lunes, 23 de enero de 2012

Relato fantástico: El aprendiz

Apreté los dientes. Fruncí el ceño. ¡Cómo si sirviese de algo para ganarle un pulso a un ogro! Sus manos eran el doble de grandes que las mías. Y eso que Grunk no era de los más grandes. Los músculos de mi brazo derecho temblaban como en un terremoto. La cara sorprendida del rival me animaba a seguir. Nuestras manos entrelazadas estaban a medio camino de ganar o perder.


Y todo esto vino de lo que pasó una hora antes. ¡Me suele meter en cada lio! Mi hermano Vold era un jovencito que quería ser un aventurero. Montaba el caballo de mi padre y exploraba las afueras del pueblo. Se llevaba consigo a su fiel amigo Fenir. Era un cobardica y, gracias a eso, estaba aquí sudando con un monstruo come-niños.

Estaba ordenando las pociones del hechicero cuando aporrearon la puerta de la casa. Fui a abrir y me encontré con Fenir lloriqueando. Nos miramos y parecía temer contarme algo.
  —¿Qué quieres? —le solté con mala leche. Y era que el maestro estaba a punto de volver y no quería a nadie que le molestase.
  —Tu hermano... Está con los ogros —dijo con voz aguda. Se limpió con la mano sus ojos llorosos.
  —¿Cómo? ¡Sabe de sobra que no tiene que andar por allí! ¿Qué buscabais?
  —Solo andábamos cerca de su cueva. Yo le avisé pero no me hizo caso. Nos encontramos con un ogro gordo y dos más pequeños. Yo salí corriendo cuando los vi, pero él se quedó y sacó la espada —contaba Fenir mientras parecía tranquilizarse.

Mientras lo contaba me sabía ya el final. Fui rápido a por mi caballo. Hice montar a Fenir detrás. Debería haber avisado a alguien más pero esperaba arreglarlo antes de que viniera el maestro. Viajé con el amigo de mi hermano de paquete. Me fue indicando adonde se habían cruzado con los monstruos. Después de inspeccionar la zona no encontramos ni rastro de ellos ni de Vold. Solo quedaba una opción: ir a la cueva de los ogros. Tras diez minutos a caballo llegamos. Lo que los monstruos llamaban hogar era una gruta alta y ancha en medio de la montaña, sin apenas vegetación en los alrededores. Fenir quería quedarse a cuidar del caballo, pero le convencí para que me acompañara. En la entrada me susurró:
  —El gordo era aquel del fondo a la derecha.
Asentí con la cabeza. No sabía muy bien qué hacer en aquel momento. Tenía la esperanza de poder dialogar o llegar a algún acuerdo como sea. Me acerqué un poco más y dije:
  —¿Hola?
Fenir se quedó unos pasos más atrás. Cuatro ogros se giraron con cara antipática.
  —Voy buscando a mi hermano Vold ¿lo habéis visto? —continué. He de reconocer que empecé a temblar un poquito por esta parte. El gordo del fondo se acercó y se me quedó mirando con la cabeza ladeada.
  —¿Un humanito de metro y poco, de pelo negro, y muy, muy parlanchín? —le dijo con voz grave.
  —¡Sí, sí, sí! Si os está molestando será un placer llevármelo!
  —¡Nos lo hemos comido!
  —¡Oh, no! —Rieron todos los ogros mientras me llevé las manos a la cabeza.
  —Ja ja. No, era broma. Está con nosotros aún —dijo el gordo.
  —¿Aún? ¿Qué vais a hacer con él? —pregunté con la mano en el pecho. El corazón se me iba a salir por la boca.
  —Ya conoces las normas. No puedo permitir que vuestros cachorros jueguen por aquí cerca. No siempre puedo controlar a los míos.
Me quedé cabizbajo, pensando. Miré atrás a Fenir, al bosque y al ogro grandote. Le propuse entonces:
  —¿Qué quieres a cambio de él?
  —¡Ummm! —Se acarició lo que supuse era su barbilla—. ¿Qué podría pedir yo a cambio de un delicioso cachorro humano?
Los demás rieron falsamente con sus voces roncas, pero el que parecía el jefe les mandó callar con un gesto.
  —Supongo que cien monedas de oro por él estaría bien. ¿Noventa quizás? ¿No pagarías por la vida de tu hermano? —sugirió al fin.
  —¿Qué? ¡No podría conseguir ni diez! ¡Oye! ¿Cómo te llamas?
  —¡Grunk! —exclamó el ogro. Los demás alzaron sus manos y corearon su nombre dos veces más. Temblé de nuevo.
  —Oye, Grunk. ¿Qué te parece si nos lo jugamos?
  —¡Ummm! ¿A qué juego? ¿Y qué ganaría yo? ¿A ese otro humanito?
Señaló a Fenir. Este salió corriendo y gritando al interior del bosque solo con nombrarlo.
  —No, me ganarías a mí. Si gano yo, me llevo a mi hermano. ¡Echemos un pulso!
Los ogros comenzaron a destornillarse de risa. Uno de ellos se cayó de culo de imaginárselo. Me miraban y me veían tan delgaducho que volvían a reírse más fuerte.
  —¿Estás de broma, mondadientes? ¿Crees que me ganarías?
  —Sí, pero necesito hacer primero unos ejercicios de concentración en el bosque. Dame diez minutos y te venceré.
  —Está bien. ¡Trato hecho! Como si quieres estar diez horas levantando barriles.
Me alejé de ellos mientras seguían riéndose. Volví al bosque. Fenir apareció de detrás de un árbol. Le conté mi plan y él accedió a ayudarme. Le pedí su cantimplora y que buscará unas hojas de adrazora. Le expliqué como eran pero no supo encontrarlas. Tuve que buscar yo todos los ingredientes. Por suerte no necesitaba caldero para aquella pócima. La mezclé y agité hasta conseguir un líquido verdoso y espeso. Era amargo al paladar con un toque dulce. Esperaba no haber errado en las proporciones. Me sentí extraño pero estaba seguro que funcionaría. No había tardado diez minutos, sino unos quince. En la entrada se congregaron aquellos monstruos. Todos los de la cueva habían salido fuera para ver al idiota que había retado a un pulso al gran Grunk. Habían preparado ya el escenario. Una enorme roca serviría de mesa y otras más pequeñas, de sillas. Grunk me esperaba sentado con una sonrisa amistosa y su brazo en posición de duelo. Yo me acerqué y les miré a todos.
  —¡Llamad a todos! ¡Que vean cómo venceré a vuestro jefe! —dije a la multitud. Se echaron a reír. En el fondo oía como se repartían ya mis piernas y brazos. Tragué saliva. Me paseé delante de ellos varias veces.
  —Venga ¿Empezamos ya? —gritó el gran Grunk. Me acerqué y me senté en mi piedra. Alargué la mano y agarré la suya. Sin aviso, el ogro empezó a hacer fuerza. Para su sorpresa yo resistía su embiste. La poción hacía efecto pero menos de lo que esperaba. Resistí el empujón de su enorme brazo varias veces.

