mientras conducía a mis padres y mi primo. Estaban preocupados pero los calmé. Llegué justo para arreglarme y no me perdí la boda. Dejé antes el coche para que me lo revisaran. Me tuve que quedar el lunes en casa de mi tía. Le expliqué a mi jefe la situación y enfadado la entendió. El mecánico lo revisó y no vio nada del otro mundo. Me enseñó como iba la calefacción y un par de truquillos por si me vuelve a pasar lo del encendido. Volví a casa y el martes me esperaban los problemas del trabajo.

Relato: La cabeza imantada

Mi cabeza ha recibido con el tiempo varios impactos de todo tipo. Pensando en todos los golpes que han caido en mi tejado, empecé a pensar si repercutió en algo. Alguna vez se me va un poco la cordura, pero siempre he sido así. No sé si es que tengo una cabeza grande, o quizás, un imán interno que atrae todo tipo de objetos voladores que se me acercan.

De pequeño, cuando tendría unos siete años y veraneaba en el pueblo de mis padres, me acerqué a unos chavales que jugaban en una pequeña calle. Tuve la mala suerte de acercarme a ellos cuando estaban peleando por algo que debió pasar segundos antes que yo llegara.

Uno de ellos, el más bestia, le lanzó una piedra al otro. La esquivó fácilmente porque vio como cogió la piedra enfadado y, al conocerlo, supuso rápido que se la lanzaría. Yo simplemente me acerqué a ellos con la mala suerte de estar detrás del objetivo del proyectil. Vi la piedra volando hacia mi ojo izquierdo y no pude moverme de la sorpresa. Aún tuve suerte de las gafas de cristal orgánico que me hicieron antes de ir de vacaciones y llevaba puestas. Ese tipo de material no se rompe, simplemente se raya. La piedra impactó en la parte inferior izquierda de mi lente izquierda. No me hizo daño, pero durante todo el verano fui con las gafas con rascadas blancas en la lente izquierda.

Debieron pasar uno o dos años más, cuando volví a recibir más golpes. Este golpe fue el que me hizo pensar que debía tener un imán en la cabeza. No fue un golpe doloroso, más bien molesto. En el recreo del colegio, estaba jugando con un amigo. No recuerdo porque no teníamos balón para jugar a fútbol y simplemente dábamos vueltas por el patio.

A mi amigo no se le ocurrió otra cosa que acercarse a unos niños pequeños, que llenaban bolsas de plástico con la arena del patio. Agarró una de esas bolsas, y comenzó a darle vueltas verticalmente. Le daba vueltas cada vez más fuerte, hasta que acabó soltándola a los cielos. La bolsa voló muy alto y, en principio iba a caer donde no había nadie. No sabría explicar como, pero la bolsa comenzó a caer hacía mí. En aquel momento, si que pude reaccionar. La miré y calcule que me caería justo encima de mí. Di un paso lateral hacía la derecha, pero incomprensiblemente, me cayó exactamente en el centro de la cabeza.

No fue doloroso pero la bolsa reventó y me llené de arena hasta por dentro del pantalón. Soy de los que les molesta bastante la arena que se te engancha al salir de la playa. Hubiera preferido un golpe, en vez de andar todo el día semienterrado con la arena del patio. Aún me preguntó como pude calcular tan mal la trayectoria de la bolsa.

