domingo, 26 de julio de 2026

Relato corto de ciencia ficción: Piel de hierro

 Hoy, el profesor Hoberk y yo, hemos puesto a prueba el mutágeno tipo “Soldado”.  Las reacciones que esperábamos al administrarle al sujeto una dosis alta eran: Piel antibalas, aumento de fuerza, de agilidad y gran resistencia mental en situaciones de estrés. El profesor tenía grandes esperanzas que el experimento fuese satisfactorio. Cualquier país pagaría millones por tener soldados invencibles. Dejó de lado otros proyectos como los mutágenos del tipo “Sombra”, “Nube” y “Espacio” para centrarse en éste. Hoy también cumplía un mes desde que se hizo famoso con el tipo “Montaña”. Gracias a él, personas que escalaban como lagartijas y soportaban bajas temperaturas con facilidad, se aventuraron a alcanzar las cimas más altas. Además facilitó los rescates en alta montaña de excursionistas extraviados. Los directivos estaban encantados con sus logros que llenaban las arcas del laboratorio. Esperaban expectantes noticias del nuevo mutágeno. 

Llegué por la mañana y él ya andaba inquieto. Me dijo que no había podido dormir. En cuanto me vio ponerme un café en la cocina, me pidió otro para él. Le aconsejé que no debiera tomarlo pero, como sé que no suele hacerme caso, se lo serví. Le noté el acento polaco que no solía mostrar. Solo pasaba cuando hablaba con su madre, antes de algún experimento importante. 

Después del desayuno vestimos nuestras batas y elaboramos la formula. Él mezclaba los componentes mientras yo le recordaba la cantidad de cada uno. El proceso duraba una media hora. El liquido resultante era amarillento y translucido. Era muy parecido a un caldo de sopa. Lo vertí en el interior de una inyección de gran tamaño. El profesor quería probar directamente la dosis alta, porque la normal le pareció una perdida de tiempo. Como siempre le advertí, pero no me hizo caso. 

Yo cargué con ella por los pasillos hasta que llegamos a la zona de pruebas. Allí estaba Stan, puntual como un reloj, acompañado por un guardia de seguridad. Él daba vueltas sobre si mismo; viendo los diferentes campos de prueba de la enorme y alta sala. Ya le explicamos ayer como sería el procedimiento. Vestía una camiseta y pantalones con un par de tallas más que yo mismo preparé. Sin dilación, el profesor le inyectó el caldoso suero en el brazo izquierdo del hombre de pruebas. Más tarde, le acompañó a una celda fabricada de cristal antibalas dónde lo encerró. Yo apuntaba a que hora ocurría cada suceso. También me encargaba de registrar el experimento con una cámara con trípode.

 


Stan me caía bien. Era muy joven y ya tenía mujer y dos hijos. Simpático, alegre y sobre todo flacucho, pero eso ya le pareció bien al profesor. Así veríamos mejor como aumentaría su musculatura. Enfoqué la cámara para centrar su cuerpo en el objetivo. Se había sentado como un indio en el suelo. Su piel se iba volviendo grisácea, con un aspecto más bien cadavérico. Esto era debido a la aleación de mercurio y acero que se filtraba por toda su epidermis. La protección antibalas le blindaría todo excepto los ojos. Para eso ya teníamos fabricadas unas gafas especiales con ese fin. 

El profesor parecía más preocupado de lo normal. Él observaba de pie a Stan, mientras no paraba de acariciarse su perilla. No paró durante un buen rato. Quizás le preocupaba unos leves quejidos del sujeto a los diez minutos de la inyección. 

