Tras los barrotes de la ventana, Ronebon escuchaba los compases de una melodía que le encantaba. También se colaba la tenue luz de los candelabros de la sala de baile. Sentado en aquel camastro escuchaba de fondo la alegría de los invitados del conde. Supuso que ninguno de ellos sabría apreciar aquella música como él la sentía.
Ronebon no le hizo caso. Seguía mirando a la
ventana.
—¿No eres
demasiado viejo para ir por ahí escalando paredes? Has acabado con muchos de
mis guardas. Si no fueras un sucio hoichi, te propondría ser parte de mi
guardia.
Los guardias azules
detrás del conde se miraron extrañados imaginándoselo. El hoichi se levantó y
pegó su cara entre los barrotes de la ventana de la puerta. Su ojo rojo miraba
fijamente al conde nerzag. Recopiló toda la saliva que pudo, con la boca formó
un pequeño orificio y por él salió despedido un gargajo que impactó en la nariz
condal. El anfitrión retrocedió dos pasos. Uno de los guardias se aguantaba la
risa y el otro, cumpliendo su oficio, acercó la punta de su lanza a la cara del
prisionero.
Al lado de la
puerta, en el exterior de la celda, reposaban las pertenencias del viejo. El
conde agarró la capa negra de estas y con ella se limpió la cara. El hoichi
continuaba con su ojo fijo en él. Dejó caer la capa al suelo cuando acabó.
—Pensaba
entregarte a las autoridades. Te hubieran condenado solo a un par de años en
algún viejo calabozo. Ahora tendrás otro final —dijo el nerzag.
Agarró el sombrero negro del preso. Le dio vueltas
y acarició una pluma negra que llevaba de adorno.
—Está algo
pasado de moda, pero es bonito.
—¡Devuélvemelo!
—amenazó el hoichi con su grave voz.
—¿Para qué?
Mañana no tendrás donde encajarlo —los soldados rieron la gracia del conde—. Tienes
suerte de que me esperan arriba, sino acabaría ahora mismo contigo.
Se puso el sombrero y se marchó bajo la atenta mirada del ojo rojo. Los guardias le siguieron. Ronebon se sentó de nuevo a escuchar la música.
Al alba del
día siguiente los guardias despertaron a gritos al recluso.
—¡Levanta,
sucio! ¡Es la hora! ¡Levántate y ponte de cara a la pared!
Él obedeció, pero con lentitud.
—Las
manos a la espalda.
Ataron sus negras manos juntas con un fuerte nudo
de soga. A base de empujones lo sacaron del cuarto del sótano y lo condujeron
por la mansión del conde. Podía ver como candelabros brillantes, gruesas
alfombras y tapices enormes adornaban la casa del que portaba su sombrero.
Salieron al exterior donde el aire olía a perfume debido a las flores del
enorme jardín. Rodearon la casa hasta llegar a la parte trasera. Allí, junto a
unos establos, había un pequeño almacén donde se guardaba la leña. Enfrente un
enorme tocón servía de apoyo para cortar los troncos. Un sirviente empuñaba una
gran hacha a su lado. Ronebon puso cara de angustia al verlo. Le empujaron con
fuerza y cayó de rodillas frente al tocón. Cuatro guardias lo rodeaban.
—¡Atacad!
¡Ahora! —gritó el arrodillado con todas sus fuerzas.
Los
guardias empuñaron sus lanzas y buscaban por todos lados. El de la ventana
buscaba a lo lejos donde podrían estar esos refuerzos del sentenciado.
—¿Te
ríes de mí? Aquí nadie va a venir a ayudarte ¿Quién querría salvar a un viejo
como tú? —le gritaba el conde desde las alturas.
—Quizás
tengas razón —dijo Ronebon—. Puede que aprovechen que están todos los guardias
aquí y se quedan con tu fortuna.
—¿Qué?
¡Eso si que no! Que tres de vosotros vigilen la sala del tesoro —ordenó el
conde.
Se
quedó inquieto ante la idea de que pudieran robarle, así que fue mirando por
todas las ventanas del piso de arriba. Buscaba en la lejanía algún grupo de
hoichis dispuestos a atacar su mansión.
—¡Sucio
hoichi! Me quieres volver loco. Nadie va a venir —gritó desde la ventana el
nerzag.
—¿Sabes
qué quiere decir la pluma negra del sombrero? —Preguntó el hoichi—. La llevan
los jefes de una banda de ladrones.
El
conde se sacó el sombrero y volvió a mirárselo con otros ojos. Se quedó pensativo.
Buscó entre las copas de los árboles de un bosque cercano.
—¡Allí se ha movido algo! ¡Ve a mirar! —le ordenó al guardia que faltaba—. Y tú acaba ya con él —le dijo al sirviente.
El
hacha se elevó en el cielo. El sirviente le indicó al hoichi que apoyase la
cabeza en el tocón. Ronebon veía como el último guardia se alejaba galopando en
un tangaro gris. El conde se abanicaba por los sudores producidos por los
nervios. Las manos negras forzaron las ataduras y las rompieron. Apartó la
cabeza justo a tiempo para evitar la muerte. A base de puñetazos noqueó al que
iba a ser su verdugo. El nerzag alarmó a sus guardias. El hoichi se coló en el
establo y salió rápido montado en un tangaro marrón. Los guardias le siguieron
con sus monturas. El que investigaba por el bosque se unió a los demás. Los
cuatro seguían al tangaro marrón que veían al fondo del camino bajando una
pendiente y perdiéndolo de vista.
—¿Has
acabado con mis hombres? —preguntó el nerzag con la boca medio llena.
—No,
simplemente persiguen el tangaro en el que creen que voy montado.
—¿Porque
has vuelto? ¿Quieres dinero? Te daré lo que quieras.
—Lo
que quiero es otra cosa —le dijo Ronebon mientras le incaba suavemente la punta
de su espada sobre la garganta—. Hace un año hubo una fiesta como la de ayer
¿Verdad?
—Sí,
cada año la montó. ¿Por qué?
—Dijiste
que no era el único que se había colado en tus fiestas.
—¡Ah,
sí! Recuerdo que se coló un sucio hoichi en mis habitaciones, buscaba mi
tesoro. Yo mismo lo maté. Tuvo su merecido.
—¿Recuerdas
su nombre? —dijo el hoichi apretando un poco más la punta contra su cuello.
—Para
mí los ladrones no deben llevar nombre, por eso no se los pregunto. Tampoco te
he preguntado el tuyo.
—Aquel chico era Nerssin, mi hijo. Y tú acabaste con él.
Con
un rápido movimiento le cortó la cabeza que fue rodando varias veces por el
suelo. El sombrero cayó a los pies del hoichi. Se agachó, lo recogió y lo
encajó en su cabeza. Escapó de aquella sala hasta llegar al establo. Montó en
el único tangaro que quedaba y huyó de la mansión.
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