Quizás fue antes o después de este golpe (no consigo recordarlo bien), pero me paso algo parecido ese mismo año. Esta vez me encontraba con el mismo amigo y con otro con gafas como yo. Estábamos jugando en una zona con árboles en un parque de la ciudad donde vivíamos. Estábamos en un lugar que parecía un bosque y olía a pino. El suelo estaba lleno de tierra y hojarasca. Al amigo que le gustaba tirar cosas al cielo, se encontró con una piedra en el suelo. Así que volvió a tirarla al cielo, pero esta vez gritó: “¡Cuidado!”. Esta vez calculé perfectamente su trayectoria y vi como, mágicamente, volvía a venir a mi cabeza. Iba a dar mi paso lateral para esquivarla, cuando al amigo de gafas no se le ocurre otra cosa que agarrarme por detrás e inmovilizarme. Intenté ir a un lado pero no tuve tiempo de reaccionar. La piedra, esta vez, no fue a las gafas y era grande. Me impactó en la parte izquierda de la cabeza y me salió un chichón bien hermoso.
   -¡¿Pero porque me coges, idiota?!- le grité enfadado y con la mano en mi cabeza a mi amigo de gafas.
   -Pensaba que te iba a dar y te cogí.- dijo el de gafas.
Le empuje con la otra mano con fuerza y me dirigí al otro. Me empezaba a doler la herida.
   -¿Tu estás tonto o qué? ¿Para que tiras una piedra al aire?- le pregunté al “tira-piedras”.
   -Yo que sé… -me contestó. Hubo un momento de silencio.-Perdona, tío -me dijo más tarde.Noté que me salía sangre y decidí irme a casa. Mi madre me echó bronca y me dijo que no juntara con ellos. Estuve un tiempo enfadado con ellos pero, más tarde, volvimos a ser amigos.

Años déspues, me di muchos más golpes. Algunos seguramente no los recuerdo ya. Estuve jugando de portero de fútbol sala, y me di bastantes con los postes metálicos de la portería. Otra vez recuerdo darme también un buen tozolón con un buzón metálico mal puesto en un portal. Hasta con una señal de tráfico por la calle. La de dinero que hubiera ganado si hubieran grabado todos esos golpes y los hubiera mandado a esos programas de la tele de videos domésticos. Espero no ir nunca a ninguna guerra, porque si mi cabeza esta realmente imantada, no aguantaría ni una semana.

sábado, 15 de enero de 2011

Relato: El camino de la cruz

Se tardaba aproximadamente una hora de casa a la estación de tren, y además, se me estropeó el coche antes de ayer, y tenía que ir andando. Tampoco pasaban taxis ni buses porque había huelga de transportes. Debía ir a recoger a la hermana de mi mujer, Josefina. Intenté librarme con mil excusas, pero mi mujer se las conocía todas y no me quedó más remedio que ir a por ella. La bruja se sabe el camino de memoria pero insiste en que alguien venga a recogerla. Con lo poco que me soporta, que llegue sin coche, y tarde como voy; hará que este más insoportable aún conmigo. Además tendré que llevarle las mil maletas que se trae siempre.

Me odiaba desde el día que, según ella, espanté a su novio y la dejó. Solo bromeé con él y le conté cuatro idioteces sobre ella mientras estaba algo afectado por el vino en una comida familiar. Era un chaval bastante ingenuo, feote y muy callado. Era más bien un pardillo que se creyó todas las tonterías que se me ocurrieron. La verdad es que, en parte, me vengué de mi cuñada. Siempre hablaba durante horas con mi mujer y la ponía en mi contra. No supe nunca que le decía pero, hiciera lo que hiciera después, se enfadaba conmigo como un volcán en erupción. Hubo un tiempo que pensé que me odiaba por llevarme su hermana a una ciudad tan lejana de donde vivían ellas, y le privaba de verla tan a menudo como solía hacerlo. Josefina no tenía muchas amigas, y su hermana era su gran amiga. Aunque, en verdad, creo que me odiaba de siempre. No le caería bien.
 
Llegué al quiosco, miré el periódico pero ni siquiera me paré. No tenía tiempo de pararme a comprarlo. Si llegaba tarde me esperaba una hora de calvario con la cuñada que me odia. El sol de mediodía apretaba pero, por suerte, me había traído la gorra. Me la puse y me venia un poco justa. “Se me habrá hinchado la cabeza de pensar en la cuñada” pensé.

Cambié de calle, giré a la izquierda y un semáforo me hizo parar. El señor rojo de los peatones no se quería marchar. Allí estaba yo, imitando su postura. Mientras estaba parado, notaba el calor. El sudor comenzaba a salir, y notaba ya un cierto cansancio debido a la falta de andar, el tabaco y el usar demasiado el coche para todo. Miré el reloj y faltaban diez minutos para que llegara el tren. Salió el muñeco verde y comencé a andar tan deprisa como podía. Tenía la boca seca. Solo tenía que andar hasta el final de una larga calle para llegar a la estación.

