domingo, 15 de marzo de 2026

Relato: El autómata

Ersam comprobaba la maniobrabilidad de la articulación del codo derecho. Su obra de ingeniería presentaba pequeños problemas mecánicos que él consideraba importantes. Llamarón a la puerta. Mientras fue a abrirla, pensó en lubricar bien las piezas problemáticas. Ante él apareció el rey, escoltado con dos de sus mejores soldados. Se abrió paso entre ellos como si aquel taller fuese su casa.

            —¡Su majestad! Ha llegado antes de lo esperado. Estoy ultimando pequeños detalles —le saludó Ersam.

            —Buenas tardes, ingeniero. Deseaba ver su obra y me temo que soy demasiado impaciente ¡Vaya! —dijo el rey al verla de cerca. —La cara no me acaba de convencer, pero bueno… Supongo que más adelante podremos cambiarla.

            —No se preocupe. Debe entender que este solo es el prototipo. Uno de tantos que habrá en su nuevo ejercito. Ahora lo importante es que funcione —dijo apaciguando al joven y nervioso coronado. —¿Porqué no toma asiento? El hechicero está al llegar. Entonces podremos empezar.

            —Continúa con tus labores. Yo ya me entretendré mientras tanto.

 


La noche llegaba pero no el hechicero. Ersam, con una paciencia enorme, contestaba a las preguntas del curioso rey sobre sus herramientas, su trabajo u otros, a la vez que solucionaba los pequeños inconvenientes de su sofisticado autómata. En aquel taller a las afueras del poblado sonó de nuevo unos golpes en la puerta de madera maciza. Los soldados estaban apostados a cada lado de ella pero no hicieron ni el más mínimo intento de abrirla. El ingeniero se levantó y la abrió con premura. Allí había un hombre alto envuelto en una capa verde oscuro hasta los tobillos.

            —¡Olifar! Al fin llegaste. El rey ya nos acompaña —le saludó Ersam.

            —Lamento mi tardanza. Buenas noches, Su Majestad. Aquí traigo lo que me pediste— saludó el hechicero. Fue adentrándose en el taller. Su mano derecha ofrecía un saquito de terciopelo rojo que Ersam le arrebató. En una rápida mirada, vio las piedras verdes que anhelaban.  Irradiaban un tenue resplandor verdoso.

            —¡Excelente! Creo que podremos empezar. 

El rey se levantó de un salto de la silla donde se aburría. El hechicero se quedó a un lado, con las manos en la espalda, como simple observador. Ersam se aproximó a su obra de ingeniería. De un tirón a la sabana, mostró por completo aquel ser de hojalata. Estaba diseñado para tener la semejanza de un soldado robusto. En el pecho, donde los humanos suelen tener el corazón, abrió una puertecilla donde apareció un hueco. En ese mismo encajó una de las gemas que extrajo del saquito. Cerró el cofre metálico. Sus ojos repasaron cada parte del artilugio. El rey preguntó que ocurría pero no le respondió. Estaba concentrado en comprobar los mecanismos. Todos estaba expectantes por ver si aquel cacharro se movía. Uno de los guardias apostó una jarra de vino con el otro a que no. Ersam hizo un gesto con un dedo que sorprendió a todos. Entonces se ausentó de la mesa para ir a su mesa de trabajo. Allí rebuscó y, de un cajón, sacó una manivela. La dejó en la mesa del soldado mecánico. Con las dos manos apartó del torso uno de los enormes brazos. El rey le echó una mano al ver que le costaba. En su axila apareció una hendidura de forma hexagonal. Encajó allí la manivela y la hizo funcionar. Mientras le daba vueltas, se oían chirridos y ruidos molestos. Paró. Introdujo por una ranura un tubo por el que le añadió aceite de un bote. Volvió a darle a la manivela hasta que, sin aviso, el autómata tembló. Uno de los soldados le sonrió al otro.

            —¡Ya se mueve! —exclamó el rey, nervioso como un chiquillo.

Sus mecánicos parpados se abrieron. Enseñaban dos bolas de cristal blanco por las que podía ver. De los resquicios de las piezas de la cabeza se veía un resplandor violeta.

            —¿Ese resplandor es lo que pienso que es? —preguntó el curioso.

