sábado, 31 de marzo de 2012

Relato fantástico: El espantapájaros

Desde la ventana de un segundo piso de una casa de pueblo, una niña rubia de unos nueve años contempla como el vecino, un hombre mayor con barba canosa, monta un espantapájaros justo en medio de su huerto de tomates. Al lado está el jardín de su casa, con un enorme árbol. Ella sonríe; se entretiene viendo como, con ropa vieja y paja, se va formando un muñeco crucificado. La cabeza es un saco relleno de paja con dos ojos de botones negros cosidos a él. El sombrero de paja deshilachado, la camisa granate con una manga manchada de pintura, un pantalón azul con un gran zurcido donde suele estar la rodilla derecha y unos zapatos viejos marrones le daban aspecto de campesino.

El vecino acaba su obra al ponerse el sol. La apariencia del muñeco es espeluznante. Lo observa orgulloso con las dos manos en la cadera. Al rato se va. La niña sigue contemplándolo desde la ventana abierta de su habitación. Entra su madre con una bata, el pelo castaño recogido en un moño y un termómetro en la mano.
—¿Qué haces en la ventana? —pregunta su madre. —¡Vuelve a la cama!
Mientras sin rechistar obedece y se resguarda bajo las sabanas, la mujer cierra la ventana. Se sienta en la cama, al lado de su hija, y le introduce el termómetro en la boca.
            —Parece que ya estás mejor —le dice mientras le toca la frente con la mano. —Pero no te asomes, que no te pondrás buena.
Espera un momento mientras mira por la ventana el espantapájaros nuevo. Le saca el termómetro y mira el resultado. Le da un beso en la frente mientras dice:
            —Intenta dormir un rato, cariño.
Le arropa y sale de la habitación.

Al poco de salir su madre, la niña se levanta para mirar de nuevo por la ventana. El cielo comienza a nublarse. El viento sopla fuerte con intermitencia. En una de esas ventiscas, el saco que formaba la cabeza del muñeco, se gira unos grados. Los botones miran fijamente a la niña. Aquello la asusta. Vuelve a la cama, se tapa con las sabanas, se encuentra a su muñeca entre ellas y la abraza. Da un par de vueltas encima del colchón hasta que se duerme.

La luna llena se asoma por la habitación. Aquel sol nocturno despierta a la niña a la medianoche. Ella se levanta adormilada y se acerca a la ventana. Agarra las cortinas para desplegarlas pero antes da una mirada al exterior. Allí, donde estaba el muñeco de paja, solo hay un palo clavado al suelo; medio caído. Se frota los ojos con el puño. El otro palo de escoba anda un poco más adelante y por el suelo. Encuentra un surco con brozas en el polvoriento huerto. Lo recorre con la mirada. Se aleja del huerto y llega al jardín de su casa. Abre la ventana, se asoma al alfeizar y lo busca. Saca medio cuerpo fuera.

Unos gorriones duermen en las ramas bajas del gran árbol. De repente, todos salen volando en dirección contraria de la ventana. Los más pequeños se alejan piando. La puerta de la habitación se abre un par de centímetros sin hacer ruido. Ella busca en el jardín a derecha e izquierda sin encontrarlo. Se asoma afuera un poco más y ve que está abierta la puerta trasera de la casa. Con las manos en el alfeizar se impulsa hacia dentro. Se gira y ve en el suelo a quien buscaba. Suelta una vocal de sorpresa. La puerta está medio abierta. El espantapájaros se arrastra por el suelo impulsándose con los brazos de paja; como un soldado en las trincheras. Va desperdigando un rastro de brozas y paja. Sus botones apuntan sin cesar a la cara de la niña. Se mueve con lentitud pero avanza sin descanso.

Está asustada. Busca por donde escapar pero ya es tarde. El muñeco reptador se encuentra a un metro de ella. Ella pone un pie en el alfeizar. Enseguida pone el otro. Con las manos se sujeta al marco de la ventana. Sus ojos no parpadean. Entonces el espantapájaros llega a la pared de la ventana. Por un momento se queda quieto. Con un movimiento extraño del muñeco, la manga manchada de pintura logra apoyarse en el alfeizar. Se esparce un poco de broza por allí. La niña mira al suelo del jardín. Se ve indecisa. Se agarra al final de los baldosines. Saca una pierna al exterior. Se apoya en la fachada deslizando el pie descalzo con delicadeza. Ve un sombrero de paja que asoma. Mira otra vez abajo. Saca la otra pierna fuera. Las dos manos agarran con fuerza el final de los baldosines. Tras unos suaves movimientos, su cuerpo entero cuelga por el exterior. Mira de nuevo al suelo. Al volver la vista arriba, ve el sombrero otra vez. Ahora lo acompaña la cabeza con los ojos de botón. Se queda quieto, observándola. Las lagrimas y lamentos brotan sin remedio. Llamó a gritos a su madre entre lamento y lamento. Una ventisca llega y se lleva el sombrero de paja. Cae en zigzag hasta el suelo del jardín.

Los dedos, muy poco a poco, se deslizan perdiendo agarre. El de la cabeza de saco, que aún seguía quieto, estira la manga manchada hacia la niña. Ella se suelta de una mano para darle un manotazo. Este impulso propulsa al muñeco hacia fuera. Su cuerpo se vuelca hacia el exterior, choca con la niña y cae de cabeza contra el suelo. El saco se abre y el muñeco se deshace. Ahora solo es un montón de broza, paja y ropa vieja que una ventisca esparce por el jardín.

La niña vuelve a agarrarse con las dos manos a los baldosines. Por muy poco no ha caído. Sus dedos siguen resbalándose. Su madre aparece. Observa la situación con ojos como platos. Agarra a su hija por las muñecas y la eleva hasta entrarla en casa. Exaltada, le pregunta qué ha ocurrido. A la niña le cuesta calmarse y va soltando frases entrecortadas a la vez que gimotea. La mujer la intenta convencer que no era más que una pesadilla; que no ha pasado todo eso que ha dicho. La abraza y la devuelve a la cama. La pequeña esta temblorosa. La arropa hasta arriba y le da la muñeca para que se abrace a ella.