Cuando pasó un cuarto de hora, el profesor entró en la celda del “cadáver”. Comprobó su piel y sus músculos. Stan se dejaba hacer y se colocó las gafas especiales. El de la bata llamó al guardia con un gesto. Desde fuera no le oí bien pero supongo que le dio ánimos al sujeto. Le pidió que elevase una mano y la separase del cuerpo. El guardia desenfundó su pistola. Desde fuera, por un agujero, debía acertar a la mano gris. Hoberk salió y, como en un fusilamiento, ordenó disparar bajando la mano. Stan giró la cabeza y cerró los ojos. La bala dio justo en el centro de la palma. De allí rebotó, volvió a una pared y rebotó un par de veces más. Al perder la fuerza, cayó al suelo. Enseguida entró el profesor y comprobó la mano golpeada. Le vi sonriendo, así que supuse que todo iba bien. 

Un cuarto de hora después, realizamos las pruebas físicas. Era un recorrido de saltos, escaleras y obstáculos variados en el que, el día anterior, habíamos cronometrado sus resultados sin la dosis. Con ella, consiguió acabarlas el doble de rápido. Stan apenas parecía cansado al acabarlas. 

Los directivos estuvieron viendo las pruebas desde unas privilegiadas vistas de unos ventanales en lo alto de la zona de pruebas. De vez en cuando, Hoberk elevaba la mirada para sonreírles. Así les quería decir que todo iba como estaba previsto. Cada cuarto de hora continuó haciendo más pruebas. Volvían a disparar a Stan, a hacerlo correr y analizar su pulso, sus ondas cerebrales, etc. Cada vez conseguía mejores resultados. 

A punto de acabar el experimento, el profesor empezó a acariciarse la perilla. Sin aviso, salió de la sala. Al poco rato, lo vi por un ventanal como entraba en su despacho. Ojeaba unas carpetas y unos papeles de su mesa. Stan me llamó con cara seria. Me preguntó cuanto faltaba para acabar  con la prueba. Le expliqué que la dosis alta solía durar unas tres horas y que ya casi habían pasado. Aquello no pareció alegrarle. Me contó que se notaba cada vez más hinchado y pesado. Su piel era entonces casi plateada. Sus músculos eran dignos de un culturista. Tenía las manos apoyadas a los lados de su cabeza. Ya sabíamos que podría darle algún dolor.

 Pasó veinte minutos de las tres horas. El profesor seguía mirando papeles en su mesa. Stan se movía por la celda, quejándose sin parar de su cabeza. Me gritaba preguntando cuanto faltaba para que dejase de dar efecto la dosis. Le intenté calmar pero fue imposible. De un manotazo derrumbó una de las paredes de su celda acristalada. El aire que expulsó la pared cayendo, tumbó el trípode y la cámara. Stan se acercó a mí pidiéndome remedio. “¿Es que nunca más seré normal? ¿Cómo abrazaré a mi familia con esta piel de hierro?”, me preguntó. No supe qué decirle. Preguntó por el profesor. Le dije que estaba en el despacho; que enseguida vendría con la solución. Un tremendo quejido reverberó en la sala. De un manotazo me apartó. Noté su áspero, metálico y granulado tacto. Fue directo al interior del laboratorio. El guardia le dio el alto apuntando con su arma, hasta que se dio cuenta que era absurdo. Los directivos huyeron al ver aquello. Fui tras él para apaciguarlo. El monstruo no controlaba su fuerza. Derribaba las puertas al intentar abrirlas. “¡¿Dónde está su despacho?!”, me gritó. Le señalé por dónde debía ir. “¡Profesor!”, gritaba por el pasillo. Llegó a su despacho. La puerta estaba abierta y nadie dentro. Se giró y apareció el profesor delante de él. Con un espray le roció la cara con un polvo blanquecino. No teníamos aguja capaz de atravesar su piel. El plateado retrocedió dos pasos y se desequilibraba. Tras un leve balanceo, acabó cayendo de cara contra el suelo. Perdió el sentido. Su cuerpo disminuyó de tamaño y recuperó su color natural en unos minutos. Hoberk se dirigió a mí y me dijo: “¡Ojala te hubiese hecho caso! Deberíamos haber probado primero la dosis normal”. Yo, aún con un nudo en la garganta, no pude contestarle lo que quería: “Se lo dije”.

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