domingo, 19 de julio de 2026

Relato corto: La pluma negra

             Tras los barrotes de la ventana, Ronebon escuchaba los compases de una melodía que le encantaba. También se colaba la tenue luz de los candelabros de la sala de baile. Sentado en aquel camastro escuchaba de fondo la alegría de los invitados del conde. Supuso que ninguno de ellos sabría apreciar aquella música como él la sentía.

         —¡Eh, tú! —Dijo una voz desde la ventanilla de la puerta de madera—. ¿Crees que eres el primero que se intenta colar en mi mansión durante mis fiestas?

Ronebon no le hizo caso. Seguía mirando a la ventana.

—¿No eres demasiado viejo para ir por ahí escalando paredes? Has acabado con muchos de mis guardas. Si no fueras un sucio hoichi, te propondría ser parte de mi guardia.

Los guardias azules detrás del conde se miraron extrañados imaginándoselo. El hoichi se levantó y pegó su cara entre los barrotes de la ventana de la puerta. Su ojo rojo miraba fijamente al conde nerzag. Recopiló toda la saliva que pudo, con la boca formó un pequeño orificio y por él salió despedido un gargajo que impactó en la nariz condal. El anfitrión retrocedió dos pasos. Uno de los guardias se aguantaba la risa y el otro, cumpliendo su oficio, acercó la punta de su lanza a la cara del prisionero.

 

Al lado de la puerta, en el exterior de la celda, reposaban las pertenencias del viejo. El conde agarró la capa negra de estas y con ella se limpió la cara. El hoichi continuaba con su ojo fijo en él. Dejó caer la capa al suelo cuando acabó.

            —Pensaba entregarte a las autoridades. Te hubieran condenado solo a un par de años en algún viejo calabozo. Ahora tendrás otro final —dijo el nerzag.

Agarró el sombrero negro del preso. Le dio vueltas y acarició una pluma negra que llevaba de adorno.

—Está algo pasado de moda, pero es bonito.

—¡Devuélvemelo! —amenazó el hoichi con su grave voz.

—¿Para qué? Mañana no tendrás donde encajarlo —los soldados rieron la gracia del conde—. Tienes suerte de que me esperan arriba, sino acabaría ahora mismo contigo.

Se puso el sombrero y se marchó bajo la atenta mirada del ojo rojo. Los guardias le siguieron. Ronebon se sentó de nuevo a escuchar la música.

 

Al alba del día siguiente los guardias despertaron a gritos al recluso.

            —¡Levanta, sucio! ¡Es la hora! ¡Levántate y ponte de cara a la pared!

Él obedeció, pero con lentitud.

            —Las manos a la espalda.

Ataron sus negras manos juntas con un fuerte nudo de soga. A base de empujones lo sacaron del cuarto del sótano y lo condujeron por la mansión del conde. Podía ver como candelabros brillantes, gruesas alfombras y tapices enormes adornaban la casa del que portaba su sombrero. Salieron al exterior donde el aire olía a perfume debido a las flores del enorme jardín. Rodearon la casa hasta llegar a la parte trasera. Allí, junto a unos establos, había un pequeño almacén donde se guardaba la leña. Enfrente un enorme tocón servía de apoyo para cortar los troncos. Un sirviente empuñaba una gran hacha a su lado. Ronebon puso cara de angustia al verlo. Le empujaron con fuerza y cayó de rodillas frente al tocón. Cuatro guardias lo rodeaban.

             —Ya sabes qué hay que hacer —le indicó con la punta de la lanza el desagradable guardia nerzag. Ronebon se quedó quieto durante unos momentos. Miró al lejano bosque y una pequeña caseta a la derecha. El conde presenciaba la escena desde una ventana y se preguntaba que buscaba el hoichi.

            —¡Atacad! ¡Ahora! —gritó el arrodillado con todas sus fuerzas.

            Los guardias empuñaron sus lanzas y buscaban por todos lados. El de la ventana buscaba a lo lejos donde podrían estar esos refuerzos del sentenciado.

            —¿Te ríes de mí? Aquí nadie va a venir a ayudarte ¿Quién querría salvar a un viejo como tú? —le gritaba el conde desde las alturas.