Se acerca a la ventana. La va a cerrar pero antes se asoma de nuevo. Ve abajo la paja esparcida por el jardín y la ropa vieja. Vuelve adentro, cierra la ventana, corre las cortinas y baja la persiana hasta abajo. Al rato, sale al jardín con una escoba y un recogedor. Enciende la luz, barre el jardín y lo amontona todo con la ropa en un rincón. Saca una caja de cerillas de un bolsillo de la bata y le prende fuego. Se queda contemplando los últimos momentos del espantahijas.

sábado, 11 de febrero de 2012

Relato fantástico: Cables

Con prisas me duché. Había quedado con unos amigos para ver en el bar un partido de fútbol y ya llegaba tarde. Salí de la ducha medio empapado; apenas me sequé. Era necesaria una afeitada. Agarré la maquinilla eléctrica. Estiré el cordón enrollado del enchufe para conectarlo al aplique de corriente de la pared. Lastima que me resbaló y con mala suerte introduje el índice y anular en los agujeros eléctricos. ¡Qué chispazo! El agua que aún me envolvía multiplicó el efecto. Un dolor y temblor recorrió mi cuerpo. Perdí la razón. Estaba catapultado del cuarto de baño. Sentí una sensación extraña, como cuando sueñas que te caes y te despiertas. Volaba pero cayendo en una inmensa oscuridad. Entonces desperté.


No veía nada pero sabía que estaba despierto. Estaba acostado en una lona de tacto de plástico. En mi cabeza llevaba algo pesado y molesto. Lo palpé por fuera y parecía un armatoste metálico. Descubrí por dónde abrirlo tras analizarlo con mi tacto. Estiré de lo que parecían unas gafas de buceo negras. Me las saqué y vi un cielo granate entre unos barrotes en el techo. Me aflojé una correa que apretaba una especie de casco a la parte superior de la cabeza. Me lo quité y lo observé. Tenía unos extraños artilugios electrónicos y estaba conectado a un cable que conducía a una maquina con forma de pepino a un lateral de la hamaca donde estaba. Las gafas estaban también conectadas ahí, y muchísimos cables que venían de mi cabeza. Debajo del casco estaba calvo pero parecía tener una melena por la cantidad de agujas clavadas seguidas de los cables. Estiré con cuidado de una de ellas. Fui sacándola hasta que surgió un diminuto geiser rojo de donde estaba clavada. Pero no sentía dolor, sino más bien molestia. Arrancaba una a una las agujas mientras admiraba mi alrededor. Estaba desnudo en una celda de barrotes de unos dos por dos metros. Pegada a ellas conté unas veinte más con inquilinos cableados y tumbados sobre hamacas. Así es como supuse que me encontraba antes. Les grité pero igual estaban atendiendo al partido que me perdía.

Era de los pocos afortunados que disfrutaba de una pared y techo sin tapar por otra celda. Afuera solo había un gran desierto con pequeñas montañas. En sus laderas descansaban más celdas, apiladas como cajas. Yo me encontraba también en el lateral de una montañita de tierra rojiza. Desde allí buscaba a lo lejos alguna ciudad o población donde vivieran nuestros captores. No estaba seguro de que alguien residiera cerca. El clima era cálido, angustioso y molesto para vivir. Contemplaba unas extrañas vistas que no estaban destinadas a ser observadas.

Me fijé en la cerradura de la pared de la celda que daba afuera. Ni por dentro ni por fuera encontré un agujero para introducir una llave. Tenía más circuitos electrónicos, como los del casco y la maquina. Entonces lo tuve claro. Cogí los cables que pude, los pelé con lo que disponía y los unté por la cerradura. Si conseguía un cortocircuito era posible que se abriese, o eso al menos era lo que la televisión me enseñó. Supongo que aquello fue lo que me hizo despertar aquí. Metía los hilos de cobre por cualquier ranura que encontraba. Al final, debí tocar la tecla necesaria y la puerta se abrió. ¿Y entonces dónde huiría?

Paseé por la llanura polvorienta y rojiza. Podría ser Marte pero lo encontré imposible. Podía respirar pero el aire era espeso y seco. No llegué a ver ningún sol. Parecía estar anocheciendo o amaneciendo, aunque jamás adivinaría de donde procedía la luz. Di vueltas alrededor de las montañas cercanas pero no supe que hacer. Entonces de un grupo de celdas vi que surgía un grueso cable en el que se congregaban los demás conectores de cada celda. Se introducía después en el suelo. Fui allí y lo desenterré. De cada grupo de celdas salía este grueso cable. Todos estaban orientados en la misma dirección. “Allí debo buscar”, pensé. Entonces fui desenterrando cable, levantando polvo y buscando el origen de aquel extraño acertijo.

Me empecé a plantear mi existencia mientras me guiaba el cable subterráneo. Pensé si realmente existían mis padres, mis amigos... Deseaba ver un partido que igual no existía. Me encontré con una montaña mediana con una cueva a mi izquierda. Allí desembocaban el cable que seguía y el resto. Lo solté y me acerqué con prudencia a la obertura. Los cables alimentaban una maquina muy alta parecida a la de la celda. En una pantalla podía leer un porcentaje de progreso. Lo que entendí era que estaba casi al cien por cien de iniciar un mecanismo de apertura. En unos gráficos vi la cantidad de energía que le llegaba de cada celda. Una de ellas daba error y brillaba en rojo. A su derecha había una puerta cerrada de cristal. Tras ella se veía un foso y la pared de roca. Al poco rato, la maquina comenzó a pitar. Mediante mecanismos accionados por vapor, la puerta se abrió. Nada más ocurrió. Me asomé al barranco. Allí pude ver al fondo una enorme cabeza que se giraba y dos ojos brillantes me miraban en la oscuridad. Una ronca voz parecía toser. Otro temblor me sobrecogió. Salí rápido de allí.