Mientras tanto me imaginaba lo que pasaría si llegase tarde. Me imagine a mi mismo como Jesucristo de camino al monte Sinai. Los improperios de mi cuñada serian los latigazos, la gorra que me apretaba y el calor, la corona de espinas, y las maletas, la cruz. Entonces intenté andar más deprisa, pero no pude.

Por fin llegué a la estación. Una gota de sudor recorrió la derecha de mi frente. Solo llegaba tarde por dos minutos, pero allí no vi a nadie. Busqué por toda la estación y no la encontraba. Entonces pregunté en la taquilla si había llegado el tren que venía de Valencia, y me dijeron que aún no había llegado. Esperé sentado en un banco metálico a ver si venía la pesada. A los cinco minutos, me llamaron al móvil. Era mi mujer, que me contó que su hermana no había podido coger el tren por no se que problemas de la huelga. En aquel momento, me alegré mucho y alcé mi puño victorioso, pero enseguida me dijo que vendría mañana. Colgué y me fui directo a un bar que había al lado de la estación. Me compré un paquete de tabaco, pedí una cerveza y me puse a mirar un periódico que había en la barra. Quería saber si la huelga de transporte se pudiera alargar, y comencé a buscar con los dedos cruzados esperando encontrar buenas noticias. Lo de la huelga tenía pinta de ir para largo, así que me alegré levemente y me encendí un cigarro en la calle para celebrarlo.

Relato: OVI

La señora Mercedes subió a la terraza de su edificio a tender la ropa. Iba vestida con una bata beige, zapatillas rosas, rulos de colores y un cigarro medio apagado. Aunque el sol se acaba de poner, colgó la ropa con pinzas de colores en las cuerdas de plástico blanco. Necesitaba un pantalón seco para ir a trabajar mañana y pensó que la noche calurosa de junio le ayudaría. Mientras colgaba la ropa, pensaba en qué hacer de cena a los niños y a su marido. Repasaba mentalmente qué había en la nevera y cómo hacer algo rápido de cena.

Mientras colgaba el pantalón, algo sobrevoló sobre ella. Un fuerte viento hizo mover la ropa como si soplara un huracán. Ella cayó de culo y se quedó mirando al cielo. Se levantó como pudo y miró hacia atrás. Abrió los ojos como platos y vio un enorme ovalo que emanaba luz verdosa que se alejaba a gran velocidad. Hacía un ruidito parecido al de la lavadora centrifugando. El ovalo acabó ocultándose detrás de una montañas a lo lejos y ruido y luz desaparecieron.
Dejó la ropa del canasto y las pinzas en el suelo. Fue corriendo hacia la puerta y bajo las escaleras con dificultad. Se sentía bastante mareada y bajaba las escaleras agarrandose a la barandilla. El cigarro lo perdió sin saber por dónde.

Llegó a la calle y corrió hacia la esquina, donde estaba la comisaría. Al llegar, apoyó sus manos sobre el mostrador y exclamó:
    -¡He visto un OVNI!
    -Señora Mercedes, tranquilícese -le contestó el guardia que había en recepción.
    -Lo he visto en la terraza de casa, se lo juro.
    -Siéntese ahí un momento, a ver si le puede atender el comisario.
    -Dése prisa -se sentó entonces.