Entonces vi a Fenir con mi hermano salir por un lateral de la entrada de puntillas. Me costó mucho convencerlo de que liberase a mi hermano mientras yo distraía a todos los monstruos. Me hizo una señal de que ya podíamos irnos. Entonces solté la mano y Grunk, de la fuerza que ejercía, cayó de morros contra el suelo. Salí corriendo hacía el bosque donde tenía ya preparado el caballo. En correr si que no me ganaría Grunk ni los ogros. Los dos chicos estaban ya montados y yo de un salto me subí atrás. Una palmada en el trasero y el caballo nos llevó lejos de allí. Los ogros no podían perseguirnos. No se aventurarían a venir a nuestro pueblo a por nosotros.

lunes, 2 de enero de 2012

Relato fantástico: Jabalí

Dano perseguía un jabalí por los bosques cercanos al lago. Apuntaba a su lomo con su ballesta mientras su caballo blanco Grolo galopaba con todas sus fuerzas. Su sirviente, muy atrás, les seguía corriendo. La bestia se metía entre los matorrales y los árboles más angostos. El noble y su montura debían optar por ir entre senderos más espaciosos. Cuando lo tenían avistado de nuevo, retomaban la carrera para tenerlo al alcance del virote. El sirviente dio por imposible alcanzar a su amo y continuó andando.


Tenía al cerdo salvaje en la mira cuando Dano se encontró con un anciano en medio del camino. Estiró de las riendas y Grolo frenó con sus pezuñas. Se deslizó por el suelo terroso con hojas secas hasta que se paró del todo. La inercia del frenazo mandó a Dano hacia delante. Dio una voltereta y acabó cayendo con el trasero en el suelo. A un palmo estaba el anciano de pie con el rostro imperturbable. Sostenía una cesta con setas, todas del mismo tipo, verde vivo con bultos amarillentos. Una túnica rojo apagado lo vestía.
—¡Grrr! Maldito anciano, me has hecho perder la presa —le dijo Dano mientras se levantaba.
—Bueno, aún no la ha perdido. Se fue por allí —dijo señalando a lo hondo del bosque con su dedo arrugado. El noble buscó con la mirada pero no la vio. Se sacudió la tierra y el polvo de sus delicados ropajes.
—¿Qué haces en mis dominios? —dijo Dano.
—¡Oh, señor! Me temo que se ha perdido. Este bosque no es de usted.
—¡Te equivocas! Estas son mis tierras. Quiero que te marches. Te puedes quedar esas porquerías del bosque pero no vuelvas por aquí.
—No son porquerías, señor. Con estas setas hago un guiso exquisito. Y, además, le vuelvo a repetir, sin temor a engaño, que este bosque no le pertenece —dijo el anciano sonriéndole.
—¡Ya me tienes harto, viejo! —Fue a su caballo y desenvainó una espada—. O te marchas de mi bosque o mañana no degustaras guisos.
—¡No se atreverá! ¿Contra un anciano recolector de setas usará su espada? ¿Es que no conoce otra manera de llegar a un acuerdo? —arqueó las cejas.
Dano estaba aún más furioso, porque aquel hombre tenía razón. Hizo un tajo con fuerza al aire. Dio varios pasos hacia él y lo agarró del pecho.
—¿Tú sabes quién soy? ¿Acaso sabes quién hablas, barbudo?
El cazador de setas se quedó pensativo unos momentos. Entonces lo miró a los ojos y le dijo:
—Un furioso noble que caza en tierra de otros.
Dano resopló. De un empujón mandó al hombre al suelo que cayó con el trasero. El noble alzó la espada a los cielos. Del dedo arrugado surgió un rayo que impactó en la espada. Grolo se asustó y salió corriendo. Después de un bailoteo doloroso Dano cayó al suelo. Sintió un dolor nuevo que no sabía explicar. Sus caros ropajes tenían algunas zonas quemadas y desprendían algo de humo. El anciano se levantó y contempló a aquel furioso noble. Yacía con la misma postura que estaba antes de atacar. Cuando comenzó a reaccionar vio como le miraba el hombre de los dedos tormentosos. Con los talones fue retrocediendo; arrastrándose por la tierra.
—¿Quién es usted? —preguntó Dano temblando.
—¡Por los dioses! ¿Ahora me trata con respeto? ¿Era necesario que le dañase para que me trate con respeto?
—Lo siento. Es que hoy he tenido un mal día... No se enfade conmigo —sonrió mientras seguía arrastrándose hacia atrás—. Tengo oro. Podemos llegar a un acuerdo... cómo usted decía antes.
—¿Sabe porque decía que estas no eran sus tierras? ¡Pues porque son mías!
—¡Oh, vaya! Pues que confusión más inoportuna —se levantó—. Me disculpo. No volveré a cazar ni a cabalgar por aquí. No sé porque pensé que me pertenecían.
El noble se giró y comenzó a andar rápido hacia donde creía que estaría el caballo.
—¡Un momento! ¿Ha cazado más veces por aquí?
—No, es la primera vez— dijo reverenciando al anciano.
—No me acaba de convencer.
—Si, la primera vez. Se lo juro.
—No me dice la verdad —dijo el mago mirándolo fijamente y muy serio.
—Está bien. Solo vine otra vez más.
—Sigue engañándome —exclamó con voz grave.
—¡Vale! ¡Vale! He estado por aquí tres o cuatro veces más. He perdido la cuenta, pero se lo recompensaré.
—¿Qué cazó?
—¿Qué?
—¡Que qué cazó! —insistió el anciano.
—¡Ah! —Se le puso la voz aguda y le temblaban las piernas—. Jabalís. Solo unos cuantos.
—¿Jabalís? —acarició su barba gris—. Así que ahora por su culpa hay menos jabalís en mi bosque ¿no?
—Sí. No volverá a pasar. Le pido mil disculpas.
—Claro que no. Los jabalís no cazan jabalís.
—¿Cómo?
Cuando Dano lo entendió, se giró rápido y huyo corriendo, pero un rayo del dedo arrugado lo alcanzó en la espalda.