Huí de la cueva. El temblor lo sentía debajo de mis pies. Paré y miré atrás. Dos brazos negros ensanchaban la boca de la caverna desgajando la roca como si fuese mantequilla. Un ser oscuro, fabricado de cables negros y artilugios metálicos, se puso en pie en el desierto. Le costó salir por aquella entrada por la que yo cabía de sobras. Era como diez veces yo. Me vio. Se quedó mirando mientras yo no supe cómo reaccionar. Sus pies me recordaban enormes maquinillas de afeitar. Dio un enorme paso seguido de otro. Su mala cara me desagradaba. Salí corriendo de nuevo. Lanzó un extraño pero espantoso bramido. Me daba alcance con sus largas piernas. El suelo temblaba con cada uno de sus pasos. Fui detrás de una montaña. Él me sorprendió subiendo por ella en vez de rodearla. Me escondí detrás de unas celdas con sus reclusos durmientes en el interior. Esta vez si que las rodeó. Por un momento me perdió de vista. Aproveché y corrí por el otro lado. Él me vio. Era muy listo y difícil de engañar. Tras una colina a la que me dirigía apareció justo enfrente de mí. Alargó su largo brazo y su mano cableada me agarró. Me elevó hasta su cara, donde me inspeccionó detenidamente. Hacía fuerza para librarme de su puño pero era inútil. Entonces él abrió la mano. Caí sobre su palma de plástico. Vi su enorme cara a un par de metros. Me quedé quieto contemplándolo. Abrió su boca y una larga lengua negra y fina saltó de dentro. Se enrolló a mi alrededor. Me opuse lo que pude pero se ramificaba en varios cables más finos y estos se ramificaban aún más. Agarraban mi mano izquierda, mi pie derecho y mi cabeza. Cuando me libraba de una atadura, aprovechaba para agarrarme de otro lado. Por más que intenté zafarme, acabé embalsamado como una momia entre cables negros. No podía oír ni ver nada; solo oscuridad.

Más tarde desperté en el suelo de mi cuarto de baño. Un cable negro rodeaba mi cuello. Lo aparté enseguida. Era el de la maquinilla, que estaba por el suelo. Me incorporé. Me dolía toda la espalda y el cuello. Aún llevaba la toalla atada a la cintura. No entendía que había ocurrido. Era muy real. Miré el enchufe dispuesto a comprobarlo. Preferí ir a ver el partido y luego ya vería qué hacer.

lunes, 23 de enero de 2012

Relato fantástico: El aprendiz

Apreté los dientes. Fruncí el ceño. ¡Cómo si sirviese de algo para ganarle un pulso a un ogro! Sus manos eran el doble de grandes que las mías. Y eso que Grunk no era de los más grandes. Los músculos de mi brazo derecho temblaban como en un terremoto. La cara sorprendida del rival me animaba a seguir. Nuestras manos entrelazadas estaban a medio camino de ganar o perder.


Y todo esto vino de lo que pasó una hora antes. ¡Me suele meter en cada lio! Mi hermano Vold era un jovencito que quería ser un aventurero. Montaba el caballo de mi padre y exploraba las afueras del pueblo. Se llevaba consigo a su fiel amigo Fenir. Era un cobardica y, gracias a eso, estaba aquí sudando con un monstruo come-niños.

Estaba ordenando las pociones del hechicero cuando aporrearon la puerta de la casa. Fui a abrir y me encontré con Fenir lloriqueando. Nos miramos y parecía temer contarme algo.
  —¿Qué quieres? —le solté con mala leche. Y era que el maestro estaba a punto de volver y no quería a nadie que le molestase.
  —Tu hermano... Está con los ogros —dijo con voz aguda. Se limpió con la mano sus ojos llorosos.
  —¿Cómo? ¡Sabe de sobra que no tiene que andar por allí! ¿Qué buscabais?
  —Solo andábamos cerca de su cueva. Yo le avisé pero no me hizo caso. Nos encontramos con un ogro gordo y dos más pequeños. Yo salí corriendo cuando los vi, pero él se quedó y sacó la espada —contaba Fenir mientras parecía tranquilizarse.