            —Quizás tengas razón —dijo Ronebon—. Puede que aprovechen que están todos los guardias aquí y se quedan con tu fortuna.

            —¿Qué? ¡Eso si que no! Que tres de vosotros vigilen la sala del tesoro —ordenó el conde.

            Se quedó inquieto ante la idea de que pudieran robarle, así que fue mirando por todas las ventanas del piso de arriba. Buscaba en la lejanía algún grupo de hoichis dispuestos a atacar su mansión.

             Ronebon aprovechó la ocasión. Estaba a solas con el guardia y el sirviente que haría de verdugo. Los dos miraban alrededor intentado averiguar por donde iban a venir. En el hacha apoyada sobre el tocón fregó las cuerdas que le ataban las manos. Volvió a esconderlas enseguida cuando el guardia se giró hacia él. Solo había cortado un poco de la soga. La forzó y notó que empezaba a liberarse.

            —¡Sucio hoichi! Me quieres volver loco. Nadie va a venir —gritó desde la ventana el nerzag.

            —¿Sabes qué quiere decir la pluma negra del sombrero? —Preguntó el hoichi—. La llevan los jefes de una banda de ladrones.

            El conde se sacó el sombrero y volvió a mirárselo con otros ojos. Se quedó pensativo. Buscó entre las copas de los árboles de un bosque cercano.

            —¡Allí se ha movido algo! ¡Ve a mirar! —le ordenó al guardia que faltaba—. Y tú acaba ya con él —le dijo al sirviente. 

            El hacha se elevó en el cielo. El sirviente le indicó al hoichi que apoyase la cabeza en el tocón. Ronebon veía como el último guardia se alejaba galopando en un tangaro gris. El conde se abanicaba por los sudores producidos por los nervios. Las manos negras forzaron las ataduras y las rompieron. Apartó la cabeza justo a tiempo para evitar la muerte. A base de puñetazos noqueó al que iba a ser su verdugo. El nerzag alarmó a sus guardias. El hoichi se coló en el establo y salió rápido montado en un tangaro marrón. Los guardias le siguieron con sus monturas. El que investigaba por el bosque se unió a los demás. Los cuatro seguían al tangaro marrón que veían al fondo del camino bajando una pendiente y perdiéndolo de vista.

             El conde mientras esperaba noticias, se sentó a almorzar en su comedor. Una gran mesa llena de delicias a degustar por el señor de la mansión. Una puerta doble se abrió y apareció el hoichi. Llevaba su capa y empuñaba su espada delgada a la que llamaba “Aguja”. El señor de la casa se quedó inmóvil. El ojo rojo lo miraba sin parpadear y se acercaba a él.

            —¿Has acabado con mis hombres? —preguntó el nerzag con la boca medio llena.

            —No, simplemente persiguen el tangaro en el que creen que voy montado.

            —¿Porque has vuelto? ¿Quieres dinero? Te daré lo que quieras.

            —Lo que quiero es otra cosa —le dijo Ronebon mientras le incaba suavemente la punta de su espada sobre la garganta—. Hace un año hubo una fiesta como la de ayer ¿Verdad?

            —Sí, cada año la montó. ¿Por qué?

            —Dijiste que no era el único que se había colado en tus fiestas.

            —¡Ah, sí! Recuerdo que se coló un sucio hoichi en mis habitaciones, buscaba mi tesoro. Yo mismo lo maté. Tuvo su merecido.

            —¿Recuerdas su nombre? —dijo el hoichi apretando un poco más la punta contra su cuello.

            —Para mí los ladrones no deben llevar nombre, por eso no se los pregunto. Tampoco te he preguntado el tuyo.

            —Aquel chico era Nerssin, mi hijo. Y tú acabaste con él. 

            Con un rápido movimiento le cortó la cabeza que fue rodando varias veces por el suelo. El sombrero cayó a los pies del hoichi. Se agachó, lo recogió y lo encajó en su cabeza. Escapó de aquella sala hasta llegar al establo. Montó en el único tangaro que quedaba y huyó de la mansión.

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