El sirviente de Dano llevaba un buen rato tras su ubicación. Estaba muerto de hambre y de sed. Entonces en la espesura divisó un hermoso ejemplar de jabalí. Estaba como perdido, dudoso de qué camino escoger. Miraba en todas las direcciones sin encontrar nada que le gustara. El chico rebuscó en el zurrón. Allí guardaba una ballesta de repuesto de su amo. La cargó sin perder de vista la bestia enorme. Pensó lo que le felicitaría si le trajese aquel enorme premio. Imaginó incluso qué lugar sería bueno para colgar su cabeza como adorno en la mansión.


Se fue acercando sigilosamente por su trasera. Se escondía tras árboles gruesos que ocultaban su delgada figura. Cuando encontró la mejor ocasión, apuntó y disparó. El virote se clavó en el trasero del animal. Este gritó y corrió a lo hondo del bosque. El sirviente fue detrás a la carrera. A la vez intentaba cargar de nuevo la ballesta. Los gruñidos de dolor le guiaban. Lo perseguía para saciar su hambre y sus ganas de prestigio.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Relato fantástico: La estatua de la plaza


Arranco un trozo de la tela del brazo de un muerto. Me siento en el pedestal de una estatua que pronto será sustituida y limpio con el trapo la sangre de mi espada. Huelo la carne quemada y el humo que viene de las hogueras cercanas a la puerta de la ciudad. En esta plaza solo quedo yo vivo. La sangre se encharca entre los adoquines que piso.


Los demás no recuerdan como empezó todo. Yo siempre lo mantengo en mente para motivarme en la batalla. Y es que lo vi en vivo. Por aquel tiempo servía en la corte. Le llevaba la cena al rey cuando el pasillo fue invadido por unos guerreros que vestían una extraña armadura oscura. No tuve más remedio que echarme a un lado. Ningún ejército como aquel vendría a por un joven sirviente. Es posible que se hubiesen arrepentido de no hacerlo. Entraron en tromba en el comedor. Toda la familia real cenó espadas. Los soldados no pudieron con los invasores. Les vi atravesarlos con espadas y parecían no sentir dolor alguno. Ni uno de ellos cayó. Fue una gran masacre.

No encontré a nadie vivo por el castillo. Solo aquellos guerreros oscuros por todas partes. Huí antes que decidiesen que sobraba. Veían mi escasa estatura, mi cara espantada y lloriqueada y no malgastaban su tiempo en ir a por mí. Llegué a la ciudad y busqué sin fortuna a mis padres. Por donde vivían estaba en llamas y la gente huía en manada. Decidí irme con la multitud. Años más tarde me arrepentí. Podía haber hecho más por ellos. Arriba de la colina vi a la ciudad de Agorlea en llamas. Me arrodillé y recé por mis padres. Desde aquel día no volví a verlos. También agradecí a la diosa que me sacase de allí.

Varios días anduve por los caminos del bosque esperando llegar a un poblado cercano. Los más espabilados huyeron a caballo. Otros seguían a pie como yo, pero me separé de ellos para buscar algo que comer por el bosque. Estaba muerto de hambre cuando el olor de un guiso me guió hasta unos soldados. Era un grupo de los leales al rey que consiguieron escapar de la matanza. Los lideraba el capitán Domar. Me uní a ellos a cambio de comida. Me encargué de cocinar para ellos durante un tiempo. Domar me contó que el culpable del ataque y reclamante del trono era un antiguo mago desterrado del reino llamado Murgolief. Se estableció en el castillo y su ejército oscuro fue reconquistando el resto de poblaciones. Durante ese tiempo nos escondimos en el bosque y buscamos la manera de contraatacar. El reino fue esclavizado por la mano dura del mago traidor.