El guardia fue al despacho del comisario y picó a la puerta. La abrió un poco y miró. El comisario le miró y preguntó:
    -¿Qué pasa, González?-
El guardia abrió más la puerta y entró un poco.
    -Esta aquí otra vez la señora Mercedes. Que dice que ha visto un OVNI.
Decía esto mientras le hacia una media sonrisilla. El comisario decía que no con la cabeza, pero luego dijo:
    -Hágala pasar.
González acompañó a la señora al despacho del comisario. Se sentó delante de su mesa mientras el comisario la observaba.
    -¿Y bien? Cuénteme que ha visto esta vez, señora Mercedes.
    -He visto un OVNI. Estaba arriba, en la terraza tendiendo la ropa. Tenia forma como de un melón, volaba y daba luz verde. Hacia un ruido como “buruburuburu”, como cuando centrifuga la lavadora, y tiraba tanto aire que me caí al suelo.
    -¿Un melón volador entonces?
    -No, como una nave metálica y se fue detrás de unas montañas.
    -Lo que vio usted no es un OVNI, fue un OVI.
    -¿Cómo? ¿Un OVI?
    -Si, un Objeto Volador Imaginario.
    -No, estoy segura. Se lo juro.
    -¿No será esta otra historia como la del hombre lobo que se encontró en el contenedor? ¿O el ladrón que se escondía debajo de su coche?
    -Es verdad. Creame- decía indignada.

El comisario comenzó a buscar por los cajones de su despacho, sacó un aparato para medir la borrachera y se lo ofreció a ella.
    -Si sopla aquí y da cero, podré empezar a creerle algo.
Después de un rato salió cabizbaja la mujer y el comisario ordenó a un novato que le acompañara a casa. Con paso lento fueron saliendo de la comisaría poco a poco. González se acercó entonces al comisario y preguntó:
    -¿Qué le ocurre a esta señora? Cada dos por tres está por aquí con cosas mas extrañas.
    -Por desgracia, esa señora perdió a su familia en un accidente aéreo. Desde entonces, le pega demasiado a la bebida. La pobre cree que aún viven sus hijos y marido. Si la ves por aquí, ten paciencia con ella. Le puede pasar a cualquiera.
    -Entendido.

Entonces todos volvieron a sus puestos de trabajo como si todo siguiera igual.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Relato: Living Vietnam

Soy el Sargento Harrigan. Mi pelotón fue capturado por los Charlies. Nos metieron presos a todos en la misma cabaña. Diría que improvisaron una prisión porque no sabían donde meternos. Nos metieron en una cabaña con solo dos camas para mi y mis cinco hombres y entablillaron las ventanas.

Estábamos casi a oscuras. Solo entraba luz por alguna rendija de la ventana entablillada. Little John examinó la ventana a conciencia pero no supo como podríamos abrirla. La habían cerrado muy bien. Todos nos desanimamos al enterarnos.

Solo nos habían dejado el pantalón y la camiseta interior. Nos quitaron las botas y el resto de equipo. Se aseguraron que no guardáramos ningún machete o bengala, que nos seria muy útil. Yo me estire en la cama, otros simplemente andaban de un lado a otro y otros se estiraron en el suelo de madera. Hacia calor y todos sudábamos.

Pasaron varias horas hasta que llegó la tarde. No nos trajeron ni agua ni comida. Todos teníamos hambre y sed, pero intentábamos no pensar en ello. Encima nos perdimos y se nos acabaron ayer los víveres. Encima nos perdimos por mi culpa. Que nos emboscaran los charlies también fue culpa mía. Me temía que los demás se volvieran contra mi. Notaba ya cierto odio por parte de algunos.

Entonces noté algo que me molestaba en la espalda debajo del colchón. Metí la mano por debajo y noté algo duro. De ahí saqué una botella de algo que parecía licor pero que la etiqueta estaba en vietnamita. Volví a meter la mano y encontré otra. Volví a meterla y a buscar a fondo, pero ya no había nada mas.

Le pasé una botella a Fred, el cual entendía bastante de bebidas. Le pedí que la probara, a ver si sabia lo que era. Fred abrió la botella y la olió. Puso cara de asco, pero luego le dio un trago. Todos nos quedemos expectantes para ver que opinaba del licor. Se quedó quieto un momento probándolo y volvió a darle un trago bien largo. Se la pasó a Jimmy y le dijo que estaba bueno pero que era fuerte. Jimmy lo probó primero y puso cara de no gustarle. Aun así volvió a darle un trago mas largo. Yo abrí mi botella y le di un trago largo. Era muy amargo y fuerte pero me gustaba. Fui pasando la botella y todos fueron bebiendo. Por un momento, nos olvidemos de nuestras penas.