Mientras lo contaba me sabía ya el final. Fui rápido a por mi caballo. Hice montar a Fenir detrás. Debería haber avisado a alguien más pero esperaba arreglarlo antes de que viniera el maestro. Viajé con el amigo de mi hermano de paquete. Me fue indicando adonde se habían cruzado con los monstruos. Después de inspeccionar la zona no encontramos ni rastro de ellos ni de Vold. Solo quedaba una opción: ir a la cueva de los ogros. Tras diez minutos a caballo llegamos. Lo que los monstruos llamaban hogar era una gruta alta y ancha en medio de la montaña, sin apenas vegetación en los alrededores. Fenir quería quedarse a cuidar del caballo, pero le convencí para que me acompañara. En la entrada me susurró:
  —El gordo era aquel del fondo a la derecha.
Asentí con la cabeza. No sabía muy bien qué hacer en aquel momento. Tenía la esperanza de poder dialogar o llegar a algún acuerdo como sea. Me acerqué un poco más y dije:
  —¿Hola?
Fenir se quedó unos pasos más atrás. Cuatro ogros se giraron con cara antipática.
  —Voy buscando a mi hermano Vold ¿lo habéis visto? —continué. He de reconocer que empecé a temblar un poquito por esta parte. El gordo del fondo se acercó y se me quedó mirando con la cabeza ladeada.
  —¿Un humanito de metro y poco, de pelo negro, y muy, muy parlanchín? —le dijo con voz grave.
  —¡Sí, sí, sí! Si os está molestando será un placer llevármelo!
  —¡Nos lo hemos comido!
  —¡Oh, no! —Rieron todos los ogros mientras me llevé las manos a la cabeza.
  —Ja ja. No, era broma. Está con nosotros aún —dijo el gordo.
  —¿Aún? ¿Qué vais a hacer con él? —pregunté con la mano en el pecho. El corazón se me iba a salir por la boca.
  —Ya conoces las normas. No puedo permitir que vuestros cachorros jueguen por aquí cerca. No siempre puedo controlar a los míos.
Me quedé cabizbajo, pensando. Miré atrás a Fenir, al bosque y al ogro grandote. Le propuse entonces:
  —¿Qué quieres a cambio de él?
  —¡Ummm! —Se acarició lo que supuse era su barbilla—. ¿Qué podría pedir yo a cambio de un delicioso cachorro humano?
Los demás rieron falsamente con sus voces roncas, pero el que parecía el jefe les mandó callar con un gesto.
  —Supongo que cien monedas de oro por él estaría bien. ¿Noventa quizás? ¿No pagarías por la vida de tu hermano? —sugirió al fin.
  —¿Qué? ¡No podría conseguir ni diez! ¡Oye! ¿Cómo te llamas?
  —¡Grunk! —exclamó el ogro. Los demás alzaron sus manos y corearon su nombre dos veces más. Temblé de nuevo.
  —Oye, Grunk. ¿Qué te parece si nos lo jugamos?
  —¡Ummm! ¿A qué juego? ¿Y qué ganaría yo? ¿A ese otro humanito?
Señaló a Fenir. Este salió corriendo y gritando al interior del bosque solo con nombrarlo.
  —No, me ganarías a mí. Si gano yo, me llevo a mi hermano. ¡Echemos un pulso!
Los ogros comenzaron a destornillarse de risa. Uno de ellos se cayó de culo de imaginárselo. Me miraban y me veían tan delgaducho que volvían a reírse más fuerte.
  —¿Estás de broma, mondadientes? ¿Crees que me ganarías?
  —Sí, pero necesito hacer primero unos ejercicios de concentración en el bosque. Dame diez minutos y te venceré.
  —Está bien. ¡Trato hecho! Como si quieres estar diez horas levantando barriles.
Me alejé de ellos mientras seguían riéndose. Volví al bosque. Fenir apareció de detrás de un árbol. Le conté mi plan y él accedió a ayudarme. Le pedí su cantimplora y que buscará unas hojas de adrazora. Le expliqué como eran pero no supo encontrarlas. Tuve que buscar yo todos los ingredientes. Por suerte no necesitaba caldero para aquella pócima. La mezclé y agité hasta conseguir un líquido verdoso y espeso. Era amargo al paladar con un toque dulce. Esperaba no haber errado en las proporciones. Me sentí extraño pero estaba seguro que funcionaría. No había tardado diez minutos, sino unos quince. En la entrada se congregaron aquellos monstruos. Todos los de la cueva habían salido fuera para ver al idiota que había retado a un pulso al gran Grunk. Habían preparado ya el escenario. Una enorme roca serviría de mesa y otras más pequeñas, de sillas. Grunk me esperaba sentado con una sonrisa amistosa y su brazo en posición de duelo. Yo me acerqué y les miré a todos.
  —¡Llamad a todos! ¡Que vean cómo venceré a vuestro jefe! —dije a la multitud. Se echaron a reír. En el fondo oía como se repartían ya mis piernas y brazos. Tragué saliva. Me paseé delante de ellos varias veces.
  —Venga ¿Empezamos ya? —gritó el gran Grunk. Me acerqué y me senté en mi piedra. Alargué la mano y agarré la suya. Sin aviso, el ogro empezó a hacer fuerza. Para su sorpresa yo resistía su embiste. La poción hacía efecto pero menos de lo que esperaba. Resistí el empujón de su enorme brazo varias veces.

Entonces vi a Fenir con mi hermano salir por un lateral de la entrada de puntillas. Me costó mucho convencerlo de que liberase a mi hermano mientras yo distraía a todos los monstruos. Me hizo una señal de que ya podíamos irnos. Entonces solté la mano y Grunk, de la fuerza que ejercía, cayó de morros contra el suelo. Salí corriendo hacía el bosque donde tenía ya preparado el caballo. En correr si que no me ganaría Grunk ni los ogros. Los dos chicos estaban ya montados y yo de un salto me subí atrás. Una palmada en el trasero y el caballo nos llevó lejos de allí. Los ogros no podían perseguirnos. No se aventurarían a venir a nuestro pueblo a por nosotros.

lunes, 2 de enero de 2012

Relato fantástico: Jabalí

Dano perseguía un jabalí por los bosques cercanos al lago. Apuntaba a su lomo con su ballesta mientras su caballo blanco Grolo galopaba con todas sus fuerzas. Su sirviente, muy atrás, les seguía corriendo. La bestia se metía entre los matorrales y los árboles más angostos. El noble y su montura debían optar por ir entre senderos más espaciosos. Cuando lo tenían avistado de nuevo, retomaban la carrera para tenerlo al alcance del virote. El sirviente dio por imposible alcanzar a su amo y continuó andando.