Después de varios años fui entrenado en la lucha como ellos, aunque no sirviera de nada ante los soldados inmortales. Domar buscó entre los más sabios de la región para recolectar información. Encontró varias pistas que fueron inútiles. Al fin, un bibliotecario trajo un libro polvoriento interesante a nuestra cueva. Narraba la historia de un antiguo mago arzonte que gobernó el mundo en una era muy lejana. Creó un artefacto mágico que daba la vida eterna tanto a él como a sus súbditos. Todos dedujimos enseguida que ese artefacto debería haberlo conseguido Murgolief. Solo nos faltaba saber cómo quitárselo.

Tardamos aún más tiempo hasta dar con el posible paradero del Ojo de Kashnof o Kaxnoj, nunca supe cómo se pronunciaba. Una torre al oeste de las montañas aparentemente servía de torre de vigía, pero era custodiada por muchos soldados día y noche. Una luz verdosa se veía en la cámara más alta cuando anochecía. Domar, tras estudiar como entrar, creó un grupo para infiltrarnos en el que formé parte. El plan consistía en escalarla por la zona más cercana a un precipicio que solía estar menos vigilada.

Y así lo hicimos. Nos entrenamos varios días para tal propósito. Domar y tres más escalaban aquella torre de piedra y yo empezaba a subir. Cuando llegáramos arriba no sabíamos que podría haber. Los cuatro alcanzaron la cámara antes que yo. Oía espadas cruzándose y alaridos. Cuando llegué arriba todos luchaban contra cuatro oscuros. Eran tres contra cuatro. Uno de los nuestros yacía en el suelo doliéndose de un profundo tajo. El oscuro que no estaba luchando vino a por mí. Sabiendo de su inmortalidad y mi escaso éxito luchando con él decidí arriesgarme. Cargaba con su espada hacia mí, me agaché y metí mi cabeza entre sus piernas, me levanté rápidamente y el oscuro salió volando precipicio abajo. Los demás luchaban y aproveché para llegar al centro de la sala. Allí un extraño artilugio llegaba hasta el techo. En el centro una piedra en forma de ojo emanaba una luz verdosa. Le di un espadazo que no le hizo ni una muesca. Probé más veces pero no había manera. Una puerta se abrió. Dos guardias más aparecieron. Me subí a la estructura e intenté sacar la piedra de su sitio con mis manos. Una fuerza me quemó por dentro al tocarla y tuve que soltarla de inmediato. Los recién llegados vinieron a por mí. A base de espadazos pensaban acabar conmigo, pero conseguía esquivar los ataques con mi espada y guareciéndome tras la estructura metálica. Iban dando vueltas librándome de sus estocadas de milagro.

Rezaba mentalmente a mi diosa que siempre me cuida. Deseaba que me diera lo necesario para destruir aquella piedra y salvarme de aquella situación. Me di cuenta entonces que otro de los nuestros había caído. El capitán luchaba con dos a la vez, como yo. Barlio, mi otro compañero, mantenía a raya al suyo. De una patada en el pecho lo empujó y chocó contra otro soldado que luchaba conmigo. Los dos cayeron por el suelo. Barlio luchó entonces con mi otro rival. Me pidió que buscara la manera de destruir ese maldito Ojo mientras me dejaba el camino libre. Entonces vi una maza entre varias armas colgadas en una pared al fondo. Corrí hasta ella, la agarré y sentí su peso. Solté mi espada y cargué con las dos manos mi nueva arma. Otro soldado se interpuso en el camino pero se llevó un mazazo que lo devolvió al suelo. Y la asquerosa piedra verde se llevó otro. Y cinco más tan fuerte como pude darle pero aquel Ojo no se quebraba. Decidí probar a golpear los soportes metálicos que la sujetaban. Se doblaron con facilidad, la piedra se desencajó y cayó al suelo de la cámara. Me vino otro soldado que envié a la otra punta de la sala con el mazo. Con rabia volví a golpear la piedra en el suelo y se partió por fin en mil pedazos. Pero después de aquello nada parecía haber cambiado.

Domar estaba acorralado. Los dos soldados que le atosigaban lo arrinconaron contra una pared. El de la derecha se le acercó y el capitán le clavó su espada en el cuello con habilidad. Cayó al suelo inmóvil. Yo grité de alegría entonces. Mientras arrancaba la espada del muerto, el otro aprovechó para asestarle un corte mortal. El capitán cayó al suelo de rodillas y yo le vengué golpeando a su verdugo. Nos enfureció mucho su muerte. Ya que sabíamos de su mortalidad, los atacamos con todas nuestras fuerzas. Quedaron solo dos de ellos. Barlio me pidió que escapara, que él me cubriría y que contase a todo el mundo que era posible acabar con ellos. Escalé hacia abajo todo lo rápido que pude. Entre matorrales logré salir de allí sin problemas. Esperé a salvo por Barlio pero nunca lo volví a ver. Recé por él y por mí.

          Les conté a todos lo que ocurrió. Más adelante lideré a los hombres de Domar, recluté a muchos hombres y comencé esta guerra. Costó pero volvimos a Agorlea para reconquistarla. No sé quién gobernara ahora este reino. Hay quien quiere que sea yo, pero solo soy un soldado canoso y cojo. Lo que sí sé es quien debería gobernar esta plaza. Propondré derribar esta estatua de ese traidor y poner en su lugar a mi diosa salvadora.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Relato fantástico: La prueba

Kiiplo debía reconocer que estaba perdido en aquel monte. El nombre de su padre pesaba demasiado; todos esperaban que volviese con las tres presas en menos de un día. Otros jóvenes tardaban más de cinco días en superar la prueba.

En la lengua de los crombels su nombre significaba “Flecha poderosa”. De muy pequeño ya apuntaba maneras con el arco, pero en verdad era gracias al entrenamiento con su padre, un gran cazador cuya fama sobrepasaba su pequeño poblado. Era conocido sobre todo por acabar con una enorme bestia que habitó los bosques de Nagoh.

