El domingo, Laura y yo visitamos el parque de atracciones. No soy un gran aventurero pero fuimos porque ella insistió. Yo coleccionaba problemas en mi cabeza desde hacía tiempo y pensó que así me distraería.
Nada más entrar, encontré cientos de formas y sonidos alegres. Los niños y niñas corrían por mi alrededor, vendían globos de colores que se esparcían por todo el cielo del parque amarrados a los visitantes, tiras de colores engalanaban sus pasillos y las casetas de feria, con música marchosa y megafonía, llamaban la atención de la gente para que concursaran en sus juegos. Flotaban aromas de alimentos dulces por el aire. Por el suelo se esparcía el confeti, boletos de tómbola chillones, palomitas de colores y más restos indescriptibles. Laura no paraba de señalarme curiosidades, objetos y sitios adonde ir que le sorprendían y hacían sonreír. Yo me sentía abrumado ante tal cantidad de cosas por hacer y visitar.
Ella
quiso probar suerte en una caseta de disparo. Se encaprichó de un peluche de un
extraño animal antropomorfo, se suponía que era un conejo que salía en una
serie de dibujos, y apuntó con una escopeta de aire comprimido a una diana
cutre de cartón. Debía acertar en el medio para llevárselo y por un euro
disponía de cuatro oportunidades. Parecía fácil pero no debería serlo, pensé
yo. Ella usó la mirilla y el primer balín fue a dar en el círculo exterior
concéntrico de la diana. La animé a que siguiera pero no parecía escucharme. Se
concentró en cazar aquel conejo y volvió a disparar. Esta vez fue aun más lejos
del medio. Se quedó mirando la diana y se sintió frustrada. Me ofreció la
escopeta para que yo probara suerte, ya que ella no se sentía segura de
conseguir darle. La agarré y me sentí con el deber de conseguir el deseo de mi
pareja. Me ponía a prueba para ver si era capaz de cazarlo. En primer lugar, me
aseguré que el cañón de la escopeta no estuviese torcido, como la leyenda
urbana cuenta. Parecía bastante recto pero quizás un pelín curvo hacia la
izquierda. Decidí apuntar unos milímetros a la derecha del centro para
comprobar si estaba en lo cierto. Ella no me quitaba ojo y me ponía bajo
presión. Me estaba tomando un tiempo excesivo para apuntar y el feriante me
miraba con cara de desespero. Al final disparé y di en todo el centro, pero de
la diana que había a la derecha de la que apuntaba. Unas luces parpadearon, una
bocina sonó y me alegré enormemente de la sorpresa. Me felicitó mi novia y el
feriante me dijo:
—Bueno, debías apuntar a la diana de la
derecha, pero bueno… Es igual. Puedes elegir entre el peluche orejudo, el juego
de ajedrez electrónico o el patinete.
—El peluche, por favor —le dije.
Me lo entregó con cara de mal perdedor y Laura la cogió con ansia. Se alegró tremendamente y no dejo de sonreír en toda la tarde. Mientras jugábamos con el peluche, nos alejamos de la zona de las casetas.
Había muchas atracciones y todas estaban llenas con largas colas para entrar. Una de ellas destacaba sobre las otras, la que llamaban «La nube». La caprichosa deseó que los dos nos montásemos en aquel monstruo. Desde lejos parecía un martillo con luces que se elevaba y bajaba al dar vueltas en el sentido del reloj o al contrario. La cabina donde se alojaba la gente siempre estaba horizontal, no como en otros sitios donde te ponen al revés. Subí hacía mucho tiempo, cuando era pequeño y no fue muy agradable. Solo recordaba que nunca me habían gustado las alturas y este aparato subía muy y muy alto. Aun así, me sentía crecido después de cazar al peluche y pensé que ya era mayorcito para enfrentarme a mis miedos.
Compré palomitas de colores para los dos para hacer la espera en la cola más entretenida. Tardamos casi un cuarto de hora cuando por fin nos tocaba entrar. Aquella cabina era mas bien una especie de grada para ver un espectáculo. Laura se empeñó en ponernos en primera fila, para no perdérnoslo. Unas sujeciones nos agarraban a la silla y una vigilante se aseguraba que todos estuviéramos bien cautivos. Laura se puso al conejo entre ella y las barras para no perderlo por ahí. En cuanto vio la chica que todo andaba bien, se bajó y se puso a los mandos. En aquel instante comencé a arrepentirme de haber subido. Un miedo incomprensible me aterraba y comencé a respirar rápido. Me quedé quieto y esperaba que no fuese para tanto.
«La nube» comenzó a volar. Primero fue suavemente hacia arriba, cosa que agradecí. Llegó hasta arriba y bajó de nuevo. Volvió a subir lentamente hasta que, sin aviso, se soltaron los frenos y cayó velozmente. Me sujeté fuerte. La nube subió velozmente y cayó de nuevo. La gente gritaba pero yo no. Estaba paralizado y atenacé las barras de sujeción. Otra vez arriba y abajo y cada vez me gustaba menos. Me agarraba tan fuerte que pensé que partiría las barras.
La
nube subió de nuevo hasta lo más alto y se quedó frenada. Desde allí veía todo
el parque de atracciones, incluso las montañas y las afueras de la ciudad.
«Qué vistas, ¿no?» me dijo Laura sin quitar ojo al paisaje. Escuchábamos la música discotequera de unos altavoces que había arriba de la atracción. Aquí, al fin, me relajé y solté las barras. Mas que miedo a las alturas, descubrí que tenía miedo a la caída. Desde allí todo era fabuloso pero, en cualquier momento, caeríamos de golpe. Mientras pensaba esto, escuché un «clac» metálico y caímos sin remedio.
Probé a no agarrarme y dejarme llevar por la gravedad. Al bajar notaba como los líquidos del estomago se removían y me producían una curiosa sensación. La atracción volvió a subir y bajar, cambió el sentido de la marcha. Me estaba dejando llevar y ya no tenía miedo. Laura se lo pasaba pipa gritando al bajar, pero yo no abría boca. Cuando empecé a cogerle gusto, se acabó la función.
Llegamos
al suelo y me sentía como un astronauta recién llegado del espacio. Nos dejaron
unos segundos parados y se abrieron las sujeciones. Todos salieron despacio
después de aquel meneo. Salimos y no sabíamos que hacer ahora. Le dije a Laura
que me disculpara un momento, que volvía enseguida. Fui por donde no había
nadie detrás de unas casetas apartadas. Laura me miraba preocupada. Me alejé de
la gente a un sitio apartado, me apoyé en una pared y solté las palomitas
removidas de mi interior. Así me sentí liberado de aquel pesar. Me limpié con
un pañuelo como pude y me empecé a sentir mejor. Los tendones de los brazos me
dolían de lo fuerte que agarré las barras. Volví de nuevo con Laura y ella me
dijo:
—¿Qué te pasa?
—No me ha sentado bien «La nube». He
vomitado.
—¿Nos volvemos a casa?
—No hace falta, sigamos por el parque pero, de momento, no subamos a ninguna atracción.
Paseamos
por el parque hasta que anocheció. Pensé que otro día lo intentaría de nuevo y
no podría conmigo esa maldita «nube», un nuevo problema a coleccionar.