            —Sí, Majestad. Olifar y yo hemos añadido en esa gema interior el conocimiento necesario para que pueda actuar bajo sus órdenes. Por supuesto, debemos ponerlo a prueba.

El gigante de hojalata se incorporó. Su cabeza giró a un lado y a otro inspeccionando la estancia. Cinco personas no le quitaban ojo. Su mandíbula se abrió y cerró pronunciando algo incomprensible. Esperó respuesta pero no se la ofrecían. Volvió a intentarlo.

            —¿Dónde estoy? —dijo pausadamente dirigiéndose a uno de los soldados.

            —Estás en mi taller. Acabas de despertar —le informó Ersam sonriendo.

            —¿Quiénes sois? —su voz mejoraba por momentos.

            —Yo soy tu creador, Ersam —el hechicero le soltó una mala mirada. —También ha colaborado el hechicero Olifar —decía mientras le señalaba. El autómata iba girando la cabeza produciendo un grave chirrido. —Y aquí, el que es tu amo y obedecerás; el rey Joal tercero.

Su cabeza rotó hasta que se quedó fija en el joven rey. Lo estuvo analizando durante unos intrigantes momentos.

            —¿Porqué debo obedecerle? —preguntó el sincero artilugio a su creador. El rey le echó otra mala mirada a Ersam. Él se rio nervioso.

            —Pues porque es por lo que has sido creado. Tu deber es obedecer sus órdenes.

            —¿Cuál es mi nombre?

            —Bueno… ¿Qué nombre desea ponerle, Majestad?

            —Te concedo ese privilegio —contestó magnánimo el rey.

            —Pues te llamaré “Auto-Ersam”.

            —Curioso nombre. Ahora quiero verte andar, Auto-Ersam —ordenó el joven.

El autómata se fue moviendo lentamente sobre la mesa hasta que logró dejarse caer y quedarse en pie. Una vez erguido, fue adelantando el pie derecho y más tarde, el otro. En muy poco rato logró caminar hasta una pared y volver. Todos los presentes estaban maravillados al ver aquel artefacto andante.

            —Es una maravilla, Ersam. Vale cada una de las monedas que te pagaré. Auto-Ersam ¿Sabes combatir?

—Sí —le contestó.

—Demuéstramelo. Ataca a aquellos dos soldados.

—No, Majestad. Aún es pronto para eso —avisó el ingeniero. 

Olifar se hizo a un lado. El rey hizo caso omiso; quería verle peleando. Los soldados, asustados por dos enormes puños cerrados metálicos, colocaron sus lanzas en posición defensiva. Auto-Ersam caminaba hacia ellos con los puños en alto y sin miedo; ya que no conocía lo que era. Los presentes notaban la vibración en las plantas de sus pies a cada uno de sus pasos. El soldado de la derecha, el que ganó la apuesta, buscaba por donde clavarle la lanza. No deseaba morir por el capricho del joven con corona. Se la clavó en una ranura entre el cuello y la cabeza. Ésta giró bruscamente, salieron chispas moradas de su nuca y se quedó paralizado. Ersam se echó las manos a la cabeza. El soldado, sin mostrarlo exteriormente, estaba orgulloso de su victoria. El otro prefirió apartarse adonde estaba Olifar. La cabeza metálica comenzó a dar vueltas. La lanza salió volando lejos de ellos. Desprendía más chispas. Lanzó un grito parecido a uno de dolor. Su cabeza se paró en su sitio. Agarró con su gran manaza la cabeza del soldado y lo elevó en el aire. Lo lanzó contra una pared. Éste quedó tendido e inmóvil en el suelo. Entonces se dirigió hacia Ersam con los puños en alto. Olifar se adelantó unos pasos. Lanzó un gran rayo azulado contra el amenazante artefacto. Todo su cuerpo de hojalata resplandecía como el sol. Se oyeron explosiones internas dentro de Auto-Ersam. El hechicero le libró del rayo y cayó al suelo inanimado. Un humo verdoso y morado lo abandonaba. 

Después de aquello, el rey reprendió duramente a Ersam y canceló aquel trabajo. Fue una dura pelea en la que ambos sabían quién iba a ganar. El ingeniero le pidió el dinero pero el joven se lo negó. Lo dejaron solo en el taller de un portazo. Entonces arrojó los planos del autómata al fuego de la chimenea. Se sentó para ver como ardían.          

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