Y allí era donde estaba Kiiplo. Mientras buscaba algún árbol o roca que le sirviese de ayuda para referenciarse, intentaba recordar las enseñanzas de su padre. Su arco de madera y su carcaj lleno de flechas no servían de nada ante la falta de presas. Debía encontrar la zona por la que habitaban los norios. Esos peludos y rudos saltarines son difíciles de encontrar. Son fieros en las distancias cortas; sus dientes producen graves heridas. El joven crombel podría con ellos con facilidad desde lejos con sus flechas certeras y mortales. Para ello llevaba entrenándose mucho tiempo atrás.


Una roca puntiaguda le recordó por donde encontrar un área recomendada por su padre. Continuó un camino que le conducía a una pequeña colina. En aquellos montículos de alrededor los norios solían cavar sus madrigueras. Examinó la zona con detalle pero no encontró ninguna. Su padre habría encontrado más de una, pero no le podía ayudar. Para ser aceptado por su clan debía superarla solo. No podía volver sin traer los tres norios.

Recogió un buen puñado de frutos rojos. Los colocó en un montón en un claro del bosque. Trepó por el árbol más grande y frondoso. Enroscó sus largas piernas por una gruesa rama. Quedó colgando bocarriba con su coleta oscura balanceándose y con sus manos libres para utilizar el arco. Las hojas verdosas camuflaban su piel azul-verdosa. Solo le quedaba esperar que un norio oliese aquel manjar.

Era mediodía y a Kiiplo se le cansaban las piernas. Ni un solo animal apareció por allí. Ni los pájaros ni insectos revoloteaban por aquella colina. Esto inquietaba al joven. Se incorporó y se sentó en la rama. Trepó hasta el punto más alto y oteó el horizonte. Jamás vio el bosque tan vacío. Después de observar con atención, vio unos pajarillos revolotear hacía el sur. Pensó que algo les atraía hacía una lejana montaña del sur. Aquellos pajarillos eran manjares para los norios, así que por allí supuso que deberían estar.

En cuatro saltos bajó hasta el suelo de tierra. Al dar un par de pasos, un rugido grave a sus espaldas erizó su piel. Su instinto le obligó a ocultarse tras el tronco del árbol más cercano. Oía el fuerte respirar de algo desconocido. Se asomó y encontró una enorme bestia de color rojo oscuro. Con su enorme hocico olisqueaba en el aire el rastro de presas. El crombel entendió el porqué de la soledad del bosque. Aún estaba lejos. Si estaba buscando los norios necesitaba llegar antes que él. Trepó de nuevo el árbol hasta la rama más alta. De allí saltó de rama en rama por diferentes árboles del bosque en dirección al sur. “Aquella bestia no podrá seguir mi rastro por los árboles”, supuso Kiiplo.

El joven cazador paró en una rama para recuperar fuerzas. Se encontraba cerca de la montaña del sur que oteó a lo lejos. Por allí escuchaba los cantos de pajarillos y no rugidos ni fuertes respiraciones. Un norio pasó corriendo por el suelo. Por fin los había encontrado. Fue de rama en rama, persiguiéndolo por las alturas. Aquel animalillo corría desesperado. Otro norio más pequeño apareció por su izquierda. Los dos iban hacía la profundidad del bosque, donde quizás podrían refugiarse. Detrás del joven saltarín volvió a escuchar respiraciones fuertes. Esta vez las escuchaba a su misma altura. Se detuvo, miró atrás y le asustó ver a la bestia saltando por las ramas como lo hacía él. Las ramas se doblaban mucho soportándolo pero aguantaban. Kiiplo continuó por las ramas siguiendo el rastro de los norios. No estaba seguro si aquella bestia le atacaría, pero seguro que los norios huían de él. El crombel solo veía una solución. Debía cazarlos antes que él.

Se paró, agarró una flecha de su carcaj, tensó el arco y apuntó. La bestia roja resollaba tres árboles atrás. El crombel calculó la rama donde aterrizaría y lanzó su proyectil. Se clavó en su lomo. Lanzó un leve rugido, una de sus cuatro patas se apoyó donde no debía y cayó al suelo. Un ruido seco se escuchó cuando impactó contra el suelo. El joven aprovechó esta ventaja y continuó tras los norios. Entonces algo se agarró a su pierna. Era fino, fuerte y pringoso. Le estiró hacía atrás y lo desestabilizó. Mientras caía del árbol, vio que lo que le agarraba era la larga y fina lengua de la bestia tumbada. Cayó bocabajo haciéndose daño en el brazo izquierdo. En el suelo desenvainó un pequeño cuchillo de caza de su cinturón y cortó con destreza aquella cadena de carne. Esta vez sí que rugió de dolor mientras recogía su lengua en la boca y esparcía sangre purpura alrededor. Kiiplo se levantó, cargó de nuevo su arco y disparó. Iba a su cabeza pero el deslenguado la bajó y se clavó en un lateral de la espalda. El monstruo embistió contra él golpeándolo con su dura cabeza de escamas. No pudo esquivarlo y fue lanzado contra un tronco.  El arco voló hacia el otro lado. Se quedó sentado, apoyado en el tronco, y la bestia se giró hacia él. Embistió de nuevo y el crombel no tuvo más remedio. Le miró con el ceño fruncido y con los ojos en blanco. Pronunció una antigua oración crombel a la vez que la bestia corría hacia él. Sus ojos se volvieron también blancos y comenzó a desacelerar. Sus músculos se volvían más tensos y, poco a poco, se quedaba quieto. A poca distancia del joven se quedó paralizado. Kiiplo continuaba con la oración y los ojos en blanco. El rojo animal cayó a un costado temblando e impedido. El crombel se levantó, empuñó su cuchillo y le rebanó la garganta. No tardó en morir. Acabó de separarle la cabeza del cuerpo. El joven pensó que la cabeza de aquella bestia valía mucho más que tres norios, así que se olvidó de ellos y volvió al poblado con ella arrastras. A la vuelta se preguntaba si era una bestia como ésta la que cazó su padre.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Relato: El desmayo