Tenía al cerdo salvaje en la mira cuando Dano se encontró con un anciano en medio del camino. Estiró de las riendas y Grolo frenó con sus pezuñas. Se deslizó por el suelo terroso con hojas secas hasta que se paró del todo. La inercia del frenazo mandó a Dano hacia delante. Dio una voltereta y acabó cayendo con el trasero en el suelo. A un palmo estaba el anciano de pie con el rostro imperturbable. Sostenía una cesta con setas, todas del mismo tipo, verde vivo con bultos amarillentos. Una túnica rojo apagado lo vestía.
—¡Grrr! Maldito anciano, me has hecho perder la presa —le dijo Dano mientras se levantaba.
—Bueno, aún no la ha perdido. Se fue por allí —dijo señalando a lo hondo del bosque con su dedo arrugado. El noble buscó con la mirada pero no la vio. Se sacudió la tierra y el polvo de sus delicados ropajes.
—¿Qué haces en mis dominios? —dijo Dano.
—¡Oh, señor! Me temo que se ha perdido. Este bosque no es de usted.
—¡Te equivocas! Estas son mis tierras. Quiero que te marches. Te puedes quedar esas porquerías del bosque pero no vuelvas por aquí.
—No son porquerías, señor. Con estas setas hago un guiso exquisito. Y, además, le vuelvo a repetir, sin temor a engaño, que este bosque no le pertenece —dijo el anciano sonriéndole.
—¡Ya me tienes harto, viejo! —Fue a su caballo y desenvainó una espada—. O te marchas de mi bosque o mañana no degustaras guisos.
—¡No se atreverá! ¿Contra un anciano recolector de setas usará su espada? ¿Es que no conoce otra manera de llegar a un acuerdo? —arqueó las cejas.
Dano estaba aún más furioso, porque aquel hombre tenía razón. Hizo un tajo con fuerza al aire. Dio varios pasos hacia él y lo agarró del pecho.
—¿Tú sabes quién soy? ¿Acaso sabes quién hablas, barbudo?
El cazador de setas se quedó pensativo unos momentos. Entonces lo miró a los ojos y le dijo:
—Un furioso noble que caza en tierra de otros.
Dano resopló. De un empujón mandó al hombre al suelo que cayó con el trasero. El noble alzó la espada a los cielos. Del dedo arrugado surgió un rayo que impactó en la espada. Grolo se asustó y salió corriendo. Después de un bailoteo doloroso Dano cayó al suelo. Sintió un dolor nuevo que no sabía explicar. Sus caros ropajes tenían algunas zonas quemadas y desprendían algo de humo. El anciano se levantó y contempló a aquel furioso noble. Yacía con la misma postura que estaba antes de atacar. Cuando comenzó a reaccionar vio como le miraba el hombre de los dedos tormentosos. Con los talones fue retrocediendo; arrastrándose por la tierra.
—¿Quién es usted? —preguntó Dano temblando.
—¡Por los dioses! ¿Ahora me trata con respeto? ¿Era necesario que le dañase para que me trate con respeto?
—Lo siento. Es que hoy he tenido un mal día... No se enfade conmigo —sonrió mientras seguía arrastrándose hacia atrás—. Tengo oro. Podemos llegar a un acuerdo... cómo usted decía antes.
—¿Sabe porque decía que estas no eran sus tierras? ¡Pues porque son mías!
—¡Oh, vaya! Pues que confusión más inoportuna —se levantó—. Me disculpo. No volveré a cazar ni a cabalgar por aquí. No sé porque pensé que me pertenecían.
El noble se giró y comenzó a andar rápido hacia donde creía que estaría el caballo.
—¡Un momento! ¿Ha cazado más veces por aquí?
—No, es la primera vez— dijo reverenciando al anciano.
—No me acaba de convencer.
—Si, la primera vez. Se lo juro.
—No me dice la verdad —dijo el mago mirándolo fijamente y muy serio.
—Está bien. Solo vine otra vez más.
—Sigue engañándome —exclamó con voz grave.
—¡Vale! ¡Vale! He estado por aquí tres o cuatro veces más. He perdido la cuenta, pero se lo recompensaré.
—¿Qué cazó?
—¿Qué?
—¡Que qué cazó! —insistió el anciano.
—¡Ah! —Se le puso la voz aguda y le temblaban las piernas—. Jabalís. Solo unos cuantos.
—¿Jabalís? —acarició su barba gris—. Así que ahora por su culpa hay menos jabalís en mi bosque ¿no?
—Sí. No volverá a pasar. Le pido mil disculpas.
—Claro que no. Los jabalís no cazan jabalís.
—¿Cómo?
Cuando Dano lo entendió, se giró rápido y huyo corriendo, pero un rayo del dedo arrugado lo alcanzó en la espalda.


El sirviente de Dano llevaba un buen rato tras su ubicación. Estaba muerto de hambre y de sed. Entonces en la espesura divisó un hermoso ejemplar de jabalí. Estaba como perdido, dudoso de qué camino escoger. Miraba en todas las direcciones sin encontrar nada que le gustara. El chico rebuscó en el zurrón. Allí guardaba una ballesta de repuesto de su amo. La cargó sin perder de vista la bestia enorme. Pensó lo que le felicitaría si le trajese aquel enorme premio. Imaginó incluso qué lugar sería bueno para colgar su cabeza como adorno en la mansión.


Se fue acercando sigilosamente por su trasera. Se escondía tras árboles gruesos que ocultaban su delgada figura. Cuando encontró la mejor ocasión, apuntó y disparó. El virote se clavó en el trasero del animal. Este gritó y corrió a lo hondo del bosque. El sirviente fue detrás a la carrera. A la vez intentaba cargar de nuevo la ballesta. Los gruñidos de dolor le guiaban. Lo perseguía para saciar su hambre y sus ganas de prestigio.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Relato fantástico: La estatua de la plaza


Arranco un trozo de la tela del brazo de un muerto. Me siento en el pedestal de una estatua que pronto será sustituida y limpio con el trapo la sangre de mi espada. Huelo la carne quemada y el humo que viene de las hogueras cercanas a la puerta de la ciudad. En esta plaza solo quedo yo vivo. La sangre se encharca entre los adoquines que piso.


Los demás no recuerdan como empezó todo. Yo siempre lo mantengo en mente para motivarme en la batalla. Y es que lo vi en vivo. Por aquel tiempo servía en la corte. Le llevaba la cena al rey cuando el pasillo fue invadido por unos guerreros que vestían una extraña armadura oscura. No tuve más remedio que echarme a un lado. Ningún ejército como aquel vendría a por un joven sirviente. Es posible que se hubiesen arrepentido de no hacerlo. Entraron en tromba en el comedor. Toda la familia real cenó espadas. Los soldados no pudieron con los invasores. Les vi atravesarlos con espadas y parecían no sentir dolor alguno. Ni uno de ellos cayó. Fue una gran masacre.

