Desde que su madre enfermó, a Raúl le tocó sacar a pasear al perro. Se llamaba Chispa. Su madre le tenía mucho cariño, pero no podía estar por él al quedarse encamada por culpa de un virus. El padre se quedaba en casa cuidando de la madre y el hijo, del perro. Era pequeño, blanco y con manchas negras pequeñas. Medía apenas palmo y medio.
Al
llegar al parque, Raúl se dio cuenta que el perro iba con la lengua fuera, como
ahogado. Estiró de la correa para que parase. Cuando paró, Raúl se agachó para
comprobar el collar. Lo encontró bien puesto pero pensó que igual le apretaba
mucho. Como se lo puso su padre, que era algo bruto, supuso que quizás lo
apretó demasiado y el pobre perro iría medio asfixiado. Pensó que se lo habría
apretado con fuerza porque siempre temía que se escapara.
Buscó
el cierre del collar. Lo abrió al encontrarlo. El perro respiraba con
normalidad al quitárselo. El chico lo miró por dentro y buscó como ensancharlo.
Mientras tanto, Chispa buscaba en la lejanía algo que se movía entre los
arbustos del jardín. Raúl ensanchó el collar unos centímetros. Cuando se lo fue
a poner de nuevo, el perro salió corriendo hacia aquello que se movía. El chico
se levantó y lo persiguió. Lo iba llamando por su nombre varias veces, aunque
sabía que nunca venía cuando lo llamaba él. Chispa se metió por debajo de una
valla y entre los matorrales. Raúl saltó la valla. Cayó entre los matorrales y
le perdió de vista. Miró a un lado y a otro sin encontrarlo. Siguió entre
matorrales por la dirección que llevaba.
Llegó a otra valla y la saltó de nuevo. Ahora estaba sobre una calzada de cemento con bancos. Unos chavales estaban sentados y el chico se les acercó.
—¿Habéis visto un perro blanco, pequeño
y con manchas negras? —les preguntó.
No
dijeron nada. Solo movían la cabeza para decirle que no y siguieron a lo suyo.
Con el collar en la mano fue paseando y buscándolo con la mirada. Mientras lo
buscaba recorría el parque. Le preguntaba a todo aquel que veía pero nadie se
fijó dónde podía andar.
Al chaval nunca le gustó aquel perro. Lo encontraba bastante tonto. Le intento enseñar a dar la patita pero nunca llegó a entenderlo. En casa siempre se subía al sofá aunque le echaran mil veces la bronca para que no se subiese. Mordía las patas de las sillas, ladraba de madrugada sin motivo aparente e incluso ladraba a la televisión al ver otro perro. Si el perro se perdiese hasta se alegraría, pero su madre se entristecería.
Decidió usar la cabeza, no como su perro. Pensó que pudo ser lo que llamó la atención al animal para salir a por él y, entonces recordó una zona espesa de jardín donde solían haber gatos. Se paseó por allí pero no había ni gatos ni perros. Entró entre los matorrales pero nada. Sus piernas comenzaban a cansarse y el sol se iba a dormir.
Siguió pensando donde podía estar el chucho. Visitó otra zona que daba a un callejón sin salida con contenedores. Se le ocurrió que quizás algún ratón o cualquier otro bichejo saliese de tanto en tanto a pasear por el parque y el indomable lo siguiese. Recorrió aquel callejón y el resto de callejuelas de aquel gran parque. Como ya oscurecía, no vio ni un solo animal por allí.
Dio
otra vuelta por el parque pero no lo encontró. Llegó al centro del parque,
donde había una fuente redonda que ya no emanaba agua. A su alrededor había
bancos ya vacíos. Raúl se sentó en uno de ellos pensando que decirles a sus
padres sobre el chucho. Descansó un rato mientras seguía buscando con la
mirada.
Para su sorpresa, al lado de un puesto de helados, Chispa estaba lamiendo un trozo de cucurucho de nata que le cayó al suelo a algún niño. El chico se acercó por la espalda pero el perro le escuchó. Se giró mirando al chico con la cabeza ladeada. Tenía el morro lleno de nata y se limpiaba con su larga lengua. El chico lo agarró en volandas con un brazo. Con la otra mano le puso el collar y se lo apretó bien fuerte, casi como lo llevaba antes. Prefirió no dejarlo al suelo y se lo llevó tal cual, sin dejarlo acabar su merienda. Andando deprisa fue directo para casa. Raúl se dijo a si mismo que nunca le sacaría el collar y comprendió porque su padre se lo apretó tanto. Hasta que la madre no se ocupase de él, Chispa disfrutó de su última tarde de libertad.
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