A Jesús le comprobaba el pulso un paramédico calvo. Otro con más pelo le paseaba la luz de una linterna por sus pupilas. Entre ellos hablaron y al tumbado en el suelo de gres le preocupó lo que comentaban sobre su posible arritmia. Se pusieron de acuerdo para llevárselo al hospital. Jesús era delgado y muy alto pero la fuerza de los paramédicos era suficiente para subirlo a la camilla portátil. Sus pies sobresalían por un extremo. La pareja agarró cada uno las asas de su lado y lo condujeron por el pasillo de la oficina hasta el ascensor.
El de la camilla abría levemente los ojos de tanto en tanto. Tras una larga espera se abrió la puerta del ascensor. Once pisos después volvieron a conducir la camilla hasta la ambulancia. Metieron la carga, portazo y encendieron el motor. El calvo iba en la parte trasera acompañándolo y el otro conducía. El tumbado no abrió los ojos durante el trayecto. Durante el viaje debatían sobre las extrañas circunstancias del desmayo. También de la final de la Champions de aquella noche. La sirena les iba abriendo paso por la ciudad.

Un cuarto de hora tardó en llegar al hospital. Allí le conectaron a varias máquinas. Una enfermera rellenita le probó la tensión, le conectó a una de esos aparatos que hacían “bip” cada segundo y le sacó una muestra de sangre. El paciente ya estaba despierto y se dejaba hacer lo que fuese necesario mansamente. Tenía tantos cables conectados como los de la parte trasera del ordenador de su oficina. Le dejaron solo durante un buen rato en aquella cama. Temía moverse y que algún cable se desenganchara. Se quedó mirando el electrocardiógrafo. Había aprendido su nombre gracias a la rellenita. Los bips sonaban casi cada dos segundos pero algo los aceleró. El jefe apareció en la habitación.
—¿Cómo estás, Jesús? —le preguntó acercándose a su lado.
          —Bien, supongo. No me han dicho nada aún, pero me siento bien.
         —Bueno, esperaba saber algo. Me gustaría que estuvieses en la reunión pero, claro… Supongo que me las tendré que apañar solo.
         —No sé qué me dirán pero yo creo que mañana estaré bien. ¿No se puede aplazar a mañana?
         —No puedo hacer eso. Vienen expresamente de Alemania para hablar con nosotros. Por eso no te podía dar la tarde libre para ver el partido. Es una reunión importante.
      —En la mesa del despacho tengo una carpeta con varios gráficos y documentos preparados. Los puede utilizar.
El jefe se quedó un rato callado, pensando como arreglárselas por si solo.
          —Oye, no te preocupes. Tú recupérate. Cuando te digan algo de cuando puedes salir de aquí me avisas. Descansa y ya nos veremos cuando puedas —dijo nervioso el visitante. Sin despedirse abrió la puerta y se marchó.

El paciente contó mentalmente hasta trescientos. Se fue sacando todos los cables del cuerpo, se desvistió de paciente y se vistió con sus ropas. Abrió un hilito la puerta y analizó el pasillo. Salió como si nada de su habitación y fue directo al ascensor. Dos pisos abajo buscó la salida de aquel laberintico hospital. Cuando por fin encontró la salida, vio afuera a su jefe esperando para conseguir un taxi. Jesús se metió en un quiosco. Mientras hacía que ojeaba revistas, vigilaba que su jefe se fuera. En cuanto un taxi lo alejó, dejó la revista en su sitio y salió del hospital. Esperó a otro taxi que lo llevó a casa.

De camino se encontró mil mensajes en su móvil de su desorganizado jefe. Apagó el móvil, pagó la carrera al taxista y se plantó frente a su portal. Subió corriendo por las escaleras hasta el séptimo piso, abrió la puerta y encendió la tele. El partido aún no había empezado. Cerró la puerta de casa, abrió una cerveza que recogió de la nevera y se sentó en el sofá frente al televisor. Se quitó los zapatos y se puso cómodo. El móvil le molestaba en el bolsillo, así que se lo sacó y lo lanzó a la otra punta de la habitación.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Relato: Diario terapéutico

17 octubre

Nunca me ha gustado escribir diarios pero él dijo que me ayudaría. Mi jefe me contó que el doctor Torres era un buen psiquiatra. Por eso acudí a su consulta. Después de nuestra primera sesión, lo encontré muy simpático y creo que nos llevaremos bien. Hoy, de momento, la casa está tranquila.

19 octubre

Ayer, por la noche, volví a escuchar la puerta del sótano chirriando. Aún no me atrevía a bajar. Oía fuera soplar al viento. Me tapé los oídos con la almohada hasta que me dormí. Notaba un sudor frio por la espalda. Esta mañana la comprobé y estaba cerrada como siempre. Mañana se lo comentaré al doctor.

20 octubre

Este doctor es bastante gracioso. Le conté lo de la puerta chirriante y me dijo que le pusiera aceite. En parte tiene razón porque esta casa está ya algo vieja. No me he preocupado de ella; eso lo hacía Marta. También le conté lo que me pasaba días atrás con las ventanas. Me dijo que buscara una explicación lógica a aquel fenómeno.