Debido a la calor, la falta de alimento y agua, y el estar encarcelados en la selva de un país que estaba muy lejos de nuestras casas; se nos fue a todos la cabeza con la bebida. Todos se empezaron a reír sin sentido, otros comenzaron a bailar abrazados a otros,.. Los soldados me hablaban como si me hubieran perdonado y me sentía bien, muy bien. Todos iban haciendo el tonto en la cabaña de cuatro por dos metros. Jimmy se subió encima de Fred, y este lo subió a sus hombros. Jimmy se dio un golpe con el techo porque no lo pudo ver. Se cayó de espaldas de forma muy graciosa y todos se partieron de risa.

Afuera los charlies nos gritaban pero no sabíamos que decian. Supongo que querían que nos calláramos. La puerta se abrió. Un sargento de ellos apareció escoltado de dos charlies con el fusil apuntándonos. Yo estaba enfrente de él, con la botella en la derecha y apenas podía estar de pie. Hizo un gesto para coger la botella y yo la moví hacia atrás para que no la cogiera. El sargento charlie me gritó y intentó de nuevo coger la botella. Me pareció gracioso y me puse a jugar con él ofreciéndole la botella y quitándola rápidamente. El pequeño sargento se estaba poniendo rojo de rabia.

Fred me miraba seriamente y me guiñó un ojo. Como lo conocía bien sabía qué quería decir. La botella se la estampé en la cabeza al pequeño charlie que, por suerte, iba sin casco. Mientras Fred se tiró en plancha hacía los soldados y los tumbó evitando que dispararan. Los demás se tiraron también encima para evitar que se levantaran y les cogieron sus fusiles. Les obligaron a entrar en la cabaña y los encerraron con el pequeño sargento inconsciente en el suelo. Cerraron la puerta con una balda y observaron la situación.

Yo estaba armado con media botella rota, Little John tenia la otra. Fred y Jimmy tenían los fusiles. Los otros dos estaban detrás de nosotros. Estábamos en un cuartel de charlies al anochecer, borrachos, desorientados y teníamos que escapar como fuese.

Un soldado apareció con el ruido y Fred lo llenó de plomo. Con los disparos se dio la alarma y huimos en la dirección contraria. Nos encontramos con cuatro soldados más y Jimmy se los cargó. Disparaban más de la cuenta ya que no tenían control de la vista ni de los brazos. Yo agarré una antorcha y la lancé contra unos bidones de gasolina para que explotaran. La antorcha se quedó simplemente quemando el bidón de plástico por fuera. No fuimos detrás de un muro y los bidones acabaron explotando. Un humo negro se expandió por el cuartel. Little John nos llamó y encontró un jeep detrás de una cabaña. Le seguimos, y mientras vigilabamos que no nos descubrieran, intentaba ponerlo en marcha. Irónicamente estaba sin gasolina y no arrancaba. Más tarde nos dimos cuenta que también le faltaba una rueda del lado que no veíamos.

Los charlies descubrieron que habíamos escapado y sacaron a los soldados que estaban presos. Hacían patrullas buscándonos, pero nosotros pudimos escondernos en un almacén. Para nuestra sorpresa, estaba lleno de armas. Cogimos todo tipo de ametralladoras, lanzamisiles, fusiles y mucha munición. Salimos y comenzamos a disparar a discreción a las cabañas, Jeeps y soldados. Vinieron soldados por todas partes pero con el subidón no teníamos miedo a nada. Medio cuartel estaba en llamas. Disparábamos a todo lo que se movia. Incluso Little John se cargó a uno de los novatos nuestros.

Dejamos de disparar y nos dimos cuenta que habiamos acabado con todos. Buscamos la cocina, comimos y bebimos hasta hartarnos. Solo quedó un pequeño barco en el río que, por suerte, no volamos. Cogimos un mapa y escapemos de allí. Después de aquello, ya no fui la misma persona.