No encontré a nadie vivo por el castillo. Solo aquellos guerreros oscuros por todas partes. Huí antes que decidiesen que sobraba. Veían mi escasa estatura, mi cara espantada y lloriqueada y no malgastaban su tiempo en ir a por mí. Llegué a la ciudad y busqué sin fortuna a mis padres. Por donde vivían estaba en llamas y la gente huía en manada. Decidí irme con la multitud. Años más tarde me arrepentí. Podía haber hecho más por ellos. Arriba de la colina vi a la ciudad de Agorlea en llamas. Me arrodillé y recé por mis padres. Desde aquel día no volví a verlos. También agradecí a la diosa que me sacase de allí.

Varios días anduve por los caminos del bosque esperando llegar a un poblado cercano. Los más espabilados huyeron a caballo. Otros seguían a pie como yo, pero me separé de ellos para buscar algo que comer por el bosque. Estaba muerto de hambre cuando el olor de un guiso me guió hasta unos soldados. Era un grupo de los leales al rey que consiguieron escapar de la matanza. Los lideraba el capitán Domar. Me uní a ellos a cambio de comida. Me encargué de cocinar para ellos durante un tiempo. Domar me contó que el culpable del ataque y reclamante del trono era un antiguo mago desterrado del reino llamado Murgolief. Se estableció en el castillo y su ejército oscuro fue reconquistando el resto de poblaciones. Durante ese tiempo nos escondimos en el bosque y buscamos la manera de contraatacar. El reino fue esclavizado por la mano dura del mago traidor.

Después de varios años fui entrenado en la lucha como ellos, aunque no sirviera de nada ante los soldados inmortales. Domar buscó entre los más sabios de la región para recolectar información. Encontró varias pistas que fueron inútiles. Al fin, un bibliotecario trajo un libro polvoriento interesante a nuestra cueva. Narraba la historia de un antiguo mago arzonte que gobernó el mundo en una era muy lejana. Creó un artefacto mágico que daba la vida eterna tanto a él como a sus súbditos. Todos dedujimos enseguida que ese artefacto debería haberlo conseguido Murgolief. Solo nos faltaba saber cómo quitárselo.

Tardamos aún más tiempo hasta dar con el posible paradero del Ojo de Kashnof o Kaxnoj, nunca supe cómo se pronunciaba. Una torre al oeste de las montañas aparentemente servía de torre de vigía, pero era custodiada por muchos soldados día y noche. Una luz verdosa se veía en la cámara más alta cuando anochecía. Domar, tras estudiar como entrar, creó un grupo para infiltrarnos en el que formé parte. El plan consistía en escalarla por la zona más cercana a un precipicio que solía estar menos vigilada.

Y así lo hicimos. Nos entrenamos varios días para tal propósito. Domar y tres más escalaban aquella torre de piedra y yo empezaba a subir. Cuando llegáramos arriba no sabíamos que podría haber. Los cuatro alcanzaron la cámara antes que yo. Oía espadas cruzándose y alaridos. Cuando llegué arriba todos luchaban contra cuatro oscuros. Eran tres contra cuatro. Uno de los nuestros yacía en el suelo doliéndose de un profundo tajo. El oscuro que no estaba luchando vino a por mí. Sabiendo de su inmortalidad y mi escaso éxito luchando con él decidí arriesgarme. Cargaba con su espada hacia mí, me agaché y metí mi cabeza entre sus piernas, me levanté rápidamente y el oscuro salió volando precipicio abajo. Los demás luchaban y aproveché para llegar al centro de la sala. Allí un extraño artilugio llegaba hasta el techo. En el centro una piedra en forma de ojo emanaba una luz verdosa. Le di un espadazo que no le hizo ni una muesca. Probé más veces pero no había manera. Una puerta se abrió. Dos guardias más aparecieron. Me subí a la estructura e intenté sacar la piedra de su sitio con mis manos. Una fuerza me quemó por dentro al tocarla y tuve que soltarla de inmediato. Los recién llegados vinieron a por mí. A base de espadazos pensaban acabar conmigo, pero conseguía esquivar los ataques con mi espada y guareciéndome tras la estructura metálica. Iban dando vueltas librándome de sus estocadas de milagro.

Rezaba mentalmente a mi diosa que siempre me cuida. Deseaba que me diera lo necesario para destruir aquella piedra y salvarme de aquella situación. Me di cuenta entonces que otro de los nuestros había caído. El capitán luchaba con dos a la vez, como yo. Barlio, mi otro compañero, mantenía a raya al suyo. De una patada en el pecho lo empujó y chocó contra otro soldado que luchaba conmigo. Los dos cayeron por el suelo. Barlio luchó entonces con mi otro rival. Me pidió que buscara la manera de destruir ese maldito Ojo mientras me dejaba el camino libre. Entonces vi una maza entre varias armas colgadas en una pared al fondo. Corrí hasta ella, la agarré y sentí su peso. Solté mi espada y cargué con las dos manos mi nueva arma. Otro soldado se interpuso en el camino pero se llevó un mazazo que lo devolvió al suelo. Y la asquerosa piedra verde se llevó otro. Y cinco más tan fuerte como pude darle pero aquel Ojo no se quebraba. Decidí probar a golpear los soportes metálicos que la sujetaban. Se doblaron con facilidad, la piedra se desencajó y cayó al suelo de la cámara. Me vino otro soldado que envié a la otra punta de la sala con el mazo. Con rabia volví a golpear la piedra en el suelo y se partió por fin en mil pedazos. Pero después de aquello nada parecía haber cambiado.