21 octubre

La puerta del sótano ya no chirría. Unté bien de aceite las bisagras y no tendría que asustarme más por las noches. Inspeccioné las ventanas del piso de arriba y encontré algo. Por lo visto que escuchara golpes por la noche era porque una de ellas no acababa de cerrar bien. Cuando venía una buena ráfaga de aire se quedaba abierta y se golpeaba contra la pared. Creo que en la ferretería encontraré un cierre como este. Lo cambiaré y no me molestara más.

24 octubre

Le conté al Dr. Torres que ya arreglé la puerta y lo de las ventanas, pero aún me costaba dormir. ¡Y va y me dice que soy un miedica! Me preguntó si creía en fantasmas y le dije que no. Me dijo que no había razón por asustarse por pequeños ruidos de la noche. Dijo que buscase como relajarme para dormir como es debido.

25 octubre

Hoy tampoco podía dormir. Estoy sentado junto a la ventana viendo pasar los pocos coches que pasan por la carretera que hay cerca de mi casa. Está algo nublado y no veo estrellas ni la luna. Hace algo de viento. Aún recuerdo aquel día que sopló tan fuerte que un árbol cayó en la carretera y la dejó obstruida.

27 octubre

¡Qué sesión más inútil! El doctor me ha pedido que le hablara de mis padres. Eran maravillosos y nunca tuve problemas con ellos. Se acerca el día de Todos los santos; tendré que ir a cambiarles las flores.

30 octubre

De nuevo escuché un chirrido en la planta baja. Esta vez me levanté y fui a comprobarlo. La puerta del sótano estaba perfectamente cerrada. La abrí y comprobé si chirriaba pero no. La cerré de nuevo. Pero al subir las escaleras sonó un chirrido. Entonces me di cuenta de su procedencia. Estaba balanceándose con suavidad y chirriando. El aire se colaba por las rendijas de la puerta de Mufi, el gato de mi mujer. Una pequeña puertecita por la que entraba y salía aquel maldito animal. Siempre me odió, no sé porqué. En cuanto vio que Marta no volvía, se marchó. Quizás se fue a buscarla. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

No le podré explicar esto mañana al doctor porque hace puente, pero tampoco creo que sea muy importante.

1 noviembre

Hoy he aprovechado que tenía fiesta y he aceitado la puerta del gato. Estoy triste, no porque sea Todos los santos sino porque hace un mes del accidente de mi mujer. He ido al cementerio y le he puesto flores. También a mis padres. Estoy también triste porque todos me han abandonado, hasta el gato.

Esta noche, extrañamente, me he podido dormir sin problemas. Pero en la madrugada aporrearon la puerta. Me desperté, me puse un batín y zapatillas y bajé a abrir. Mientras bajaba no paraban de insistir con golpes más fuertes. Abrí la puerta y eran dos agentes de policía. Entonces me vino a la mente un momento exacto a este de hace un mes. Me despertaron en la madrugada dos agentes para avisarme que mi mujer había tenido un accidente. Se chocó contra un árbol que cayó en la carretera. Era noche cerrada y el tronco estaba tras una curva cerrada.

Los agentes me preguntaron si había visto a un chaval que se ve que escapó de un correccional. Se fue en bicicleta y, por lo visto cerca de mi casa, pasan muchas. Les dije la verdad, que no había visto nada. No entiendo cómo me despertaron a esas horas. Podrían haber venido al día siguiente. Los despedí y cerré la puerta.

Fue al ir a subir la escalera cuando otra vez escuché un chirrido. Ya no se me ocurría que más podía chirriar. En ese momento escuché además extraños ruidos que me condujeron hasta la cocina. Pensé en Mufi. Encendí la luz y allí había un perro cenando en mi cubo de basura restos de carne. Paró de comer y se me quedó mirando serio. Lo reconocí; era un perro abandonado que solía merodear mi casa. ¡¿Precisamente hoy me tengo que encontrar un chucho a oscuras?! Casi me da algo. Posiblemente se había estado colando estos días atrás y volviéndome loco con los chirridos. Decidió salir corriendo por mi lado, correteó por el pasillo y se coló sin despedirse por la gatera. Empujé una estantería para tapiar la puertecilla y que no me molestara el chucho.

Al correr el mueble vi un papel en el suelo. Encendí la luz y lo recogí. Era una foto que daba por perdida. Era de mi mujer y yo cuando vinimos a vivir a esta casa. Ella tenía la melena al viento. La estoy viendo ahora mientras escribo en mi habitación. Viéndola me ha entrado una gran duda. ¿Sera posible que a lo que tenga miedo sea al viento? El jueves se lo comentaré al doctor, a ver qué le parece.

martes, 4 de octubre de 2011

Relato: Impacto mortal

Salí del cine con mi novia Eva después de ver una emocionante película de acción, "Impacto mortal". No me solían gustar este tipo de películas pero esta era muy buena. Tenía de todo. El protagonista, John Kramer, peleaba con los malos con artes marciales, con pistolas y hasta con nunchakus. Después corría con un cochazo por las calles de una ciudad para atrapar al malo. Además aparecían helicópteros, motos, explosiones,... Total, que al final, por supuesto, ganaba el bueno con la cara hecha un cristo. La policía siempre solía llegar cuando todo había acabado.

Ya en la calle comentaba lo mucho que me había gustado a Eva. Fue un poco larga pero pasé un buen rato. Por lo menos me había hecho olvidar que hacía tres días murió mi padre, al que le tenía mucho cariño. Eva me sugirió que saliésemos un rato de casa, que llevaba recluido varios días algo tristón. Miré que hora era y volví a acordarme de mi padre al ver el reloj. Lo heredé de él. Era un reloj antiguo que todavía funcionaba a pesar de los años que había marcado. Lo volví a guardar y le dije a Eva de volver a casa. Ella no puso pegas.