Domar estaba acorralado. Los dos soldados que le atosigaban lo arrinconaron contra una pared. El de la derecha se le acercó y el capitán le clavó su espada en el cuello con habilidad. Cayó al suelo inmóvil. Yo grité de alegría entonces. Mientras arrancaba la espada del muerto, el otro aprovechó para asestarle un corte mortal. El capitán cayó al suelo de rodillas y yo le vengué golpeando a su verdugo. Nos enfureció mucho su muerte. Ya que sabíamos de su mortalidad, los atacamos con todas nuestras fuerzas. Quedaron solo dos de ellos. Barlio me pidió que escapara, que él me cubriría y que contase a todo el mundo que era posible acabar con ellos. Escalé hacia abajo todo lo rápido que pude. Entre matorrales logré salir de allí sin problemas. Esperé a salvo por Barlio pero nunca lo volví a ver. Recé por él y por mí.

          Les conté a todos lo que ocurrió. Más adelante lideré a los hombres de Domar, recluté a muchos hombres y comencé esta guerra. Costó pero volvimos a Agorlea para reconquistarla. No sé quién gobernara ahora este reino. Hay quien quiere que sea yo, pero solo soy un soldado canoso y cojo. Lo que sí sé es quien debería gobernar esta plaza. Propondré derribar esta estatua de ese traidor y poner en su lugar a mi diosa salvadora.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Relato fantástico: La prueba

Kiiplo debía reconocer que estaba perdido en aquel monte. El nombre de su padre pesaba demasiado; todos esperaban que volviese con las tres presas en menos de un día. Otros jóvenes tardaban más de cinco días en superar la prueba.

En la lengua de los crombels su nombre significaba “Flecha poderosa”. De muy pequeño ya apuntaba maneras con el arco, pero en verdad era gracias al entrenamiento con su padre, un gran cazador cuya fama sobrepasaba su pequeño poblado. Era conocido sobre todo por acabar con una enorme bestia que habitó los bosques de Nagoh.

Y allí era donde estaba Kiiplo. Mientras buscaba algún árbol o roca que le sirviese de ayuda para referenciarse, intentaba recordar las enseñanzas de su padre. Su arco de madera y su carcaj lleno de flechas no servían de nada ante la falta de presas. Debía encontrar la zona por la que habitaban los norios. Esos peludos y rudos saltarines son difíciles de encontrar. Son fieros en las distancias cortas; sus dientes producen graves heridas. El joven crombel podría con ellos con facilidad desde lejos con sus flechas certeras y mortales. Para ello llevaba entrenándose mucho tiempo atrás.


Una roca puntiaguda le recordó por donde encontrar un área recomendada por su padre. Continuó un camino que le conducía a una pequeña colina. En aquellos montículos de alrededor los norios solían cavar sus madrigueras. Examinó la zona con detalle pero no encontró ninguna. Su padre habría encontrado más de una, pero no le podía ayudar. Para ser aceptado por su clan debía superarla solo. No podía volver sin traer los tres norios.

Recogió un buen puñado de frutos rojos. Los colocó en un montón en un claro del bosque. Trepó por el árbol más grande y frondoso. Enroscó sus largas piernas por una gruesa rama. Quedó colgando bocarriba con su coleta oscura balanceándose y con sus manos libres para utilizar el arco. Las hojas verdosas camuflaban su piel azul-verdosa. Solo le quedaba esperar que un norio oliese aquel manjar.

Era mediodía y a Kiiplo se le cansaban las piernas. Ni un solo animal apareció por allí. Ni los pájaros ni insectos revoloteaban por aquella colina. Esto inquietaba al joven. Se incorporó y se sentó en la rama. Trepó hasta el punto más alto y oteó el horizonte. Jamás vio el bosque tan vacío. Después de observar con atención, vio unos pajarillos revolotear hacía el sur. Pensó que algo les atraía hacía una lejana montaña del sur. Aquellos pajarillos eran manjares para los norios, así que por allí supuso que deberían estar.

En cuatro saltos bajó hasta el suelo de tierra. Al dar un par de pasos, un rugido grave a sus espaldas erizó su piel. Su instinto le obligó a ocultarse tras el tronco del árbol más cercano. Oía el fuerte respirar de algo desconocido. Se asomó y encontró una enorme bestia de color rojo oscuro. Con su enorme hocico olisqueaba en el aire el rastro de presas. El crombel entendió el porqué de la soledad del bosque. Aún estaba lejos. Si estaba buscando los norios necesitaba llegar antes que él. Trepó de nuevo el árbol hasta la rama más alta. De allí saltó de rama en rama por diferentes árboles del bosque en dirección al sur. “Aquella bestia no podrá seguir mi rastro por los árboles”, supuso Kiiplo.

El joven cazador paró en una rama para recuperar fuerzas. Se encontraba cerca de la montaña del sur que oteó a lo lejos. Por allí escuchaba los cantos de pajarillos y no rugidos ni fuertes respiraciones. Un norio pasó corriendo por el suelo. Por fin los había encontrado. Fue de rama en rama, persiguiéndolo por las alturas. Aquel animalillo corría desesperado. Otro norio más pequeño apareció por su izquierda. Los dos iban hacía la profundidad del bosque, donde quizás podrían refugiarse. Detrás del joven saltarín volvió a escuchar respiraciones fuertes. Esta vez las escuchaba a su misma altura. Se detuvo, miró atrás y le asustó ver a la bestia saltando por las ramas como lo hacía él. Las ramas se doblaban mucho soportándolo pero aguantaban. Kiiplo continuó por las ramas siguiendo el rastro de los norios. No estaba seguro si aquella bestia le atacaría, pero seguro que los norios huían de él. El crombel solo veía una solución. Debía cazarlos antes que él.