Por desgracia el coche estaba algo lejos del cine. Era difícil aparcar cerca de la zona de los cines y lo dejé en los alrededores de una zona industrial. A esas horas no pasaba nadie por aquellas calles. Yo bromeaba con Eva recordando las escenas de la película mientras llegábamos al coche. Entonces lo vi a lo lejos. Estaba al final de la calle que empezábamos a recorrer. Nunca vi una calle tan silenciosa como aquella en una ciudad. Un hombre salió de la nada. Se plantó ante nosotros. Vestía oscuro con gorra negra, gafas negras y se tapaba media cara con una bufanda verde o algo parecido. Nos paramos en seco ante él. Unos segundos después me di cuenta de que iba armado con una navaja cuya hoja tendría doce centímetros. Nos temíamos lo peor. Lo que más me asustaba era que no decía nada. No sabía si salir corriendo o empujarlo tal vez. Me vinieron mil planes a la cabeza. Pensé que haría John Kramer en esta situación. Pero con un poco de cordura le dije con tono desafiante:
         —¿Que quieres? —Eva me agarró con fuerza el brazo.
         —Dadme lo que tengáis —dijo el friolero.
         —¡No te daré nada! —le grité. Eva me miró con cara de decir "¿Que haces?"
El hombre hizo una estocada veloz como un rayo a un dedo de mi estomago y volvió a retirarla. Acercó su cara a la mía casi a punto de besarme.
         —Vas a hacer que la manché, con lo limpia que está.
Eva estaba muy asustada. Me metió la mano en el bolsillo y me sacó la cartera. Se la ofreció sabiendo que yo no se la daría. También se sacó y ofreció su bolso. El ladrón los cogió con la mano vacía y se quedó de nuevo ante nosotros observándonos. Me preguntaba porque no nos dejaba ya en paz.
         —Enséñame el reloj —me dijo señalando mi muñeca. "No, por favor" pensé. Aun así se lo enseñé lentamente.
         —Dámelo —dijo el avaricioso con tranquilidad.
         —Dáselo —me dijo Eva sabiendo que no podría dárselo ella. Por un segundo pensé que estaban compinchados. Me lo quité con tranquilidad y enfado. Se lo entregué de mala gana.

Tras agarrarlo nos esquivó con rapidez y huyó calle abajo corriendo. Me giré y vi como escapaba.
         —Esperate aquí —dije a Eva y corrí calle arriba.
         —¿Adonde vas? —preguntó confundida tras de mí.
Mientras llegaba a mi coche me saqué las llaves del bolsillo. Me metí y lo encendí tan deprisa como pude. Salí del estacionamiento sin ni siquiera mirar si venían coches y fui calle abajo. Eva me hacía gestos que no comprendía mientras pasaba por su lado. A John Kramer no le hubiera pasado esto. Si llamaba a la policía, entre que viniesen y les explicásemos que un ladrón, al que apenas le habíamos visto la cara y era de estatura media, nos había robado no podrían hacer nada. Tenía que recuperar mi reloj. Por la cartera me daba igual apenas tenía cinco euros. Igual Eva tenía algo más.

Lo vi al final de la calle por la que yo iba. Giró a la izquierda y por unos segundos lo perdí de vista. Por suerte en aquellas calles casi no había coches ni gente. Me salté un semáforo para no perderlo de vista. Giré a la izquierda. No veía al ladrón; era una calle bastante oscura. Aceleré para ver si aún lo podía encontrar. Miraba como un loco por las dos aceras. Al fin lo vi; cruzaba por un paso de cebra al final de la calle. Andaba con una tranquilidad pasmosa. No me lo pensé y aceleré a fondo. Cuando él se dio cuenta era demasiado tarde. Un gran "pum" y el ladrón cayó rodando por el suelo. Al coche no le pasó nada. Se quedó bocabajo inmóvil. Frené, puse el freno de mano y bajé. Me lo quedé mirando unos segundos. En sus manos no llevaba ni la cartera ni el bolso y por un instante pensé que no era él, pero aún llevaba la gorra negra y la bufanda. Posiblemente los había tirado calle atrás mientras corría. Fui a acercarme pero entonces recordé una escena de la película en la que uno de los malos se hacía el muerto y lo atacaba a traición. Con el pie le pegué una patada en la pierna a la que no parecía responder. Me acerqué con cuidado y lo vi muy quieto. Busqué en sus bolsillos. Encontré mi reloj y un buen fajo de billetes, más que lo que teníamos. Volví a buscar por si había algo más cuando una sirena sonó y unas luces azules iluminaron las paredes de alrededor. Como siempre la policía llegaba a ultima hora.

Me levanté rápidamente y vi un coche de policía del que salían dos agentes. Eran un hombre mayor y una joven de muy buen ver. Venían muy serios y no tenía ni idea que contarles. El hombre se me acercó y me dijo:
         —Bueno, ¿que ha pasado aquí?
La agente comprobaba el estado del hombre del suelo.
         —Pues vera, ha sido un accidente. Este hombre cruzó en verde y no lo vi a tiempo. Esperó que este bien —le mentí descaradamente.
         —¡Que curioso! Nosotros estábamos en la otra acera y hemos visto una cosa muy distinta —dijo el agente.
         —Está muerto, Rodríguez —le dijo la agente a su compañero.

Eva venía a lo lejos corriendo por la acera. Cuando llegó al paso de cebra no debió entender nada. Vio como me metían en el coche de policía. Yo me la quedé mirando desde el asiento trasero del coche patrulla. Ella me miró también mientras el coche se fue. Entonces en una papelera al lado del semáforo encontró su bolso y mi cartera.