Se paró, agarró una flecha de su carcaj, tensó el arco y apuntó. La bestia roja resollaba tres árboles atrás. El crombel calculó la rama donde aterrizaría y lanzó su proyectil. Se clavó en su lomo. Lanzó un leve rugido, una de sus cuatro patas se apoyó donde no debía y cayó al suelo. Un ruido seco se escuchó cuando impactó contra el suelo. El joven aprovechó esta ventaja y continuó tras los norios. Entonces algo se agarró a su pierna. Era fino, fuerte y pringoso. Le estiró hacía atrás y lo desestabilizó. Mientras caía del árbol, vio que lo que le agarraba era la larga y fina lengua de la bestia tumbada. Cayó bocabajo haciéndose daño en el brazo izquierdo. En el suelo desenvainó un pequeño cuchillo de caza de su cinturón y cortó con destreza aquella cadena de carne. Esta vez sí que rugió de dolor mientras recogía su lengua en la boca y esparcía sangre purpura alrededor. Kiiplo se levantó, cargó de nuevo su arco y disparó. Iba a su cabeza pero el deslenguado la bajó y se clavó en un lateral de la espalda. El monstruo embistió contra él golpeándolo con su dura cabeza de escamas. No pudo esquivarlo y fue lanzado contra un tronco.  El arco voló hacia el otro lado. Se quedó sentado, apoyado en el tronco, y la bestia se giró hacia él. Embistió de nuevo y el crombel no tuvo más remedio. Le miró con el ceño fruncido y con los ojos en blanco. Pronunció una antigua oración crombel a la vez que la bestia corría hacia él. Sus ojos se volvieron también blancos y comenzó a desacelerar. Sus músculos se volvían más tensos y, poco a poco, se quedaba quieto. A poca distancia del joven se quedó paralizado. Kiiplo continuaba con la oración y los ojos en blanco. El rojo animal cayó a un costado temblando e impedido. El crombel se levantó, empuñó su cuchillo y le rebanó la garganta. No tardó en morir. Acabó de separarle la cabeza del cuerpo. El joven pensó que la cabeza de aquella bestia valía mucho más que tres norios, así que se olvidó de ellos y volvió al poblado con ella arrastras. A la vuelta se preguntaba si era una bestia como ésta la que cazó su padre.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Relato: El desmayo

A Jesús le comprobaba el pulso un paramédico calvo. Otro con más pelo le paseaba la luz de una linterna por sus pupilas. Entre ellos hablaron y al tumbado en el suelo de gres le preocupó lo que comentaban sobre su posible arritmia. Se pusieron de acuerdo para llevárselo al hospital. Jesús era delgado y muy alto pero la fuerza de los paramédicos era suficiente para subirlo a la camilla portátil. Sus pies sobresalían por un extremo. La pareja agarró cada uno las asas de su lado y lo condujeron por el pasillo de la oficina hasta el ascensor.
El de la camilla abría levemente los ojos de tanto en tanto. Tras una larga espera se abrió la puerta del ascensor. Once pisos después volvieron a conducir la camilla hasta la ambulancia. Metieron la carga, portazo y encendieron el motor. El calvo iba en la parte trasera acompañándolo y el otro conducía. El tumbado no abrió los ojos durante el trayecto. Durante el viaje debatían sobre las extrañas circunstancias del desmayo. También de la final de la Champions de aquella noche. La sirena les iba abriendo paso por la ciudad.

Un cuarto de hora tardó en llegar al hospital. Allí le conectaron a varias máquinas. Una enfermera rellenita le probó la tensión, le conectó a una de esos aparatos que hacían “bip” cada segundo y le sacó una muestra de sangre. El paciente ya estaba despierto y se dejaba hacer lo que fuese necesario mansamente. Tenía tantos cables conectados como los de la parte trasera del ordenador de su oficina. Le dejaron solo durante un buen rato en aquella cama. Temía moverse y que algún cable se desenganchara. Se quedó mirando el electrocardiógrafo. Había aprendido su nombre gracias a la rellenita. Los bips sonaban casi cada dos segundos pero algo los aceleró. El jefe apareció en la habitación.
—¿Cómo estás, Jesús? —le preguntó acercándose a su lado.
          —Bien, supongo. No me han dicho nada aún, pero me siento bien.
         —Bueno, esperaba saber algo. Me gustaría que estuvieses en la reunión pero, claro… Supongo que me las tendré que apañar solo.
         —No sé qué me dirán pero yo creo que mañana estaré bien. ¿No se puede aplazar a mañana?
         —No puedo hacer eso. Vienen expresamente de Alemania para hablar con nosotros. Por eso no te podía dar la tarde libre para ver el partido. Es una reunión importante.
      —En la mesa del despacho tengo una carpeta con varios gráficos y documentos preparados. Los puede utilizar.
El jefe se quedó un rato callado, pensando como arreglárselas por si solo.
          —Oye, no te preocupes. Tú recupérate. Cuando te digan algo de cuando puedes salir de aquí me avisas. Descansa y ya nos veremos cuando puedas —dijo nervioso el visitante. Sin despedirse abrió la puerta y se marchó.

El paciente contó mentalmente hasta trescientos. Se fue sacando todos los cables del cuerpo, se desvistió de paciente y se vistió con sus ropas. Abrió un hilito la puerta y analizó el pasillo. Salió como si nada de su habitación y fue directo al ascensor. Dos pisos abajo buscó la salida de aquel laberintico hospital. Cuando por fin encontró la salida, vio afuera a su jefe esperando para conseguir un taxi. Jesús se metió en un quiosco. Mientras hacía que ojeaba revistas, vigilaba que su jefe se fuera. En cuanto un taxi lo alejó, dejó la revista en su sitio y salió del hospital. Esperó a otro taxi que lo llevó a casa.

De camino se encontró mil mensajes en su móvil de su desorganizado jefe. Apagó el móvil, pagó la carrera al taxista y se plantó frente a su portal. Subió corriendo por las escaleras hasta el séptimo piso, abrió la puerta y encendió la tele. El partido aún no había empezado. Cerró la puerta de casa, abrió una cerveza que recogió de la nevera y se sentó en el sofá frente al televisor. Se quitó los zapatos y se puso cómodo. El móvil le molestaba en el bolsillo, así que se lo sacó y lo lanzó a la otra punta de la habitación.